Apenas podía creer lo que había presenciado. No, en realidad… esto debía ser una pesadilla. Por supuesto, solo era un producto de mi imaginación, y en cualquier momento despertaría.
—No vas a poder caminar con el tobillo así de inflamado —murmuró, levantándome en sus brazos como si lo que acabara de suceder fuera lo más natural del mundo.
En ese momento, Héctor apareció.
—Hazte cargo —ordenó Víctor.
Héctor asintió con total despreocupación.
Las palabras ni siquiera salían de mi boca. Víctor me llevó de regreso a nuestra habitación, me colocó sobre la cama, y cuando estaba a punto de tomar mi tobillo nuevamente entre sus manos, lo aparté.
—Estás loco —le dije, mirándolo directamente, con terror—. Acabas de matar a un hombre… y lo haces con total tranquilidad.
Con completa calma, sentándose al pie de mi cama, empezó a explicarme como si fuera una niña.
—Yo solo actué en defensa de mi prometida. Ese hombre quería atacarte.
—Lo sé, pero no pensé que lo matarías. Ni siquiera sé qué hago hablando contigo. ¡Tú eres un completo peligro para la sociedad! ¿Cómo es que estás libre?
—Actuar en defensa propia no me condena, Luna.
—Tú sabes que no fue así —lo recriminé—. Además, ese hombre parecía conocerte muy bien.
—Hago tratos con empresas internacionales. Muchos me reconocen.
—Ese no es el punto. Ese hombre te habló como si fuera cercano a ti, como si fuera uno de tus trabajadores.
—Fue uno de mis trabajadores, hasta que lo descubrí robando. Lo dejé libre y no lo acusé con la policía, pero le advertí que si se volvía a interponer en mi camino y me traicionaba, no la contaría.
Mientras Víctor me explicaba, Héctor apareció nuevamente en la habitación.
—Todo está en orden, señor.
Entonces, Víctor se puso de pie.
—Parece que se lastimó el tobillo. ¿Puedes revisarlo?
—Por supuesto, señor —respondió Héctor, sentándose al pie de la cama y tomando mi tobillo con sumo cuidado—. No parece ser grave, señor. Si me permite, iré por mi equipo y la curaré en este instante.
—Procede —contestó Víctor, y Héctor se marchó. Solo tardó un instante en regresar con un maletín del cual sacó una jeringa, una pequeña botella de cloruro, vendas y otras cosas que me causaron temor.
—¿Pero qué estás haciendo? ¿Acaso planea inyectarme? ¡Yo necesito un médico!
—Yo soy médico, señora —respondió Héctor.
Totalmente incrédula, levanté la mirada hacia Víctor, y él asintió.
—Héctor es un ex médico militar.
—¿Médico militar? —exclamé con asombro.
Esto era cada vez más difícil de asimilar. Había tantas cosas que prácticamente no me cuadraban. Y ahora enterarme de que el empleado de Víctor era un ex médico militar que también trabajaba como su chofer, cocinero, y seguramente muchas otras cosas más que ni siquiera podía imaginar…
—Solo cierra los ojos y respira. Será un leve dolor.
—¡Auch! —apenas alcancé a cerrar los ojos cuando sentí la aguja ingresar a mi cuerpo.
—Listo. Con eso podrá estar bien hasta mañana. Si el dolor persiste, avíseme, por favor.
Él empezó a guardar sus cosas y, una vez que las tuvo de regreso en su lugar, se levantó, inclinó la cabeza ligeramente frente a Víctor y luego hacia mí, marchándose de la habitación y dejándonos nuevamente a solas.
Miré mi tobillo y, cuando intenté moverlo ligeramente, el dolor había disminuido considerablemente.
—Para mañana estarás bien. Héctor es muy bueno como médico, así que por ahora será mejor que descanses y… —tomó mi mano y colocó el anillo que yo había dejado sobre la mesa de noche—. No quiero que te lo vuelvas a quitar.
Sus ojos parecían perforar los míos, adentrándose hasta encontrar mi alma, hurgar entre mis pensamientos y saber lo que yo pensaba. Era como si ese par de esferas azules trataran de hipnotizarme. Pero, de repente, un ruido me devolvió a la realidad: el sonido de un claxon, más las luces que se encendían y apagaban en el patio de la residencia. Era el anuncio de que Nicole había llegado, ante mi llamado.
Mi celular empezó a vibrar, y Víctor observó la pantalla.
—¿Llamaste a alguien? —me preguntó.
—Es Nicole, mi mejor amiga. Yo… yo quería verla —internamente temí que, si decía que la llamé porque quería escaparme, él sería capaz de hacerle lo mismo que a aquel hombre—. Pero contestaré y le diré que nos veremos otro día.
—No es necesario —respondió Víctor—. Hazla pasar. Esta también es tu casa.
—Aunque digas eso, sabes que no lo es. Prácticamente aquí soy una invitada. Y aunque soy tu prometida, eso no me hace señora de nada.
