Capítulo 8.3

2070 Palabras
Cuando Kaya bajó hacia la primera planta pudo escuchar a Mika diciéndole a su padre que Akira no era cualquiera, que era su enamorado con quien mantenía una relación de dieciocho meses. La escolta supo que se quedaría sin empleo, que era muy probable que no volviera a conseguir un trabajo decente, con buena paga, pero también confiaba en que Natsuki pudiera hacer algo por ella y por Osamu, otro a quien le cortarían la cabeza por no informar sobre el romance de Mika Sato. Armándose de valor, la escolta terminó de bajar los últimos escalones y llegó a la sala. Encontrar a Akira con el pecho desnudo la llenó de cólera porque ahora entendía en qué situación comprometedora pudo haberlos encontrado Kenji, con lo que su furia era comprensible. - Buenas tardes, Sato san –dijo Kaya y ofreció una reverencia de 90° grados. Ella estaba avergonzada, se sentía culpable por la situación, ya que Mika se encontraba bajo su cuidado y protección, pero haría su mejor esfuerzo por no evidenciarlo para concentrarse y poder lidiar con la furia de su jefe. - Kaya Ishida –que Kenji la llamara por su nombre completo escarapeló la piel de la escolta-. Te encargué el cuidado y protección de mi hija. ¿Así es como la cuidas? –el Director Sato señalaba a Akira. - Sato san, siento mucho no haber seguido sus órdenes por completo, por lo que he omitido en mis informes sobre la existencia de Akira san –Kaya volvía a hacer una reverencia de 90° grados, en la cual permanecería por el resto de la conversación. - ¿Por qué, Ishida? ¡¿Por qué?! –la furia de Kenji empezaba a enfocarse en la escolta. - Porque al descubrir que Akira san proviene de una buena familia y que es un joven que quiere y respeta a Mika san, quise darle una oportunidad a su hija para que sea feliz –Kaya no delataría que Natsuki fue quien le pidió pasar por alto las órdenes de Kenji, esperaba que la madre Sato sea quien confiese ese detalle a su esposo. - ¡¿Y quién diablos eres para dar oportunidades de lo que no te incumbe?! –Kaya trataba de no temblar y de mantener la reverencia, suplicando por la piedad del Director Sato. - ¡Discúlpeme, Sato san! Me equivoqué –soltó Kaya mientras caía al suelo de la sala para suplicar a Kenji por su perdón, haciendo una reverencia que llevó a sus rodillas y frente contra el suelo. Ver a la escolta pidiendo perdón por algo que no era su culpa, hizo que Akira se inmiscuyera en la conversación. - Por favor, Sato san, no descargue su ira contra Ishida san. Ella ha hecho un buen trabajo. Si busca un culpable, ese soy yo por haber puestos mis ojos sobre Mika desde la primera noche que la conocí, en la cena de bienvenida –las palabras de Akira hicieron que Kenji se enfocara nuevamente en él. Al observar al detalle al joven Müller, Kenji pudo ver que este no parecía a simple vista un japonés más, por lo que encontró en él más parecido a su padre que a Yuriko. Si bien es cierto que no guardaba ningún rencor contra los padres de Akira, el padre Sato no podía permitir que su hija y el hijo de su primer amor estuvieran juntos en una relación, ya que temía que Natsuki, su amada esposa, se sintiera incómoda al tener que socializar con ellos, ya que fue Yuriko quien le reveló la verdad de la relación que sostenía con él durante la recepción de su boda, haciendo que ese recuerdo no sea uno grato. - Tienes toda la razón, el culpable de todo esto eres tú –dijo Kenji mirando con frialdad a Akira-. Toma tus cosas y retírate de mi propiedad. No te quiero ver cerca de mi hija. La seguridad que la acompaña será renovada y aumentada, así como daré instrucciones en este edificio para que no te permitan el ingreso. Y en la universidad ni creas que podrás hablarle porque solicitaré que los escoltas