POV Abel
El día que llegué a este barrio, pensé que no haría amigos con facilidad. Pensaba que, mientras mis papás me compraran lo que yo quisiera, no necesitaría nada más, pero me equivoqué.
Desde el día que conocí a Natalia, se convirtió en un Ángel para mí. Ella me escucha, me aconseja, incluso me ha visto llorar. A ella no puedo esconderle nada. Es la única que ha logrado desnudar mi alma. Me ha visto flaquear, y me da las fuerzas para mantenerme firme.
He escuchado decir que es una obsesión, pero no. No es así. Soy consciente de lo que siento.
Ella dice que no me corresponde, pero no le creo.
Cuando creí que Edgar había salido de nuestras vidas, me prometí que, si para estar a su lado tenía que conformarme con su amistad, lo aceptaría. Pero ya no puedo mantener esa promesa. No con él aquí.
[Hace algunos años atrás…]
Cuando era niño, solía ser muy solitario. Soy muy selectivo con mis amistades, y juro que no es por creído; aunque es el concepto que todos tienen de mí.
Ver las intenciones de las personas cuando se acercan, es el motivo que me orilló a serlo. Siempre he tenido la seguridad de que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, y Natalia es la única en esa posición.
Sí tengo conocidos, camaradas y así, tampoco soy tan puto asocial. Simplemente que no confío con facilidad en las personas, y es cuando soy superficial.
Creía que en la nueva escuela a la que iría la vería, pero no fue así. Ella iba a otra primaria diferente.
Comencé a juntarme con Edgar y Ricardo porque cuando me veían solo durante el recreo, se acercaban conmigo. Estábamos en diferentes grupos.
Al principio cuando comencé a tratarlos, me quise convencer de que eran como ella, y que encontraría en ellos a dos camaradas buena onda, pero pues me equivoqué.
De niño, aunque era solitario, me gustaba meterme de vez en cuando en problemas. Solamente así mis papás se acordaban de mí porque se veían obligados a regañarme. Aunque sus regaños no valían ni un carajo.
Casi siempre eran un: ¿Por qué lo hiciste?, ¿en que estabas pensando?, ¿te hace falta algo?, ¿acaso no te hemos dado todo?
Ese era el puto problema. Que ellos me daban todo sin pensar que lo que yo necesitaba realmente estaba lejos de ser comprado. Ni un puto castigo recibía de ellos.
En esas andanzas, era Edgar el que se aventuraba conmigo. Pero Ricardo era un puto grano en el culo, ese pendejo era muy aburrido. Siempre nos decía que nos meteríamos en problemas. Pero Edgar no era como él, no preguntaba y te seguía a hacer cualquier pendejada. En ese sentido, puedo decir que nos llevábamos bien.
Mis papás siempre han sido entregados en su trabajo.
Mi papá es doctor, y mi mamá enfermera. La gente piensa que, por ser profesionales y no carecer de nada somos la familia perfecta. Lo que no saben, es que mis papás no son lo que aparentan.
Mi papá comenzó a tener amantes, y cuando mi mamá lo descubrió se consiguió a los suyos. Así de fácil arreglaron ese show, y se hacen pendejos.
Creen que yo no sé nada, pero lamentablemente conozco todas sus movidas. Me hago pendejo también, que es diferente.
En cierto modo, llevarme bien con Edgar era solo por ella, y también para pasar el rato sin aburrirme tanto. A demás, sabía que Natalia era muy unida a él y a donde quiera que él iba, siempre estaba ella.
Al principio, admito que me daban celos de Edgar. Porque a pesar de que él no tenía nada para ofrecer, muchos del barrio lo seguían. Llegue a un punto donde yo quería lo mismo; es decir, si mis papás no me prestaban atención, me conformaba con ser idolatrado de alguna forma. Pero no me funcionaba porque todos me veían como creído y presumido sin conocerme bien. Natalia nunca me catalogó así y al ver que no era prejuiciosa como los demás, fue que me interesé con más ganas por ella. Tenía su atención, su tiempo, pero había algo que solo Edgar tenía, y era su corazón.
Fue entonces que empecé a desearla, quería que ella me viera como lo veía a él. Cuando comenzamos la pubertad, mis ganas por ella crecieron.
