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1087 Palabras
Munay saboreaba su hamburguesa como si de eso dependiera su vida, incluso había cerrado sus ojos, sin darse cuenta y al abrirlos esa sonrisa peligrosa la enfrentaba volviendo a colorear sus mejillas. Lo había esperado escasos minutos, para verlo salir presuroso, con su cabello aun mojado y el abrigo a medio colocar. No quería aceptarlo, pero la idea de que ella se hubiera ido no le permitía pensar con claridad. No entendía el porqué pero tenía necesidad de acompañarla. Agradeció que el resto del equipo se hubiera marchado, no quería enfrentarse a sus bromas y comentarios, de seguro mal intencionados, no quería hacerlo por ella, no quería hacerla sentir mal, de repente verla sonreír se había convertido en su misión secreta. Entonces había abierto la puerta para verla. Estaba apoyada contra la pared y sus piernas debajo de su falda se cruzaban alzando un poco más el ruedo, ya no tenía dudas de cuánto le gustaban. Se había acercado disimulando su prisa, había querido recuperar su personalidad segura, una que se vio alimentada por la mirada de una Munay totalmente liquidada con su cabello aún mojado cayendo sobre su frente. -No hace falta que me acompañes, solo quería dejarte unos papeles.- se había apresurado ella a decirle, camuflando sus nervios con el movimiento de su brazo alzandolos. El ni siquiera se había molestado en enfrentarse, simplemente había tomado los papeles primero y luego su mano para tirar de ella. -Mientras comemos me contas.- le había dicho, manteniendo aquel contacto durante todo el trayecto hacia esa hamburguesería en la que ahora estaban uno frente al otro y él no podía dejar de mirarla, casi preso de una especie de hechizo. -¿Me quedó ketchup?- le preguntó ella abriendo sus ojos con algo parecido al temor mientras pasaba su dedo por la comisura de sus labios y él negaba con su cabeza sin perder la sonrisa. -no, no, es que…- comenzó a decirle mientras ella alzaba sus cejas con curiosidad y su inocencia volvía su respuesta más comprometida. -Nada, no me hagas caso. ¿Te gustó la hamburguesa?- le preguntó desviando su mirada, mientras tomaba una papa frita y la introducía en su boca. -Si, te dije que son mis favoritas. En mi pueblo no las hacen así, acá son mucho menos…- dijo buscando la palabra adecuada. -¿precarias?- le preguntó él con esa mueca de suficiencia que tan mal le sentaba. -Saludables.- sentenció ella tomando una servilleta para limpiarse los labios. -¡Qué prejuicioso de tu parte creer que porque es el norte todo es más precario!- le dijo con falsa imaginación. -¿No lo es?- le preguntó él redoblando la apuesta y ella entrecerró aún mas sus ojos desafiando de nuevo. -Si tu idea es que vivimos con taparrabos y cazamos nuestra propia comida, no, no lo es.- le respondió sin poder evitar la sonrisa. -¡Qué lastima!- dijo él sonriendo también mientras ella volvía a entrecerrar sus ojos, de repente a él le gustaba demasiado sorprenderla. -Me hubiese gustado verte con taparrabos.- dijo y ella le arrojó la servilleta hecha un bollito. -Muy gracioso.- le dijo apilando las sobras en un plato para colocarlas a un costado de la mesa. -¿Vamos a lo nuestro?- le dijo y él no pudo evitar que aquella frase volviera a tener otra connotación en su mente. -Dale.- respondió de todos modos, no podía seguir por ese camino, estaba allí por un trabajo, eso era todo, quiso convencerse, mientras ella le mostraba los papeles que por fin había podido desplegar. Evaluaron juntos los recorridos y la planificación de los tres viajes que haría el colegio, intercambiaron opiniones y anotaron sugerencias. Parecían dos profesionales concentrados en su labor, pero ambos sabían que no solo eran eso. Las miradas de reojo, los roces involuntarios y las sonrisas casi continuas daban fe de ello. Las horas parecieron minutos, por la velocidad con la que pasaron, las hamburguesas habían quedado en el olvido y las gaseosas habían sufrido su tercera recarga, cuando ella estiró su mano para tomar el último papel y él lo hizo al mismo tiempo depositando su mano blanca como la nieve sobre su piel cobriza, despertando una conexión contrastante con la diferencia de los tonos. Ella alzó su vista creyendo que sería suficiente para que él la liberara, pero lejos de hacerlo, él realizó un movimiento sutil, con el que pareció acariciarla. ¿Qué estaba haciendo?, pensó ella mientras todo su cuerpo reaccionaba a aquel escueto contacto y todos sus instintos de supervivencia la llevaban a apartar su mano con prisa. -Creo que mejor me voy yendo, mi tía va a matarme, ya debe haber enviado a la policía por mi.- dijo a gran velocidad, como si no quisiera dar espacio al análisis de aquello que había sentido como una caricia. No podía serlo, era su imaginación, él no tenía por qué acariciarla. Le sonría porque era educado, pero eso era todo. No podía estar pasando lo que su mente parecía querer gritarle. -Pero si apenas son las siete.- dijo Martin, alzando su mano para mirar su reloj. ¿Que había hecho? ¿Por qué la había acariciado? No era una chica para él, no era como las chicas con las que había estado, a lo mejor por eso lo desestabilizaba tanto. -No conoces a mi tía Frida. Igual creo que tenemos todo resuelto ¿no?- le respondió poniéndose de pie para desatar aquel nudo de su mochila en busca de su billetera. -Ya pagué, te llevo.- le dijo sin interrogación. -No hace falta, en serio, ni que pagues ni que me lleves.- le respondió ella deteniendo sus movimientos. -La próxima me invitas vos.- dijo él tomando la campera de la silla para estirarla en una invitación para ayudarla a ponersela. -¿Qué se supone que estás haciendo?- le preguntó ella mirándola incrédula. No quería que fuera un caballero con ella, no quería que siguiera demostrando que todo lo que había imaginado, su altanería, su arrogancia, su desmedido orgullo, en realidad eran falsos. -Preferis que te imagine con taparrabos.- respondió divertido, pero con una oscuridad insinuante en sus ojos que volvieron a recorrer su cuerpo sin escrúpulos. Entonces ella se apresuró a quitarle la prenda de las manos para ponersela ella misma. -Mejor vamos.- le dijo sin querer darle entidad a sus palabras. No sabía que era lo que estaba pasando, pero se sentía tan bien que no quería que se terminara, aunque todo su cuerpo le advirtiera que aquello era demasiado peligroso.
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