ingresen a las aulas y demás ambientes para mantenerla lejos de ti. Si con todas estas iniciativas osas en seguir detrás de ella, entonces la enviaré a estudiar al extranjero, alejándola de su familia con tal de que se mantenga lejos de ti. - ¡No, por favor, no me aleje de Mika, se lo suplico! Pídame cualquier otra cosa, pero no destruya lo que hemos construido. Yo amo a su hija, en verdad que la amo. Que esté sin la remera y ella encima de mí no significa que estábamos haciendo algo malo. Sí hubo un momento en que el deseo estaba ganando a la razón, pero al final el amor que nos tenemos pudo más porque yo quiero darle lo mejor de mí y del mundo a Mika. Sato san, se lo suplico, no nos separe –la voz de Akira se quebró en las últimas tres palabras. Kaya empezaba a llorar mientras mantenía la reverencia sobre el suelo de la sala. Las palabras de Akira la conmovieron y lamentaba que alguien tan poderoso como Kenji Sato estuviera en contra de esa relación, a la cual no le había encontrada nada de malo porque ambos se mantenían siendo los mejores estudiantes de sus respectivas carreras, a la par que crecían haciéndose mejores personas. El quiebre en la voz de Akira hizo que Kaya apretara los puños al sentirse impotente. Al empezar a buscar un motivo valedero para que el Director Sato se opusiera de esa manera a que ellos sean felices recordó la vez que Osamu le comentó varias anécdotas que el joven Müller había compartido con el chofer sobre el rechazo que durante sus pocos años de vida había padecido solo por no “parecer” japonés, y en ese momento la escolta odió a Kenji Sato al pensar que el motivo que este tenía para querer separar a su hija de Akira era el hecho de que el joven Müller era un mestizo. La escolta sabía que su situación no era la mejor, pero si ya su vida se volvería un infierno al haber traicionado al Director Sato, no le importaba hacer algo más para que esos dos buenos jóvenes no sufrieran la incomprensión del padre de uno de ellos. Así fue que Kaya dejó la marcada reverencia y empezó a erguirse para abogar por los muchachos, buscando hacer tiempo de alguna manera hasta que Natsuki llegara a Tokio. Ella ya iba a abrir la boca, a meterse a donde no la habían llamado, pero escuchar un sollozo femenino que venía detrás de Akira hizo que se distrajera porque no creía lo que sus ojos estaban observando: Mika Sato, la niña que no podía expresar emociones ni sentimientos con el lenguaje no verbal, estaba llorando por primera vez en su vida. Kenji dejó de mirar a Akira para enfocarse en la espalda de este. Mika estaba escondida detrás de su amado enamorado, abrazada a la cintura de este. La hija Sato había pegado su frente a la espalda del joven Müller, por lo que él pudo sentir las húmedas lágrimas cayendo sobre su piel. El llanto de Mika empezaba a hacerse más ruidoso, más desgarrador. Cuando Akira giró para verla llorar, ella dejó el silencio y empezó a gritar con un sentido tono de dolor. - ¡No, papá! ¡No me alejes de Akira! ¡No rompas mi felicidad! –el gesto serio y calmado que siempre lucía se había distorsionado a uno que expresaba mucho dolor, tristeza, miedo. - Mika chan, por favor, cálmate –le pedía Akira al notar que ella empezaba a experimentar un shock nervioso. Kenji solo miraba con asombro a su hija, aunque esta emoción no se hacía notar en el rostro del padre Sato. Fue tanta la sorpresa que a Kenji se le pasó la furia que sentía. - ¡Akira, no te vayas! ¡POR FAVOR, NO TE VAYAS! –la última frase la diría desgarrándose la garganta por el miedo que sentía de perderlo. Mika empezó a temblar y a ahogar su llanto. Las lágrimas seguían cayendo a montones, pero ella no podía sacar su lamento. - ¡Mika, respira! ¡MIKA! –la desesperación de Akira alertó a Kenji y