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1378 Palabras
12 años antes . Era el último año, ya no quedaba nada. Munay sentía que había sobrevivido a su paso por la secundaria con su fiel estrategia de invisibilidad. Caminando mirando al suelo, aprobando cada examen, yendo del colegio a la casa de su tía y de la casa de su tía al colegio. Y así quería que siga siendo. Solo un año más, uno y podría elegir la universidad que quisiera. Ese iba a ser un año tranquilo, pensaba, mientras caminaba con aquel ridículo uniforme por la entrada arbolada de aquel colegio inglés, bien conservado y tradicional. Sus piernas se movían con prisa mientras sus manos tiraban de la falda que ese año parecía haberse encogido. Llevaba su cabello recogido en una cola de caballo y sus ojos rasgados oscuros solo se concentraban en las piedras que marcaban el camino, pulcras y lustradas, para no desentonar con aquel edificio. Había recorrido esa entrada durante los últimos cuatro años y aunque el tiempo tiene la habilidad de apropiarse de conductas, ella aun se sentía ajena. Habían ganado su beca de manera legítima, había sido el orgullo de su pueblo y de su madre, que con lágrimas en los ojos la había despedido antes de subirse a ese micro que la depositaría en una nueva vida. El programa intentaba darle las mismas oportunidades a todos los niños del país, habían sido largos exámenes y entrevistas, con la ilusión creciendo con cada superación y finalmente cuando el anuncio se había materializado, toda esa ilusión se había ido marchitando. Munay había recibido una cálida y escueta bienvenida, para luego descubrir que si bien estaba en el mismo lugar que aquellos jóvenes, seguía sintiéndose diferente y eso la había llevado a elegir pasar desapercibida, a no socializar, a cumplir con los deberes y nada más. Y asi habia sobrevivido, sin altibajos, sin sorpresas, en una meseta de confortable y aburrida rutina, que le había dado conocimientos nuevos, como su capacidad de hablar inglés y francés, pero la había dejado con la sensación de que el mundo no ofrecía nada mejor que sus tardes en el monte y las historias de su abuela. Concentrada en su andar iba, cuando alguien la empujó desde atrás. -Vamos, dale.- oyó que le decían y sin saber muy bien cómo, terminó envuelta en una nube de alumnos de su mismo año que la llevaron a subir una escalera que nunca antes había subido. -¿Qué está pasando?- quiso preguntar varias veces, pero el tono de su voz parecía no ser escuchado. El grupo reía por lo bajo e intentaba disimular algo que evidentemente no estaba permitido. -Es nuestro ultimo año, vamos a dejar algo para que nos recuerden.- le dijo Pilar, una de la pocas alumnas con las que conversaba de vez en cuando, apiadándose de sus ojos temerosos. -Yo no.. no puedo perder mi beca..- quiso responderle, pero de nuevo sintió un empujón y tropezando con los escalones su cuerpo alto y fornido amenazó con desparramarse en suelo. En ese momento un brazo musculoso y tan blanco que el contraste con su propia piel se hizo evidente, sostuvo su cintura, evitando la caída, mientras el otro brazo del mismo joven sostuvo su pierna incluso debajo de la corta falda. -¿Estás bien?- le preguntó Martin, mientras se debatía entre mostrarse enfadado por tener que detenerse o excitado por descubrir lo que escondía aquella falda demasiado corta. -Si, si gracias.- respondió Munay, pero tan bajo fue su volumen que él pareció no oírla. En ese momento las campanas de aquella torre prohibida para los alumnos comenzaron a sonar mientras papeles de todos los colores caían desde lo alto, dibujando líneas a través de las pequeñas ventanas de aquella escalera en la que, ahora solo estaban Munay y Martin, quienes se miraron por primera vez a los ojos, incluso habiendo compartido los últimos cuatro años de sus vidas. No era que ella no supiera de él. Martin era una personalidad destacada en aquel colegio, capitán del equipo de natación, de porte elegante, cabello rubio y los ojos más claros de