—Pues este anillo dice todo lo contrario —afirmó, acariciando con su pulgar el anillo que ahora se encontraba en mi dedo anular. Tomó mi mano con delicadeza, la elevó hasta la altura de sus labios y posó suavemente un beso en ella—. No quiero que me tengas miedo, Luna. No haría nada para perjudicarte.
¿Perjudicarme? Pero si ya había perjudicado mi mente con lo que había hecho… había matado a un hombre. ¿Acaso eso no significaba nada para él? ¿Qué clase de persona era? De repente, recordé aquella vez en la que noté sus manos manchadas de sangre. Tragué saliva, imaginando lo peor.
—Le diré a tu amiga que entre, pero la recibirás en la sala.
Víctor soltó suavemente mi mano y llamó a Héctor, a quien le ordenó que dejara ingresar a Nicole, mientras él me levantaba nuevamente en sus brazos, con una delicadeza única que me hacía sentir como la persona más vulnerable del mundo.
Y sin decir una palabra más, me acomodó en el sillón de la sala. Luego se marchó, y poco después vi a Nicole ingresar.
—Si se le ofrece algo, no dude en llamarme, señora —añadió Héctor antes de retirarse.
—Te lo haré saber —respondí.
Solo después de asegurarme de que estábamos completamente a solas, solté un largo suspiro.
—¿Pero qué te pasó? —me preguntó Nicole al notar mi tobillo vendado—. Amiga… ¿estás bien?
—Ni siquiera sé si puedo responderte esa pregunta —le contesté.
—¿Pero cómo? No comprendo… me llamaste, parecías realmente asustada.
—Nicole —levanté una mano y la coloqué sobre la suya—, tienes que irte ahora mismo.
—¿Qué? Pero acabo de llegar. Ni siquiera me has dado una explicación de lo que ocurrió. Dime, ¿acaso él te lastimó? ¿Él te provocó esto? Porque si es así, ahora mismo llamaré a la policía.
—¡No! —levanté la voz, aterrada, pero luego susurré—: Por favor, no hagas eso. Solo te ruego que ahora te marches.
—No —me respondió—. No me voy a ir hasta que me digas qué está pasando. Te conozco muy bien, y sé que hay algo grave.
—Te juro que te lo contaré todo… pero por favor, vete. No quiero exponerte a nada. Por favor, amiga, márchate —le supliqué, con los ojos brillosos.
Nicole me miró con aún más preocupación, pero entendió mi desesperación. Así que, sin hacer más preguntas, se puso de pie. Me dio una última mirada, llena de angustia, y se marchó.
Yo no podía involucrar a mi amiga en esto. No me perdonaría jamás que alguien saliera lastimado por mi culpa. Y menos si una de esas personas era alguien a quien yo quería tanto.
…
Desperté con el delicado cantar de las aves que volaban afuera de la ventana. Sin embargo, al abrir los ojos, me percaté de que estaba en mi habitación. ¿Cómo había llegado hasta allí? Hasta donde recordaba, me había quedado dormida en el sillón.
No tuve tiempo de pensar en la respuesta, ya que, sin mediar palabra, Héctor ingresó con una bandeja que contenía lo que parecía ser mi desayuno.
Si bien el aroma era exquisito, no tenía apetito. Solo pensar que un hombre estaba muerto en ese instante me revolvía el estómago.
—Por favor, llévatelo. No tengo apetito —le respondí.
—Tiene que comer, señora. De lo contrario, el señor se preocupará.
—¿Comer? ¿De verdad crees que en estos momentos puedo comer, después de lo que vi anoche? ¿Qué tan enfermos están ustedes como para vivir tranquilamente? —Ya no podía seguir callada—. ¡Dime qué hiciste con el cuerpo! ¿Dónde lo llevaste?
Héctor parpadeó, evidentemente sorprendido.
—No te hagas el desentendido. Escuché muy bien cuando Víctor te dijo que te encargaras.
—Y en efecto, señora, me encargué. Pero creo que usted tiene una idea equivocada.
Este hombre era tan cínico como Víctor. Ambos eran cómplices, y Dios sabe a cuántas personas más habrían eliminado.
—No intentes lavarme el cerebro. Yo sé lo que vi y lo que oí. Anda, dime dónde está el cuerpo. No pienso ser cómplice de ustedes.
—¿De qué cuerpo estás hablando, Luna?
La voz de Víctor irrumpió desde el umbral de mi habitación. Sus ojos se posaron en mi desayuno, y luego en mí.
—¿Por qué no comes?
—No pienso comer nada de lo que hay aquí. Solo quiero irme... e ir a la policía para denunciar lo que hicieron.
—¿Una denuncia? —preguntó Víctor, con las manos en los bolsillos.
—¿Te parece poco haber matado a un hombre?
—¿Matar?
—No trates de hacerte el inocente. Lo vi todo. Fui testigo de lo que hiciste.
—Pues parece que no lo vio todo, señora —agregó Héctor—. El hombre que la atacó anoche no está muerto.
—Di lo que quieras. Yo sé lo que vi.