a Kaya. La hija Sato estaba experimentando un espasmo del sollozo, una detención involuntaria de la respiración durante el llanto, que es más común en niños pequeños que en adultos. Mika tenía los ojos cerrados, apretados como el resto de su cuerpo, que se había contraído por la fuerza del espasmo que estaba sufriendo. Ella nunca había sido capaz de soltar su tristeza, su miedo, su dolor a través del llanto, por lo que esa primera vez motivada por la amenaza de perder al amor de su vida sirvió para desatar lo que llevaba acumulado en su interior: la tristeza que sintió las veces que fue rechazada por sus compañeras al ser diferente; el miedo a socializar con otros de su edad al sentirse afectada por los insultos que le lanzaban en la escuela; el dolor que padeció al estar sola, aunque estuviera rodeada por cientos de niños. Esa explosión de sentimientos que la hacían sufrir era tan grande que contrajo todos los músculos de su cuerpo para poder controlarla, pero al no lograrlo, estaba ocasionando que su vida estuviera en peligro al no estar respirando. Akira recordó las veces que su madre tuvo que atender a algún pequeño que había sufrido un espasmo del sollozo. Yuriko no solo era neurocirujana, también había completado la especialidad de Neurología, por lo que podía ver la parte clínica de la especialidad a la par de la quirúrgica; así tuvo la oportunidad de tener en consulta a un muy joven paciente para ser revisado y evaluado con la finalidad de constatar que la falta de aire por el espasmo del sollozo no haya afectado con gravedad a alguno de sus sistemas. La médica siempre repetía que ante un caso como este se debía estimular al pequeño paciente con toques circulares sobre su pecho y colocar un paño frío sobre su frente, para atraer la atención y que entre en consciencia de que debe respirar. - Kaya san, ve por hielo y un paño limpio, ¡ahora! –ordenó Akira manteniendo la calma. Él moría de miedo, pero su lado médico despertó y sabía que debía estar tranquilo y enfocado para ayudar a Mika. - Mika chan, escúchame, respira, amor, respira –decía Akira mientras con una de sus manos empezó a hacer círculos sobre el esternón de la hija Sato, en la unión de sus senos. Al regresar Kaya con lo que le pidieron, lo colocó sobre la frente de la hija Sato. - ¡¿Por qué no respira?! –preguntó Kenji manteniendo la calma, o al menos eso aparentaba. - Es un espasmo del sollozo. No es común en adultos, pero Mika nunca ha llorado, así que su cuerpo no sabe cómo debe actuar ante esa expresión emocional. Ella es como un niño pequeño en ese aspecto –comentó Akira. La calma que proyectaba tranquilizó a Kenji, quien en verdad estaba muy nervioso por no saber qué le sucedía a su hija. - Vamos, Mika, amor, respira –repitió una vez más Akira. De repente, Mika soltó aire y volvió a aspirarlo, lanzando un grito de dolor al estar sufriendo por lo que su padre había dicho sobre alejar a Akira de su lado-. Gracias, Dios –soltó el joven enamorado sonriéndole a su amada, quien no dejaba de llorar y temblar. - N-no t-te v-vayas, A-Akira –el sollozo de Mika partía el corazón del joven Müller. - No me iré a ninguna parte, me voy a quedar aquí, a tu lado, pero debes tranquilizarte –le aseguró Akira mientras dejaba caricias sobre sus cabellos. - N-no p-puedo c-controlarme –ante esa situación, el joven estudiante de Medicina vio necesaria la presencia de su madre, ya que, como neuróloga podía ayudar a Mika a superar esa crisis. - Será mejor que llamemos a mi madre para que ayude a Mika chan a superar el ataque que está sufriendo –sugirió Akira mirando a Kenji. Este estaba al costado del joven Müller, atento a las reacciones de su hija. - Hazlo, por favor.
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