Se empezó a desarrollar muy rápido, y era muy notable su físico. Hasta ahí, todo iba bien, solamente estábamos creciendo.
Pasó de ser un capricho por envidiar y querer lo que tenía Edgar, a gustarme de verdad por cómo me trataba, para después terminar enamorado de ella y verla como una mujer.
El día que arrestaron a Edgar, Natalia fue a buscarme llorando como loca por él.
—Abel, Edgar anda con los tipos esos drogadictos, escuché que se iban a meter a una casa. ¿Dime qué hago?
—Para empezar, calmarte. Eso debes hacer. Ya te dije que Edgar está enganchado con esa cosa, Naty. Ni tu ni nadie lo va a hacer que las deje. No se puede así de fácil, y lo peor es que esas nuevas amistades que trae, obviamente lo van a perjudicar.
—Pues hay que ayudarlo. A lo mejor y te equivocas, puede que sea difícil que deje esas cochinadas, pero no imposible ―suplicó.
—Él no quiere, Naty. No puedes ayudar a alguien que no quiere que lo ayuden.
—Somos sus amigos, Abel. No podemos dejar que lo haga. Esos tipos traen armas, van a meterse en un problema bien grande. Óscar es el que lo sonsacó, y estoy segura que se van a meter en un lío, él ya ha estado en la cárcel. Lo va a arrastrar con él.
—Si a su familia no le hace caso, a nosotros menos. Además, nadie va a arrastrar a nadie, él solo se metió en esos problemas. Y si él se va con ellos debe saber a lo que se atiene. No es un niño, Naty. Es consciente de sus actos, ya sabe lo que está bien y lo que no.
Ella me miró con desaprobación por no querer hacer nada. Pero yo ya estaba hasta el carajo de tratar de ayudarlo, y la verdad ya no quería andar detrás de él.
—Pues yo no me voy a quedar de brazos cruzados —tajó enojada, dándome la espalda.
—¡Natalia! —le grité, pero se fue sin voltear.
Eso era lo que más me molestaba, que siempre se fuera detrás de él.
Me quedé pensando un rato, y decidí salir a ver qué pasaba con ese cabrón. Fui a buscar a Ricardo, porque aunque no me lo topara, era el único que podía poner a Edgar en su lugar; no estaba en su casa.
Fui hasta el museo, y ahí los vi. Como siempre, no nos hizo caso. Se fue corriendo mientras yo intentaba hacer a Naty entrar en razón y evitar que lo siguiera.
Ella realmente me importaba y temía por lo que esos tipos pudieran hacerle, pues siempre andaban drogados. Ellos en realidad podían hacer lo que se les hinchara los huevos, pero si Natalia se veía involucrada, ya era otro problema.
—Debe haber una forma de ayudarlo, Abel ―sostuvo pensativa sin dejar de preocuparse.
—Hasta que no escarmiente, no va a entender, Naty. Tiene que tocar fondo para darse cuenta, y tienes que entender que no podemos hacer nada ―Ella ya no dijo nada, solamente se quedó mirando al suelo—. ¿Vamos a la palapa?
–A ti ni te gusta ir ―respondió desanimada.
—No, pero pues si es para que te distraigas un rato, vamos. Ya pensaremos después con más calma que hacer con Edgar, ¿sí?
Ella se encogió de hombros, y caminamos hasta las palapas.
Y ella tenía razón, no me gustaba ir ahí. Les hablaba poco y casi siempre por casualidad. Pero si estar ahí con ella para que dejara de complicarse la existencia por la necedad de Edgar funcionaba, me aguantaba y ya. Por ella hago lo que sea, sin problemas.
Solo estaba Gaby con Fran, el primo de Naty.
—¿Que hacen? —les pregunté aun cuando era obvio que no hacían nada.
Estuvimos platicando de cosas sin importancia, cuando vimos las luces rojo azul de las torretas de las patrullas. Naty rodeó la palapa para ver y yo la seguí. Eran dos, y se habían estacionado afuera de una casa. De pronto se escucharon disparos. Agarre a Natalia del brazo y corrimos de regreso a la palapa para escondernos.
