- Osamu san, escuchar el relato de tu vida solo ha hecho que te admire más de lo que ya lo hago –soltó Akira muy sorprendido de que ese vivaz y siempre risueño hombre en algún momento fue un desesperanzado joven que quiso quitarse la vida.
- No me digas esas cosas que me las voy a creer –bromeó Osamu ofreciendo una gran sonrisa a su huésped.
- En serio, eres un ser admirable. Y aunque he escuchado atento tu relato, tengo una duda, ¿fue el rechazo de la gente lo que te llevó a querer suicidarte? –Akira, quien creció con el rechazo respirándole sobre la nuca por ser mestizo, quería conocer más a fondo ese detalle de la vida de Osamu.
- Sí, y fue porque me confundió muchísimo que cuando era un delincuente, las personas a mi alrededor me aclamaban y buscaban estar cerca de mí, pero cuando quise tener una vida decente, a quienes tenía a mi alrededor no me quisieron ayudar. El miedo a mi pasado, a los maleantes que no me dejaban en paz pudo más que mis ganas de cambiar, y eso me agobió de tal manera que tomé la peor decisión que un ser humano puede pensar: el desear no haber nacido. Yo tomé el insecticida repitiéndome que nunca debí nacer, yendo en contra del deseo de mis padres, de la ilusión que les generó mi concepción y alumbramiento, del amor que me entregaron. Me costó bastante el poder perdonarme por el acto más infame que puede cometer una persona: el atentar contra su propia vida, pero ahora me valoro y me amo, sé que no necesito la aprobación y el amor de otros para ser feliz y estar bien conmigo mismo, y sin proponérmelo, el que piense así hace que más personas quieran acercárseme, salvo una, pero ese tema lo conversamos mañana, mientras comemos alguna delicia que te pueda preparar con las compras que me encargó Mika san hacer para ti, ¿te parece?
Tras acabar la extensa conversación porque el cansancio llegó al chofer, este preparó la cama de Akira, le deseó buenas noches y se fue a dormir. El joven Müller no podía conciliar el sueño al reflexionar que la gente rechaza no a quienes sean diferentes, sino a quienes representan una amenaza. Las personas creían que Osamu podría hacerles daño o atraer a quienes se lo pudieran hacer por la mala vida en la que estuvo inmerso, algo que le afectó mucho porque él tenía el certero propósito de enmendar su camino. Al llevar este ejemplo a su vida entendió de una manera más precisa lo que siempre sus padres le habían dicho: que él era lo mejor de dos mundos. Si alguna vez lo rechazaron, siempre lo hicieron porque sabían que él era superior a los demás, lo mejor de dos mundos, y los celos, la envidia o el simple fastidio por sentirse menos hicieron que lo atacaran. «Osamu san y yo no somos tan diferentes como pensaba. A él también lo repudiaron por algo que nunca hizo, solo por la percepción que tenían las personas. Si él hubiera sabido que el error no estaba en él, sino en la mente de los demás, nunca habría tomado la decisión de dañarse tomando insecticida; sin embargo, de no haber sucedido todo lo que aconteció, él no sería el hombre que ahora es y no lo hubiera conocido junto a su maravillosa historia», concluyó Akira a la par que un bostezo le hizo ver que ya había llegado el momento de descansar.
Después de un abundante y suculento desayuno preparado por Osamu, cuyas habilidades culinarias sorprendieron gratamente a Akira, ambos salieron a caminar por la ciudad. Al principio, el universitario no quería aceptar la invitación del chofer para conocer la ciudad, ya que la idea de hacerlo sin Mika le entristecía. «Vamos, Akira san, no seas aguafiestas. Además, puede que la fortuna te sonría y logres ver a Mika san, aunque sea de lejos», comentó Osamu, y sospechando que este sabía algo que él no, el joven Müller terminó siguiéndolo hacia donde se dirigía.
