Mientras Osamu comía, Akira encendió el refrigerador para guardar los productos que necesitaban mantenerse en frío o congelados y puso el resto en la alacena. Al estar limpia la zona de la cocina, ambos jóvenes, entre quienes solo había ocho años de diferencia, encendieron la computadora y empezaron a conectarse con otros jugadores en línea para distraerse de esa manera por algunas horas. Sin embargo, solo pudieron estar atentos a las estrategias del juego por un par, ya que Akira no tenía costumbre de participar en esa clase de juegos, y Osamu llevaba varios años sin caer en el vicio que algunos no pueden evitar. Al ver el barril que quedaba de pollo frito, ambos empezaron a comer nuevamente, iniciándose una conversación con la que Akira conocería mejor al chofer y se sentiría muy identificado con él.
- ¿De qué parte de j***n eres, Osamu san? –preguntó Akira solo por hacer conversación.
- De Nagoya, ¿no se me nota? –volvía a bromear el chofer al responder la pregunta que le hiciera el enamorado de la hija Sato.
- ¿Piensas a ir a visitar a tu familia? Deberías aprovechar que has regresado por unos días –Osamu dejó de comer, tragó lo que tenía en la boca y miró serio, con un toque de nostalgia, a Akira.
- Yo no tengo familia, Akira san. Perdí a mi padre a los cinco años, a mi madre a los doce y a mi único hermano a los diecinueve. Si no fuera por la Familia Sato y la oportunidad que me dio el padre de Mika san, ni siquiera yo existiría en estos momentos –las palabras de Osamu llamaron por completo la atención de Akira. El chofer siempre se mostraba alegre y agradable, por lo que no había imaginado que un triste pasado había detrás de él.
- Disculpa por preguntar, Osamu san. No sabía –comentó apenado Akira, pero Osamu junto a su sonrisa le dijo que no se disculpara.
- Para algunos la vida es un poco más dura. Pienso que así debía ser en mi caso. No recuerdo muy bien a mi padre, las fotos que me quedaron de él me han servido para no olvidarlo por completo. Sin embargo, que su recuerdo sea vago me ha servido a no sufrir por su ausencia desde que tuve consciencia. Esa figura la reemplazó mi hermano Shinji, quien era ocho años mayor que yo –empezó así Osamu a narrar su historia.
- Pero la partida de tu madre sí debió doler –mencionó Akira.
- Sí. Hasta ahora hay una parte de mí que la extraña. Al morir mi padre quedamos sumergidos en la pobreza. Entre Shinji y mi madre no podían ganar el dinero que mi padre solo conseguía con su trabajo. Él era contador y ofrecía sus servicios a varios medianos y pequeños negocios en la ciudad. Mi padre pudo trabajar de esa manera porque tenía estudios universitarios en Contabilidad, pero mamá solo tenía secundaria completa. Los trabajos que conseguía eran de limpieza de casas o lavado y planchado de ropa, no más. Shinji ayudaba por horas a algunos comerciantes en los mercados, pero le pagaban muy poco, apenas era un niño que la necesidad hizo que se comportara como adulto, quemando etapas demasiado rápido.
»Cinco años después de que la muerte se llevó a papá, mamá enfermó. Fibrosis pulmonar. Dos años duró. Si la añoro es porque mi lado egoísta no puede soltarla. Mi madre sufrió mucho por esa enfermedad; no podía respirar, no podía hacer su vida normal, era horrible verla poco a poco desvanecerse, por lo que mi lado empático reconoce que lo mejor que le pudo pasar fue morir. Ahora ella descansa en paz, y de seguro se juntó con mi padre en el más allá –sonrió Osamu a la par que le ofrecía a Akira una pieza de pollo para que siguiera comiendo, pero la conversación le había quitado el hambre al joven Müller, quien quería seguir atento oyendo al chofer en vez de estar moviendo la mandíbula por comer.
»Shinji tenía veinte años cuando ella murió. La pobreza hizo que solo culminara la escuela y empezara a trabajar. Al igual que mamá no tenía posibilidades de conseguir un buen trabajo sin educación, pero mi hermano empezó a llegar con mucho dinero todos los días tras enterarnos del diagnóstico que los médicos le dieron a mi madre. Yo no dudé de mi hermano, solo me alegré porque con ese dinero comprábamos las medicinas de mamá, pero ese dinero no era bueno, y mi madre, en vez de mejorar, empeoró por la preocupación que sentía al preguntarse qué estaba haciendo su hijo para obtenerlo. Al morir mamá, Shinji me confesó lo que hacía para conseguir el dinero: vendía drogas para un grupo yakuza.
»Mi hermano no era m*****o de esa familia de mafiosos, solo era un empleado más, pero no le importaba con tal de ganar dinero. Si hubiera sabido que ser parte de ellos le hubiera servido para que estos se preocuparan por él, que no cayera en el vicio del consumo de las drogas, de seguro hubiera aceptado hacerse m*****o. A los seis años de empezar a vender las malditas drogas, mi hermano probó la más adictiva de todas, heroína, y de ahí no paró hasta el día de su muerte.
»Cuando acabé la escuela quise formar parte del grupo de vendedores de drogas, pero Shinji no quiso. Él me protegía, sabía que no iba a sacar de ahí nada bueno, más cuando él empezaba a enviciarse. Al no poder estar cerca de mi hermano, trabajando en lo mismo a lo que él se dedicaba, comencé a parar con malos sujetos que me enseñaron a robar, a hacerme el bravucón para quitarle a la gente lo poco o mucho que traían encima. Así estuve por un año, robando a inocentes, peleándome con maleantes, follando con cualquier zorra que deseara de mí, esperando que mi hermano quisiera que trabaje con él, pero ese día nunca llegó. Uno de sus amigos me buscó por los bares de mala muerte por los que siempre andaba y me llevó donde mi hermano estaba muriendo por una sobredosis. Cuando llegué, Shinji solo estaba convulsionando en medio de un charco de vómito. En ese momento el último m*****o de mi familia que me acompañaba se fue, y me quedé completamente solo.
