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1110 Palabras
Munay no podía creer su suerte. En el primer día del que se suponía sería su año más tranquilo ya contaba con más problemas que en los últimos cuatro años allí. Sus pies se movían nerviosos mientras sus rodillas chocaban entre sí. Estaba sentada en uno de esos antiguos sillones de roble mientras su mente viajaba demasiado rápido hacia todas las consecuencias que aquello podía traerle, con su vida, con futuro, con su familia. Odiaba decepcionar a las personas, pero más odiaba tener que pagar por algo que ni siquiera había hecho. -¿Podes quedarse quieta?- esa voz que siempre le había parecido deliciosa y ahora se había convertido en odiosa, la interrumpió. No necesitó responder. Sus ojos lo enfrentaron de tal manera que Martin solo pudo alzar sus hombros como si se hubiera arrepentido de su comentario. -Solo lo digo porque no va a pasar nada. No pueden probar nada, tranquila. -agregò cambiando su tono a uno más persuasivo. Munay cerró sus ojos con impotencia, si eso era todo lo que tenía para defenderse, estaban perdidos. -En serio, no hay de qué preocuparse, ya estuve en este sillòn y nada malo pasa.- agregó y entonces ella volvió a mirarlo. -Mirà Martin, a lo mejor para vos la vida es más sencilla, a lo mejor a tu familia no le afecta que te llamen a una reunión con el rector, ni que te descubran en un lugar en el que se supone que no debes estar. Pero para mí las cosas son muy distintas. Por si todavía no te diste cuenta, ni siquiera me parezco a alguien que estudia acá. Es como si me lo hubieran regalado y en cualquier momento pudieran quitármelo, así que, lo siento, pero sí me preocupo, y mi única forma de manifestarlo es moviendo mis pies, Hasta donde sé no está prohibido hacerlo, ¿no?--le dijo acercándose tanto a su rostro por no levantar la voz que su perfume, uno tan hipnotizante como sus ojos, llegò para abrumarla aún más. -Señorita Keller, adelante por favor.- la voz de la secretaria llegó desde el fondo del pasillo y como si se hubiera arrepentido de lo que acaba de decirle, se apresuró a ponerse de pie y comenzar a caminar. -Usted también Señor De Alzaga.- agregó la mujer y Munay se quedò inmovil. ¿Los dos juntos? Si antes tenía miedo ahora estaba aterrada. No sabia a que debìa enfrentarse, no sabía como defenderse, pero sobretodo no sabía lo que él esperaba de ella y aunque eso no debìa importarle era lo único en lo que podía pensar. -Adelante, Señorita.- dijo el rector Coulsen con ese acento anglosajón que lo hacía sonar más serio. -Señor De Alzaga, de nuevo por aquí.- dijo con algo parecido a una sonrisa. -Señor Coulson, quiero decirle que ella no tuvo nada que ver con lo que pasó.- dijo Martin sorprendiendolos a los dos. Munay alzò sus ojos para enfrentarlo, ¿en serio iba a tomar la responsabilidad por ella? -Señor De Alzaga, ni siquiera sabe de que se lo acusa, ¿en serio está dispuesto a asumir la culpa?- le dijo estudiando su gesto. -Supongo que el problema es que estábamos en un lugar en el que no deberíamos haber estado, pero le vuelvo a decir, fui yo, yo la lleve a la señorita...- dijo mirando a Munay quien no podía creer que no recordara su nombre y lo mirò indignada. -Mire Señor De Alzaga, agradezco su gesto caballeroso, si solo fuera que lo encontramos en un lugar que no es para estudiantes a lo mejor podrìa considerarlo como un gesto valeroso, pero sabemo que la broma fue su idea, que no siempre lo anunciemos, no quiere decir que no sepamos lo que pasa. Así que esta vez no creo que sus disculpas sean suficientes. De todos modos, parece que la Señorita Keller ha sido una buena influencia así que les voy a dar a los dos una tarea, digamos... compensatoria por los daños ocasionados.- sentenciò anotando algo con su lapicera de edición limitada sobre un papel. -Disculpe, Señor Coulson.- quiso decir Munay, pero el hombre alzó su mano para impedirlo. -Aquí tienen, el colegio está preparando los viajes solidarios a las provincias necesitadas, por lo que los voy a hacer responsables de su organización, deben planificar la logística, recaudar fondos y conseguir permisos. Creo que usted es una excelente estudiante Señorita Keller, no creo que le represente un problema compartir sus aptitudes con el Señor De Alzaga, ¿Verdad?- Dijo enviando una mirada más que persuasiva a la joven que casi no podía contener su rabia. No podía creer que se encontrara en esa posición, ¿cómo había llegado allí? No tenía intenciones de pasar ni un minuto más junto a alguien que ni siquiera sabía su nombre, mucho menos si ese alguien tenía tal ego que ni siquiera se había molestado en mirarla. Munay respirò hondo y alzò su mirada. -No hay problema, Señor Coulson.- dijo a pesar de todo lo que pensaba y al notar esa sonrisa irritante en Martin solo confirmó que nada bueno podía salir de su decisión. El rector dio por finalizada la reunión y ambos tuvieron que salir de su despacho. Munay pasó delante y apresurò su paso, ya se había perdido la mitad de la mañana y no quería perder más clases. -Entonces… ¿vamos a trabajar juntos?- dijo Martin, caminaba detrás de ella, sus ojos estaban clavados en ese lugar que sabía que debía evitar. -No creo que haga falta.- respondió ella girando para tomar los papeles que èl llevaba en la mano. -Cuando lo tenga listo te aviso.- le dijo con suficiencia, pero entonces él comenzó a reír ejerciendo más presión sobre los papeles para mantenerlos en su mano. -¿Qué te hace pensar que quiero que hagas el trabajo por mi?- le dijo increpándola cada vez más cerca. -Que tendríamos mejores resultados.-le dijo ella ensayando una sonrisa muy parecida a esa que él solía usar. Martin no pudo evitar reírse de nuevo, en verdad era ocurrente y combativa. -Vamos, ¿en serio queres trabajar con alguien cuyo nombre ni siquiera recordas?- agregó con la confianza que haber notado ese dato le daba. Sin embargo, lejos de mostrarse vencido Martin acortó la distancia entre los dos acercando su boca a su oído. -Serìa un placer… Muny.- le dijo tan grave, tan profundo que ella apenas pudo reaccionar y dejándola casi temblando continuó su camino hacia la salida con la sensación de haber ganado aquella batalla. -Te veo después de clases en la cafetería del ala oeste.- gritò mientras caminaba alzando los papeles que había logrado conservar en su mano.
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