Tras dejar la zona urbana donde se encontraba el apartamento que alquilaba el chofer, llegaron a un gran parque que al cruzarlo los colocaba en el área comercial de Nagoya. Curioso de conocer esa llamativa zona, empezó a caminar sin prestar atención a su alrededor, por lo que no se dio cuenta de quién se le había acercado. Mika caminaba relegada detrás de Akira. Al haber Kenji dormido en el hospital velando el descanso de Natsuki y de su recién nacido, la hija Sato aprovechó para salir muy temprano de la gran casa para encontrarse con su amado enamorado. Ella tuvo que tomarlo de la mano y jalar de él para que el joven Müller se percate de su presencia. Cuando lo hizo, Akira cargó en sus brazos a Mika y le dio un abrazo que a Osamu y Kaya, quien había llegado junto a la jovencita, les pareció gracioso, ya que la hija Sato parecía una muñeca que el gigante Akira estaba abrazando.
- No me lo tomes a mal, Mika chan, porque me encanta verte, pero ¿qué haces aquí? –ella sabía que él hizo esa pregunta con más preocupación que con sorpresa.
- Quería verte y coordinar contigo tu visita a mi madre en el hospital –Akira la tomó de la mano y jaló suavemente hacia una de las bancas del parque.
- ¿Tú mamá ha pedido verme? –preguntó asombrado Akira.
- Sí. Ella dice que, si has venido a Nagoya, debes aprovechar en conocerla, así como a mi pequeño hermano Yori –la respuesta afirmativa de Mika hizo muy feliz a Akira, quien sonreía como un niño muy ilusionado por lo que vendrá en un futuro prometedor.
- ¿Y cuándo iré a verla?
- Esta noche. Mi padre nos llevará a mis hermanas y a mí al hospital para que pasemos la tarde con mamá y Yori. Luego tendrá que ir a casa para dejar a mis hermanas. Yo pediré quedarme con mamá porque mañana regreso a Tokio, ese es el momento cuando debes llegar al hospital. Papá se demorará un par de horas en casa mientras se asegura que mis hermanas se vayan a dormir, en especial Naoko, la menor, ya que ha estado un poco celosa por Yori, ya que ella era “la bebé”, y ahora ha sido destronada por mi hermanito –Akira miraba a Mika y se la imaginaba sonriendo por el último comentario que hizo. El joven Müller se acercó a ella y con sus dedos estiró una de las comisuras del rostro de la hija Sato, queriendo formar una sonrisa.
- Te quiero, Mika chan –soltó de repente Akira, sonriendo con ese brillo en la mirada que solo le entregaba a ella.
- Yo también te quiero, Akira kun.
Mika había conseguido que su padre le dé esos días libres a Osamu y Kaya, por lo que ellos la ayudarían a trasladar a Akira al hospital y dar la alerta si es que Kenji regresaba antes de lo previsto. Como la jovencita lo había dicho, ella junto a sus hermanas y padre llegaron al hospital después del almuerzo para pasar la tarde con su madre, quien se quedaría una noche más para prevenir cualquier imprevisto en su salud y la del pequeño Yori. Después de una amena tarde en donde todos ayudaron para que Naoko -la hija menor que en ese momento tenía 9 años- dejara los celos que sentía por Yori al sentirse desplazada, haciéndola ver que ahora ella era una hermana mayor, idea que le gustó a la niña, Kenji se retiraba con sus hijas del hospital, pero Mika le pidió quedarse con su madre hasta que él regresara. Kenji aceptó porque Natsuki le dijo que quería pasar un rato más y a solas con su hija mayor, y él era capaz de cumplirle hasta el capricho más irrisorio a su bella esposa.
Cuando Mika confirmó que el auto que llevaba a su padre y hermanas partió, llamó a Kaya para que junto a Osamu trasladaran hacia el hospital a Akira. El universitario ingresó al nosocomio acompañado de la escolta y el chofer sin ningún problema, llegando a la habitación donde se encontraba Natsuki a los pocos minutos de que Kenji dejara el lugar. Akira llevaba un ramo de rosas blancas y un hipopótamo de peluche, regalos que compró para la madre y el recién nacido. Al entrar en la habitación con los obsequios en sus manos, Natsuki sonrió por haber confirmado que el muchacho era todo lo guapo que su hija le había contado y que, además, era un hombre de detalles.