Entonces Héctor metió una mano en su bolsillo, sacó su celular y buscó algo. Luego, me lo colocó frente a los ojos.
En la pantalla se podía leer cómo la policía había capturado a un hombre que llevaban tiempo buscando. Este lideraba un prostíbulo donde engañaban a jovencitas con promesas de trabajo para luego esclavizarlas de la forma más humillante posible.
—Es el mismo hombre —murmuré.
En el artículo también se decía que el hombre fue encontrado herido y que se entregó por voluntad propia.
—¿Cómo es esto posible? Yo vi que cayó muerto...
—Mi señor sería incapaz de matar a alguien —dijo Héctor—. Pero es mejor no provocarlo, señora. Por eso todos respetan al señor Vitteri.
—Puedes retirarte, Héctor. Yo me encargaré del resto —dijo Víctor.
Su empleado se marchó. Entonces Víctor, frente a mis ojos, se quitó el abrigo y, quedando en camisa, dobló las mangas antes de acercarme la comida.
Lo miré de reojo durante unos segundos, y finalmente acepté la bandeja en mis manos.
—Me gustaría que después me acompañes a dar un paseo por el jardín —dijo.
—Pero no puedo caminar —le respondí, sin apartar la vista del plato.
—Por eso no te preocupes. Vendré aquí en cuanto acabes. Si deseas, puedo ayudarte con tu aseo.
—Dije que no puedo caminar, no que estoy incapacitada.
—De acuerdo —sonrió de lado—. Te dejaré a solas un momento.
Tal como lo dijo, se enderezó y caminó pausadamente hacia la puerta, dejándome tomar el desayuno sola.
Momento en el que mis pensamientos volvieron a tomar posesión de mi mente.
Muy pronto sabré en realidad quién eres, Vitteri.
…
Tras terminar de desayunar y haciendo un ligero esfuerzo, me duché y me cambié por algo ligero que traía entre mis cosas. Me di cuenta de que aún no había desempacado, así que levanté mi maleta sobre la cama. Al abrirla, planeaba guardar la ropa en el armario, pero al abrir las puertas, me encontré con que todo estaba completamente lleno.
—Esto no estaba aquí ayer... —estiré una de mis manos y acaricié con los dedos lo suaves que eran esas telas.
Tomé uno de los vestidos por curiosidad y me cercioré de la talla. Efectivamente, era exactamente la medida que yo usaba.
Pronto escuché que alguien volvió a tocar la puerta. La voz de Víctor se hizo presente, preguntando si ya estaba lista.
Guardé el vestido en el armario y, tras suspirar, respondí afirmativamente.
La puerta se abrió y él ingresó llevando consigo una silla de ruedas.
—¿Es para mí? —pregunté.
—Será hasta que tu tobillo esté sano.
—Eres una exageración. Puedo caminar. No distancias largas, pero sí puedo moverme.
—Pues no pienso arriesgarte. Mientras más cuidados tengas, mejor.
Y sin más protestas, ya nos hallábamos en el jardín, yo en la silla de ruedas y él empujando desde atrás.
¿Por qué este hombre era tan cuidadoso conmigo, cuando ni siquiera me conocía? ¿Sería esto parte de su plan para eliminarme? Yo solo podía mirarlo con desconfianza.
—Parece que las rosas ya han florecido. ¿Quieres verlas? —me preguntó.
—¿Tienes un rosal? —pregunté, sorprendida. Él me respondió llevándome hasta un arco de rosas que daba paso a un inmenso jardín lleno de flores tan rojas como la sangre.
Me condujo por ese camino, y de repente se detuvo. Colocándose en cuclillas, tomó una de las rosas, la olfateó y dijo:
—Siempre he considerado que todo ser vivo merece ser tratado con respeto. Por ello soy muy cuidadoso cuando se trata de mis flores.
Observé cómo arrancaba una con mucho cuidado. Luego, aún en cuclillas, tomó suavemente mis manos y colocó la flor entre ellas.
—Tus labios tienen un color semejante. Tu piel es tan blanca como la misma luna. Tus ojos son como la miel de las abejas. Eres tan hermosa como las rosas.
—Pero también tengo espinas —le contesté—. Sé cómo defenderme.
—Y lo sé —respondió, llevando su mano a mi mejilla—. Y créeme que no me importa pincharme con ellas.
Su tacto había sido lo más suave que había podido percibir en el mundo, su aroma masculino impregnaba totalmente a mis fosas nasales llevándome a cerrar los ojos y sentir un golpe en el pecho. Mis piernas se sentía más débiles que nunca.
Mi mente estaba en blanco, era como si todo lo que hubiera pensado antes se hubiera desvanecido con tan solo ese toque, y de pronto…
—Déjame besarte, Luna —suspiró, y yo abrí los ojos encontrando su frente pegada a la mía.
Mi respiración se volvió acelerada, algo dentro mío se sentía totalmente débil y no podía resistirme.
Víctor tomó mi mentón con su pulgar y sus dedos, y haciendo una suave presión con sus labios, nuestras bocas se encontraron.