Retirar la falda fue más fácil, cosa que hizo caer junto a las bragas que ella usaba esa noche. Mika estaba desnuda, entre los brazos de Akira cuando este la sentó sobre la cama. «Voltéate, por favor», susurró sobre el oído de ella. Tras hacer lo que le pidió, él empezó a desatar la trenza que ordenaba sus cabellos. «Vamos a estar sobre la cama por horas, por lo que alguna horquilla que han utilizado para colocar las flores sobre tus cabellos podría herirte. Como te dije, esta noche, y todas las que sigan, te cuidaré», la voz ronca de Akira; el aliento cálido que caía humedeciendo la piel de su oreja y cuello; el roce de los labios de su esposo al moverlos al hablar, hacían que de entre las piernas de Mika empezara a emanar una humedad que Akira notó cuando al acabar de liberar los cabello

