— El agapanto fue testigo de que en aquel entonces, un joven lleno de temores y con el dolor de no haber superado la muerte de su madre, sonriera a la jovencita que me salvó de caer en la depresión. Estabas rota y aún así parchaste mi corazón. Busqué una luz que me ayudara a salir de esa oscuridad… y te encontré —Edzel se levantó entrelazado mi mano a la de él—. Tú me salvaste, tú eres mi pequeña florecilla, y si tengo que rogarte seis o cien años, lo haré. Y aunque suene egoísta, no quiero que nadie más te tenga. Solo yo deseo ser el que baile contigo, solo yo deseo regalarte flores, solo yo quiero estar en tu corazón. — ¡Ya bésala! —gritó alguien a nuestras espaldas. Al darme cuenta, se trataba de Joao ¿Qué hacía él aquí? — Me descubrió en las florerías, y no quiso perderse de esto

