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1070 Palabras
Si en el pasado su presencia la ponía nerviosa ahora estaba a punto de hacerla colapsar. ¿Qué estaba haciendo Martín allí? ¿Cómo había llegado hasta su lejana escuela? ¿Por qué nadie le había avisado? -Hola.- dijo él luego de una larga pausa, en la que Lorenzo había logrado caminar hasta los dos y le ofrecía su mano a modo de saludo. -¿Qué estás haciendo acá?- dijo Munay sin querer darle la oportunidad de demostrar que no la recordaba, ya que eso le hubiese dolido mucho más que el recuerdo. -¿Se conocen?- preguntó Lorenzo incrédulo. Nunca había visto a la señorita Muny de ese modo, ella siempre era dulce y educada, nunca mostraba aquel tipo de reacción, ni siquiera cuando uno de los alumnos se mandaba alguna macana. -¿Qué estás haciendo acá?- repitió ella sin responderle a Lorenzo y el hombre comenzó a caminar hacia atrás con disimulo. -Tengo trabajo que hacer, mejor los dejo.- dijo el hombre mientras esos ojos celestes volvían a penetrar unos ojos rasgados que nunca había podido olvidar. -Estoy con el colegio, yo no tenía idea... ¿Cómo estás?- dijo Martín, una vez superado el momento en el que la única mujer capaz de liquidarlo, volvía a hacerlo. -¿Sos maestro?- le preguntó ella sin poder creerlo. Nunca lo hubiera imaginado como maestro, nunca había tenido ni la paciencia ni la vocación para ello, mucho menos la familia capaz de aceptarlo. Martín sonrió y los doce años pasados desde la última vez parecieron desvanecerse en el aire. Estaba tan hermoso como lo recordaba y esa risa sonó activando su memoria como si nunca hubiera dejado de oírla. -No. ¿En serio pensas que mi padre... ?- comenzó a decir pero al ver que ella no sonreía decidió evitar cualquier mención del pasado. -Soy el responsable de la agencia de turismo, tengo mi propia sucursal ahora.- le dijo como si necesitara demostrar que había hecho algo bueno con su vida. Munay recordó que estaba a medio vestir y se apresuró a llevar sus manos al escote de la camisa para terminar de abrochar los botones. Martin no pudo evitar desviar su vista y el parecido con su recuerdo de ella lo llevó a cerrar sus ojos y girar su cabeza. No estaba allí por ella, ni siquiera sabía que ella estaría allí. Era un hombre ahora, uno con una vida hecha y derecha, una que había escogido, una de la que era enteramente responsable. -Me alegro por vos.- dijo ella luego de acomodar su cabello hacia atrás. Lo tenía un poco más corto que en el pasado, pero igual de grueso y lacio, seguía siendo brillante y le daba ese marco a su rostro que la hacía lucir tan hermosa como la recordaba. -¿Sos maestra acá?- le preguntó él mirando hacia los lados, era una escuela rural muy prolija, rodeada de amplios espacios verdes y amarronados. Se notaba que estaba bien cuidada y que a pesar de los pocos recursos, había logrado mostrarse sólida. -Maestra, directora, enfermera y todo lo que se necesite.- le respondió ella recuperando un poco de esa espontaneidad que él le recordaba. -Vamos.- agregó dando un paso hacia fuera de la cabaña para cerrar la puerta a su paso. Si había un lugar en el que no estaba dispuesta a estar a solas con él, era esa cabaña. La idea de que hubiera una enorme cama, la llevaba a los recuerdos que necesitaba olvidar. Martin se apartó un poco dándole paso y su figura curvilínea, tal como la recordaba desfiló frente a sus ojos, con la misma vista que había sido su perdición en el pasado. -¿Te muestro?- le dijo ella al girar y notar que no la seguía. Martín volvió a mover su cabeza, nunca pensó que el castigo que su padre le había impuesto al mandarlo a supervisar ese viaje del que cualquier junior podría haberse ocupado, iba a terminar de esa manera. -Si, si vamos.- le dijo, conteniendo las miles de preguntas que se escribían en su mente. Quería saberlo todo de ella, ¿que había hecho esos años? ¿Que hacía ahora? Y sobretodo ¿Con quien? Pero sabía que no tenía derecho a preguntar , no podía hacerlo. -Este es el lugar donde suelen armar las carpas, los adultos pueden quedarse en las cabañas que están al lado, más atrás está el comedor, Doña Anselma es muy buena cocinando.- le dijo sin dejar de caminar, era como si no quisiera enfrentarlo, por dentro se sentía como una masa de protones y neutrones en plena reacción química. -¿Hace hamburguesas?- preguntó Martín con una sonrisa y ella detuvo su marcha girando lentamente para volver a mirarlo. -Mucho más saludables que las de Buenos Aires.- le respondió con algo parecido a una sonrisa. No quería bajar la guardia, no quería volver a quedar atrapada en esos ojos, pero tampoco podía demostrar lo que en verdad sentía. Sus miradas volvieron a cruzarse indefectiblemente y el hecho de que la sonrisa apareciera involuntaria, les confirmó que el pasado no estaba enteramente olvidado. El silencio comenzaba a espesarse cuando el pequeño Toby, uno de los perros del predio se coló entre los dos y ella se agachó para acariciarlo. Necesitaba un respiro, pensó, pero él la imitó y al acariciar al pequeño can su mano rozó la de ella, visibilizando ese contraste tan evidente de los tonos de su piel. Sin embargo, esta vez los tonos pasaron a un segundo plano, ya que aquella alianza brillante encandiló los ojos rasgados de Munay, llevándola a apartarse para volver a ponerse de pie tomando la distancia que siempre debió haber tenido. Martin sorprendido por su repentina lejanía se miró su propia mano y maldijo por lo bajo. Si había soñado con alguna remota posibilidad de recuperar lo que nunca debió dejar ir, acababa de perderla. No podía explicarle su realidad, no luego de que aquella joya, producto de una imagen que debía mantener, lo había hecho por él y de la manera más cruda. -Señorita Muny, están llegando los micros.- anunció Lorenzo desde la entrada del predio agitando su mano con alegría. En aquel rincón perdido del mundo, cualquier cosa que alterara la rutinaria sucesión de los días era bienvenida. Solo que esta vez, para Munay, lo inesperado representaba una peligrosa amenaza que llevaba temiendo durante los últimos doce años.
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