»Los yakuza me ayudaron a enterrar a mi hermano y me ofrecieron su trabajo. Al ver cómo murió Shinji, entendí por qué nunca quiso que yo entrara en ese negocio, así que lo rechacé. Al toparme con los vagos y maleantes con los que frecuentaba, me di cuenta que en el fondo mi hermano nunca quiso eso para mí, por lo que me alejé de ellos también. Al principio esa vida no me quería soltar, se aferraba como sea a mí al siempre toparme con esos tipos, quienes destruían lo que con esfuerzo empezaba a construir. Ellos llegaban a donde estaba trabajando decentemente y hacían escándalo, incomodando a las personas que estaban a mi alrededor. Así perdí muchos trabajos y la gente buena me repudió. No soportaba más vivir así, y tomé una terrible decisión: quitarme la vida.
»Llegué al Hospital de Nagoya con la vida pendiendo de un hilo. Ahí me hicieron un lavado gástrico y me salvaron. Para acabar con mi existencia ingerí insecticida, lo único que pude comprar con el poco dinero que tenía. Yacía solo y triste en la cama de hospital cuando las hijas de la Familia Sato llegaron como todas las semanas hacían, preguntando por los casos sociales que requerían ayuda. Una enfermera les habló de mí, de cómo llegué al hospital, que no tenía a nadie y que estaba huyendo de la mala vida que no me quería soltar. Harumi Miura y Keyko Maeda se acercaron a mi cama, la esposa del famoso actor, y ahora director y productor de cine, tomó mi mano y me sonrió. Yo solo la podía mirar sin ánimo de nada. Ella empezó a llorar, por un momento vio en mí a uno de sus hijos, y se conmovió. La esposa del parlamentario consoló a su hermana, me sonrió y me dijo que ellas y sus familias querían ayudarme a salir adelante. Así fue que empezaron a pagar una larga terapia psicológica para alejar por completo de mí la idea del s******o, algo que les agradeceré por el resto de mi vida.
»Cuando ya era el momento de dejar el hospital, ya que durante toda la terapia estuve internado en el área de salud mental, no tenía a dónde ir. Ellas me dijeron que no me preocupe, que en eso también me ayudarían, ya que le pedirían a su hermano que me busque un trabajo y un lugar donde vivir. Ambas tuvieron que regresar a Tokio, ciudad en la que radican con sus familias, así que esperé la llamada del asistente de su hermano porque él quería conversar conmigo. Dos días antes de que me dieran el alta médica y tuviera que dejar el nosocomio, me citan en la Torre Sa-Na.
»Kenji Sato me esperaba en su oficina. A primera vista ese hombre te intimida porque no mueve ni un músculo de la cara y tú no sabes por dónde van sus pensamientos. Me invitó a sentarme en una de las sillas enfrente de su escritorio y me empezó a hacer una serie de preguntas. Yo estaba muy mal vestido, con la ropa que había llegado al hospital ocho meses atrás, solo que limpia, por lo que no daba la impresión que había ido hasta allá por una entrevista de trabajo. Si bien la terapia psicológica me ayudó a no querer suicidarme y amar la vida, yo no sabía cómo responder ante esta en un momento como ese, que era evaluado para que me den un trabajo. Al sentirme agobiado, miré a Kenji Sato y simplemente le dije: «No estoy calificado para hacer nada bien ni bueno. Solo tengo la secundaria completa, pero con muy bajas calificaciones; no tengo experiencia laboral ni nadie que pueda dar referencias sobre mí. No se preocupe, yo entiendo que no tenga ningún trabajo para mí». Me levanté y estaba por hacer una reverencia cuando él me dijo: «Siéntate, que la entrevista aún no termina». Su voz me sonó mucho más fría que antes, por lo que me asusté, así que solo atiné a hacerle caso.
»Kenji Sato me dijo que no hay nadie que haya nacido para hacer todo mal y solo lo malo, que es cuestión de descubrir mis talentos y trabajar en ellos porque de nada vale tenerlos si no los pongo en uso. Ese hombre, el Director General de una de las empresas más importantes del país usó una hora de su valioso tiempo para sacarme de a poco las respuestas a las preguntas que me hacía. Al final, me dijo que podía darme trabajo como su chofer. Lo miré asombrado porque yo había sido un delincuente al que nunca habían atrapado y hecho purgar condena, pero maleante al fin, y en mí estaba poniendo toda su confianza para que sea el responsable de su vida al manejar el auto que a él lo transportaba. Como no tenía dónde vivir, me quedé en una de las habitaciones del servicio doméstico en la gran casa Sato-Nagata. De no tener nada, empecé a tenerlo todo: un lugar donde vivir, trabajo que nadie me quitaría, gente que confiaba en mí, una familia que sin ser mía me apreciaba. Van a ser seis años desde entonces, y ahora puedo pagar este pequeño apartamento en donde paso mis días libres porque de a poco debo independizarme ya que quiero hacer realidad otro sueño que Sato san ha puesto en mi cabeza con su ejemplo: construir mi propia familia. Para mí, la Familia Sato ha sido lo mejor con lo que me he podido topar en la vida, y Kenji Sato, un ejemplo en todo sentido. Cuando sea el momento de revelarle tu existencia en la vida de Mika san, te aseguro que tendrás un grandioso suegro en quien podrás confiar».