Lo que es mío

1916 Palabras
POV Luna No sabía qué estaba ocurriendo. Sentía un calor que subía desde alguna parte de mi cuerpo; no sabía exactamente de dónde, pero ascendía hasta mis labios. Era como si una fiebre abrazadora se apoderara de mí, como si el virus más letal me atacara. Pero entonces fui consciente: un beso. ¿Realmente esto estaba ocurriendo en este momento? No era una pesadilla ni una ilusión. Víctor me estaba besando mientras tomaba mi mentón como si fuera la amada que lo esperó durante un largo tiempo. Como si realmente existiera entre nosotros un sentimiento mutuo de amor… cuando era claro que eso estaba lejos de ocurrir. No sabía exactamente qué lo motivaba a casarse conmigo. Al principio creí que era simplemente por humillarme; después pensé que quería eliminarme, pero definitivamente amor no era. Así que ahora estaba más lejos que nunca de saber la verdad. Pero, a pesar de todo eso… ¿por qué mi cuerpo no se negó? ¿Por qué no lo empujo? ¿Por qué me quedo completamente quieta? Yo lo odio, lo odio. Ni siquiera debería permitir que me toque, pero aquí estoy, aceptando un beso como si fuera lo más natural entre nosotros. Entonces logro apartar mi rostro hacia un lado. —Yo… yo me siento algo cansada. Quiero regresar a mi habitación —murmuro sin mirarle la cara. Él se pone de pie. Lo miro de reojo y noto que asiente. —Como tú digas. Durante el trayecto de regreso permanezco en absoluto silencio. Es que ni siquiera sé qué más decir. Lo del beso había sucedido de manera inesperada. No había pensado en esto cuando acepté vivir con él. Dentro de mi pecho sentía tantas cosas que no podía ni describirlas. Entonces llegamos hasta las escaleras, donde siempre meditaba. Me pongo de pie y le digo: —Puedo subir sola. Él me mira confundido, pero reitero que puedo subir por mi cuenta. —No puedo estar dependiendo todo el tiempo de ti. Además, moverme por mi cuenta me ayudará a recuperarme con más rapidez. Víctor se lleva una mano al mentón y, tras meditarlo brevemente, asiente. —Está bien, será como tú quieras. Él se queda ahí de pie, observándome mientras me levanto de la silla de ruedas y me sujeto de la baranda de las escaleras. Demonios… ¿Por qué no se iba? ¿Por qué se quedaba ahí? Su presencia me ponía los vellos de punta. Aunque tratara de ignorarlo, era imposible. Al levantar la pierna por uno de los escalones y pisar la superficie, sentí cómo el dolor subía hasta mis nervios. Apreté los dientes con fuerza para evitar emitir algún sonido de dolor. No quería que él se percatara. Jamás me mostraría como una mujer débil ante un hombre, especialmente frente a él. Así que continué subiendo peldaño a peldaño, conteniendo el dolor que sentía en mi tobillo. Sin embargo, al tratar de subir un poco más, el dolor fue tan fuerte que mi pierna no pudo mantenerse estable. El ligero movimiento hizo que casi cayera contra las escaleras, pero, sin imaginarlo, una mano me tomó por la cintura y me pegó a una superficie dura que se sentía contra mi espalda. —¿Por qué temes pedir ayuda si realmente lo necesitas? —escuché su voz susurrar contra mi nuca, mientras sentía el calor de la palma de su mano en mi vientre—. ¿O es realmente a mí a quien temes? Sus palabras provocaron que mis ojos se abrieran de par en par. Sin ningún movimiento de mis brazos, me aparté completamente de él. —Gracias por tu ayuda, pero puedo sola —le contesté secamente y continué subiendo las escaleras hasta llegar al final. Observé de reojo que Víctor seguía ahí, a mitad del tramo, mirándome como si esperara que dijera algo más. Pero no lo hice. Continué mi camino hasta llegar a la habitación. ¿Temerle? Eso es una tontería. Jamás le temería a mi enemigo. … Los días continuaron después de aquel beso. He procurado no intercambiar muchas palabras con Víctor y evitar encuentros para no sentir esta incomodidad en mi pecho. Por ello, soy puntual en la hora del desayuno y del almuerzo. De ese modo, evito que él y Héctor tengan que subir a la habitación y que toda la atención se dirija hacia mí. Pero este día las cosas parecían tomar otro rumbo. —Entonces ya puede moverse —dijo Héctor.—Con absoluta franqueza, su tobillo está completamente curado, señora. Mi pierna ya podía moverse sin ningún problema, y eso me dibujó una sonrisa en los labios, ya que por fin podía volver a ser yo y empezar aquello por lo que vine. … —Pareces estar más animada que nunca —me comenta Víctor durante el desayuno. Y, después de mucho tiempo, le sonrío. —Así es. Hoy estoy especialmente más animada que nunca. —¿Y se puede saber el motivo? —me pregunta con gran interés mientras lleva un bocado de fruta a su boca. —De hecho, sí. Como verás, estoy vestida acorde a la situación. Esperaba que me llevaras a la constructora. Víctor detiene sus cubiertos, levanta una ceja y me mira con mayor atención. —¿Y por qué ese deseo de ir a la constructora? —Bueno, son muchos años los que he estado fuera del país. La última vez que la vi fue cuando tenía 17 años. No sé qué tanto habrá cambiado. Espero que no sea una molestia. Él no podía saber que yo ya estaba enterada de que planeaba derribar la constructora. Mi mejor arma en estos momentos sería fingir completa inocencia. —Comprendo —responde llevándose otro bocado a los labios—. Está