—¡Vete para la casa, Natalia! —le gritó Fran, pero no lo obedeció.
—¡No! Es Edgar... —replicó alterada.
Si mi memoria no me falla, creo que hasta estaba temblado.
En cuanto dejaron de oírse los disparos, se levantó corriendo. No la alcance a sujetar, así que la seguí.
—¡Ve avísale a Javier! —Escuché que le gritó Fran a Gaby, y crucé las vías.
Había mucha gente. Las señoras estaban como siempre de metiches en el chisme.
Se escuchaban gritos y llanto.
Me abrí paso entre las señoras, y vi a un niño en el piso sobre un charco de sangre. Lo alcanzó una bala perdida, y su mamá abrazaba el cuerpecito.
Esa escena dejó a Natalia paralizada.
La abracé mientras veía a la cruz roja llegar haciendo su escándalo. Los policías salieron con Lucas, uno de esos tipos que era bien drogadicto, seguido de otro poli con Edgar.
A raíz de eso, Natalia ya no salía. No iba ni a la escuela y no comía bien.
Me la pasaba con ella todo el tiempo que podía, nunca he tenido problemas por estar en su casa, sus papás siempre me han querido y me llevo bien con los gemelos.
Ella lloraba mucho, pero no decía nada de porqué.
No necesitaba decir nada… yo sabía que era por él, por la impotencia de no poder haber hecho nada, porque ella creía que era importante en su vida, pero Edgar le demostró que le importaba un carajo.
Sus acciones tuvieron consecuencias. Un año en severa depresión, y dos meses internada en el hospital.
—Abel, no me dejan verlo —musitó triste, con voz débil y derramando lágrimas.
Me enojaba verla llorando por un pendejo que fácil podía tenerla a su lado, y le valió un carajo.
Verla tendida sobre esa cama durante semanas, conectada a intravenosas por no querer comer, me mataba el alma.
Daría sin pensarlo mi vida por ella, y en ese momento deseaba más que nada su recuperación. Quería que ella fuera la niña alegre que conocí, la que sonreía por todo. La niña que era mi compañera de videojuegos. La que me abrazaba cuando lloraba cada vez que me sentía solo.
Esos días fueron los peores de mi vida, por la impotencia de no poder hacer nada más que estar a su lado. Verla en ese estado era un puto infierno. Sin embargo, a su vez era el momento en el que más agradecido y afortunado me sentía. No permitían que nadie entrara a verla, solamente familiares.
Daba la casualidad de que estuvo internada donde trabajan mis padres, así que me dieron ese gran privilegio de poder entrar sin problemas.
—No eres su familiar, Naty. Deja de intentar matarte por eso. Hay personas que sí te queremos, y estamos aquí contigo —le dije sin soltar su mano.
—Solo quería verlo.
—No puedes seguir así, Naty. No me hagas esto. ¿Qué haré si algo te pasa? A mí sí me importas.
Ella no decía nada. Y duró así gran parte de los dos meses que estuvo ahí. Muchas veces me llegué a preguntar qué tan importante era yo para ella. Me gustaría saber, si a ella le afectaría de igual manera mi ausencia.
―Yo te necesito. Vuelve a ser la misma enana traviesa que siempre has sido ―susurré mientras acariciaba su mano―. Dime algo, Natalia ―supliqué recargando mi frente en su mano—, háblame.
Pero seguía en silencio.
Rogaba mentalmente por una respuesta, ella no merecía pasar por esa situación.
―¿Enana? ―cuestionó con voz débil, pero indignada.
Levanté el rostro para encontrarme con esa dulce sonrisa. Sorprendentemente para nada forzada.
Fue el momento que tanto había esperado… por el que había suplicado.
El contorno de sus ojos dibujaba una línea roja por haber llorado a ratos durante días. A pesar de lo hinchado de sus parpados, su mirada reflejaba menos angustia, y eso para mí era el arcoíris que nunca antes había disfrutado ver.
—Chaparrita —sugerí con una sonrisa en mi rostro.
—Suena mejor. Me gusta —aprobó.
—Mi Chaparra.
Se sintió tan bien decirlo, la sentía mía sin necesidad de nada más. Era mi triunfo, mi victoria.