todo el lugar, lograba llamar la atención donde iba. Ella lo conocía, y aunque no quisiera aceptarlo, era uno de los pocos motivos que hacía sus días allí más amenos. Indudablemente era un joven atractivo y aunque Munay sabía que jamás se interesaría en alguien como ella, había descubierto que mirarlo un rato e incluso fantasear con lo que hacía fuera del colegio, no le hacía mal a nadie. Sin embargo, en ese momento, el tenerlo tan cerca comenzaba a traicionarla. Había imaginado sus manos pero se sentían mucho más suaves que en sus sueños, había creído que sus ojos eran celestes y sin embargo de cerca tenían pintitas amarillas que le daban un aspecto más amenazante. Había imaginado conversaciones en su mente infinidad de veces, pero la realidad era mucho menos cautivante. -Por tu culpa nos van a atrapar.- le disparó soltandola a desgano mientras mientras se agachaba a recoger su mochila que había caído de su hombro al sostenerla. -Perdón, yo ni siquiera quería estar acá.- le respondió ella recuperando su voz. No le gustaba que le hablara así, mucho menos por algo que ni siquiera había provocado. Martin emitió un bufido mientras negaba con su cabeza. Era absurdo que se hubiera perdido el plan que él mismo había diseñado, todo para evitar que la chica becada se cayera. Nunca había hablado con ella, ni siquiera creía recordar su voz y ahora allí estaba, en medio de una escalera, oyendo como sus compañeros se reían y se divertían más arriba, mientras él se perdía la posibilidad de inmortalizar aquella travesura en su i********:. -¿Se puede saber de qué te reís? En serio, no quiero estar acá, no puedo estar acá.- volvió a decirle mientras tiraba de su pollera para acomodarla. Estaba parada un par de escalones más arriba que Martin y en ese momento pudo sentir como sus ojos recorrían sus piernas sin disimulo, pero antes de descubrir si le agradaba o no lo que veía decidió apartar su vista para comenzar su salida. Martin sonrió con provocación, era extraño que nunca le hubiera prestado atención, tenía unas piernas firmes, y aquella redondeada cola que su intrépida mano había tocado sin intención, le confirmaba que debajo de esa pollera todo era incluso mejor. La vio pasar por su lado y no pudo evitar tomarla del brazo. -Esperá. - le dijo logrando que esos ojos oscuros volvieran a mirarlo. -En serio, no puedo estar acá.- le suplicó Munay, tenía miedo de perder su beca y eso era algo que no podía permitirse. -Es que por ahí nos van a agarrar.- le aclaró Martin alzando sus cejas con altanería. -¿Y cómo queres que salga?- le respondió mirando hacia arriba de la torre. -¿Volando?- agregó irónica y él volvió a sonreír. -Así que también sos graciosa.- le dijo, sin entender porque no la soltaba aún y la que alzó sus cejas fue ella. ¿También ? ¿Graciosa aparte de qué? pensó sin querer hacerle caso a su imaginación, que comenzaba a volar por lugares ridículos. -Hay otra escalera de servicio.- le explicó y ella bajó su vista al lugar en el que la sujetaba para luego volver a mirar esos ojos tan eclipsantes. -Ok, te sigo.- le dijo sin terminar de convencerse y él volvió a mostralre una sonrisa, mucho más grande esta vez. -Sabía que te iba a convencer.- dijo por lo bajo mientras subía unos escalones más y se desviaba en un descanso hacia lo que parecía una puerta de servicio. -Tampoco tenía mucha opción.- le respondió ella con la vista clavada en su ancha espalda mientras intentaba no tropezar con ningún escalón. Los gritos y las risas de sus compañeros llenaban el aire, habían abandonado la torre y disfrutaban de la inmunidad de no haber sido atrapados, mientras ellos avanzaban por aquella angosta escalera. -Ya me lo vas a agradecer, preciosa.- le dijo y ella casi se queda congelada. ¿Acaso le había dicho preciosa?. Sin querer detenerse en ese comentario continuó caminando y cuando por fin la puerta de salida se abrió toda esa confianza y altanería que él había mostrado se quedó en el pasado.
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