bien. Si así lo deseas, podrás acompañarme hoy mismo. Fue inevitable no mostrar mi emoción, algo que Víctor notó de inmediato. Rápidamente recobré la compostura y continué desayunando. … Unos momentos más tarde nos encontrábamos en su auto. Víctor manejaba mientras yo iba de copiloto. —Creí que Héctor era tu chofer. —Lo es, pero también tiene otras actividades. Y, aunque es muy eficiente, es mejor no sobrecargarlo. —Yo tengo una duda. ¿Cómo es que un ex médico militar terminó como empleado tuyo? No es que denigre el trabajo, es solo que creo que debe haber una gran historia detrás de todo eso. —Es inmigrante —me contesta sin rodeos—. Creo que debes haber notado su acento. Al llegar al país, le fue muy complicado encontrar trabajo. Hasta que lo conocí, le ofrecí un sueldo que para él parecía justo y desde entonces ha trabajado conmigo. —¿Inmigrante…? —murmuro—. Pero no entiendo… si era un médico militar, ¿por qué no se quedó trabajando en su país? —Porque a veces un error basta para que te condenen —me responde, y esa frase basta para dejarme pensando. ¿Un error? Ahora mi cabeza estaba más llena de preguntas. ¿Había hecho algo muy malo en su país? ¿Cómo se conocieron él y Víctor? No pude contestar nada más, ya que el auto había llegado a las afueras de las instalaciones de la constructora. Víctor bajó primero y, como si se tratara de su esposa, rodeó el auto para ayudarme a bajar y ofrecerme su brazo. Lo observé de reojo, pero acepté su gesto. Si seguía evitándolo, despertaría sospechas en él. Desde ahora debía procurar ser completamente tolerable. Ver la constructora de mi padre después de tantos años me hizo sentir una serie de emociones que vibraban en mi pecho: dolor, nostalgia, y la tristeza de saber que él ya no se encontraba en este plano. Pero, sobre todas las cosas, el recuerdo de que nuestra última conversación en persona fue solo una discusión. Por el resto de mi vida tendría que recordar que la última vez que vi su rostro llevaba una expresión de desprecio. Nunca nos dimos la oportunidad de volver a ser padre e hija. —Parece que hay menos personal del que recordaba —comenté, observando a los trabajadores ir y venir con documentos y archivos en los brazos. Algunos disimulaban al mirarme, como si sus ojos no pudieran creer lo que veían. —Si no es útil, se desecha —me contestó con total frialdad. Entonces eso fue mi padre para él: algo inútil que desechó cuando ya no pudo exprimir más. Sentía tantas ganas de abofetearlo, pero no lo hice. Guardé la calma y continué caminando a su lado sin soltarme de su brazo. —¿Y qué sucede si esa persona tiene familia? ¿Hijos que mantener? —Pues esa persona tendrá que buscar otro trabajo. Cada persona que se encuentra hoy aquí cumple una labor fundamental. Si miras cuidadosamente, no verás a nadie quieto. Todos se están moviendo de un lado a otro. Y así debe funcionar una empresa: sin fallas, sin faltas, sin excusas. —Pero a veces suceden cosas inevitables. ¿Qué pasa si uno de ellos se enferma? —La enfermedad no detiene. De lo contrario, pueden tomar un descanso… pero sin retorno. Mientras lo escuchaba, confirmaba lo que pensaba de él. —Buenos días, señor —de repente, un hombre se paró delante de nosotros e inclinó la cabeza en señal de saludo hacia Víctor—. Es un grato honor tenerlo por aquí y a… El hombre me observa y parece no reconocerme. Después de tantos años fuera del país, ninguna de estas personas había intercambiado palabras conmigo jamás. —Mucho gusto. Soy Luna Lascuraín —extiendo la mano para saludarlo mientras Víctor permanece en silencio, observando la escena. El hombre hace un gesto como si reconociera mi apellido. Entonces aclaro: —Sí, soy la hija del señor Lascuraín. El hombre sonríe abiertamente con evidente sorpresa. —Vaya, esto no lo esperaba. Yo conocí a su padre, señorita. Creo haber escuchado que tenía una hija, pero nunca imaginé que sería como usted. Realmente es una dama muy hermosa. —Gracias por el cumplido —le contesto, sonriendo. —Pero si no es ningún cumplido, soy completamente honesto. Cuando la vi, creí que era una modelo que acompañaba al señor. —¿Modelo? —levanto una ceja y miro de reojo a Víctor, quien parece tener el ceño fruncido. Claro… No me sorprendería que hubiera traído a otras mujeres aquí. ¿Creía que no me enteraría? Seguramente tenía un montón de amantes. —Gracias por el cumplido, pero en realidad no soy modelo. Soy… —Mi prometida —me interrumpe Víctor, apretando ligeramente mi mano y mostrando así el anillo de compromiso. El empleado palidece y, volviendo a su actitud seria, deja a un lado las risas. Como si hubiera hecho algo realmente malo, Víctor me lleva con él hasta lo que supuse era su oficina. —¿Qué crees que hacías, Luna? —me pregunta con una voz fría, más dura de lo habitual. —¿Hacer? No sé a qué te refieres. —Eres mi prometida, Luna —se para frente a mí, clavando sus ojos azules en los míos—. Puedo permitirte muchas cosas, pero no que coquetees con otros en mis narices. —¿Coque…? ¡Mmm! —sin poder terminar la frase, sus brazos me toman y me besa con intensidad, soltándome solo para susurrar: —Eres mi prometida, Luna. Como tal, te deseo —agrega presionando mi cintura—. Y lo que deseo es solo para mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR