El monte se había convertido en una cadena de colores perfectamente enlazados. Guirnaldas, grullas y pompones vestían las ramas de los árboles mientras un cartel con la palabra bienvenidos enmarcaba la entrada a la pequeña escuela.
Los chicos continuaban saltando con algarabía de un lado a otro y Munay, conforme con su misión, regresó al aula para terminar de ultimar los detalles. Había preparado una planificación exhaustiva. Siempre le había gustado la organización, su vida era ordenada y metódica y eso la había ayudado, incluso en los momentos mas difíciles.
Repaso la lista con una sonrisa. La recorrida por el pueblo, la excursión por el monte, la construcción de un nuevo salón, para poder continuar con las actividades en los días de lluvia, los fogones, la organización de las donaciones y un especial cierre con los cuentos de la propia Jatun mama. Estaba conforme con su lista, solo deseaba que los chicos que venían de la ciudad pudieran encontrar el encanto que su pueblo ofrecía, pero sobre todo quería ofrecerles un recreo, una pausa a las exigencias y prisa con la que se vivía en la ciudad. Quería que se llevaran un pedacito de esa serenidad que ella tanto había extrañado una vez.
Volvió a repasar la lista y una nueva sensación se apoderó de ella. Otra lista, otra organización de una vida pasada, de lo que sonaba a prehistoria la alcanzó. Una piel blanca, casi transparente, se sintió real de nuevo, su propia mano reaccionó al recuerdo y su corazòn se aceleró como solìa hacerlo en el pasado.
No podìa creer que tantos años después con solo recordarlo logrará entremecerla. Se suponìa que debìa odiarlo, que debìa haberlo sepultado en el cajón del olvido, para no volver a pensar en él nunca más. Ya era una mujer adulta, una que había construido su propia escuela desde los cimientos, que recibía jóvenes entusiastas cada temporada, que podía subir y bajar aquel monte sin ayuda, que mantenía a su familia y despertaba cada mañana agradeciendo la vida que había logrado.
-Seño, ya nos vamos para el pueblo, parece que ya aterrizaron, - le anunció Laura, una de sus alumnas más antiguas que ahora la ayudaba con las clases y ella sonrió recuperando su habitual actitud.
-Prefiero quedarme, gracias. Voy a terminar de preparar todo así los recibimos como se merecen. Los veo luego.- le dijo saliendo afuera para sacudir su mano en señal de despedida para el resto de los alumnos.
No quería confesarle que no deseaba ver a Raul. No contaba con el valor de enfrentarlo y por eso prefería huir de él. Si bien sabía que en el pueblo era un secreto a voces que el hombre no era buena madera, aquel lugar aún conservaba raíces machistas que siempre encontraban en las víctimas culpas para justificar lo injustificable. Sabía que si quería denunciarlo debìa reunir pruebas, debìa lograr que no quedaran dudas y como Raúl era un hombre astuto, siempre encontraba la forma de salir bien parado.
Una joven secretaria lo había intentado una vez, incluso había llegado a hablar con su propia esposa, le había mostrado los moretones en sus brazos, con lágrimas en sus ojos. La mujer había parecido dispuesta a creerle, sin embargo a la mañana siguiente cuando la joven iba a hacer la denuncia, no apareció. En la comisaría maltrataron a la pobre secretaria, la hicieron sentir humillada hasta que no sólo desistió de hacerlo, si no que abandonó el pueblo para nunca más regresar. Así era él, un hombre detestable pero poderoso, lo único malo que tenía vivir en ese lugar.
-Oiga Muny, yo me voy pa'l monte a buscar leña, ¿Está segura que prefiere quedarse?- le preguntó Lorenzo, el encargado del mantenimiento de la escuela y ella asintiò con una sonrisa.
-Mire que el la agencia pidió ver el lugar primero, puede que se aparezca antes que el resto.- señaló y Muni volvió a asentir.
No era raro que los de la agencia de turismo chequearan las instalaciones a donde llevaban a los jóvenes. No dejaban de ser alumnos pudientes, de colegios caros, era lógico que sus familias quisiera tener todo resuelto, Tampoco eran salvajes, pensó algo ofendida, solo eran jóvenes tratando de sobrevivir como ellos, personas de bien llevando adelante una noble función en un clima inhóspito, a kilómetros de la civilización más cercana.
Las horas corrieron vertiginosas y Muny aun ordenaba y limpiaba lo que ni siquiera había estado sucio. Tenía la tonta presiòn de deslumbrar a los alumnos, de crear una buena impresión, de transmitirles todo el amor que ella misma sentía por aquel lugar y su intento de lograrlo la estaba llevando al límite.
Agotada y exhausta, decidió dar por finalizado su trabajo. Se acercó a la única cabaña con agua caliente y se dio un largo baño. Cepilló su largo cabello y secó con detenimiento cada centímetro de su cuerpo. Era increíble como sus treinta años habían dejado su huella. La cicatriz de una cesárea de urgencia, algo desprolija, las marcas a los lados de su ombligo, sus piernas aun macizas y sus pechos siempre tan generosos, sin atreverse aún a ser vencidos por la gravedad. Sonrió de lado y sus ojos se achinaron aún más. Podìa decir que aún era una mujer atractiva, aunque en el pasado nadie lo hubiera señalado, Bah.. nadie exactamente no.
Unos golpes en la puerta la obligaron a dejar de recordar.
-Voy.- gritó y se apresuró a ponerse la ropa que había preparado.
Estaba terminando de abrocharse los últimos botones de la camisa cuando abrió por fin y al alzar su vista casi se queda congelada.
Sin poder continuar con la labor dejó aquel botón suelto, dibujando un escote sugerente por el que la curvatura de su pechos se mostró presumida y pasó sus manos por su cabello como si necesitara acomodarlo aún más.
Su mirada se perdió en la de aquel visitante y las palabras no pudieron salir.
Sus ojos quedaron prendados de los de él y algo parecido a una sonrisa se dibujó en sus labios semiabiertos, justo cuando Lorenzo dejaba la leña que había recolectado cerca de la zona del fogón.
-Eh Muni, ahí llegó el de la agencia, - gritó el hombre para dejarla todavía más perpleja.