Limpié con mi mano sus mejillas, y me miró regalándome una ligera sonrisa.
Fue la última vez que mencionó a Edgar.
Salió del hospital, y poco a poco volvió a ser la misma. Disfruté mucho de su compañía, porque a partir de ahí nos volvimos inseparables.
Íbamos juntos a todos lados, y cuando empecé a inclinarme por el rock, me acompañaba a las presentaciones.
El circulo de personas que frecuento la conocen y saben que es mi todo.
Cuando empecé a tocar la batería, ella simulaba ser mi público, aunque honestamente no necesitaba que nadie más me ovacionara.
Varias veces me llegué a quebrar porque necesitaba de mis papás, aunque pareciera que no, sí necesitaba de ellos de vez en cuando. Y ella estuvo cada una de esas veces que no soportaba mi situación y rompía a llorar. Una vez hasta comenzó a tocar la batería como si realmente supiera lo que hacía, fue tan graciosa imitando el estilo metalero, que no pude evitar carcajearme.
Y así fue cada vez que necesitaba ser escuchado, solamente ella sabía la fórmula para levantare el ánimo.
Necesitaba hablarle de mis sentimientos, pero no me atrevía.
[Presente…]
Cuando mi mamá me dijo que habían visto a ese cabrón, fue como darme un golpe en la cara. Me enojé nada mas de recordar a Natalia hecha mierda por su culpa. Lo mucho que le costó a ella salir del puto infierno en el que se dejó arrastrar por él.
Cinco años y fue el tiempo suficiente para sentirla mía sin ni siquiera tocarla, porque su sola presencia en mi vida y su comportamiento, me lo decía.
Mi peor error durante estos cinco años, fue haber callado.
Ella estuvo al borde de la muerte, lo superó con creces, y ahora él está libre.
No.
No es justo.
[…]
Joaquín me conoce bien, es amigo de uno de mis primos, y pues coincidió que la Chaparra trabajaba con él. Si le digo que la deje salir temprano, lo hace sin problema, aunque a ella le molesta que haga eso.
Llego a La Marioneta, y me siento en un taburete de la barra. Naty me ve, y se acerca.
—Heit —saluda echándose el trapo con el que limpia sobre el hombro, y recarga ambas manos sobre la barra.
—¿Tienes mucho trabajo? —pregunto.
—No, ya terminé —responde encogiéndose de hombros.
—¿Y Joaquín? —pregunto mirando a mi alrededor y no tardo en encontrarlo, me ve y se acerca a saludarme.
—Abel. ¿Qué milagro? —pregunta estrechándome la mano.
—Pues aquí, dándole una vuelta a la Chaparra a ver si podía salir antes.
—Técnicamente puedo, pero el jefe es el de la última palabra ―recalca dándome la espalda para acomodar unos vasos en la repisa.
—No hay bronca, ya sabes. Vete si quieres, Natis —asegura Joaquín.
Ella se gira recargando una mano en su cintura, ladeando la cabeza.
—¿En serio? —cuestiona aun sabiendo que es en serio.
Joaquín asiente sin cuidado y la vemos quitarse el delantal mientras se dirige al fondo del negocio. En cuestión de nada, camina de regreso a la entrada sin detenerse.
—Hasta mañana, Joaquín.
—Eh, Natis, ¿sí vas a cubrir la otra semana? —Ella se detiene girándose hacia nosotros.
—¿Quién me va a cubrir a mí?
—Ale se encarga, en la mañana casi no hay gente.
—Sábado y domingo, Joaquín —sentencia entrecerrando los ojos, y yo los observo alternadamente.
—Sí, sábado y Domingo, Natis. Además, me lo debes, te toca a ti.
—Pues ya dijiste, ¿ya qué me queda, jefe? —añade encogiéndose de hombros, y camina saliendo del negocio.
Me apresuro a alcanzarla despidiéndome rápido con la mano de Joaquín.
—Chaparra.
—Vaya manía tuya ja, ja ―dice sin detenerse.
—No pasa nada, Chaparra. Es amigo, ya sabes. A Parte si tú me dices que no lo haga, no lo hago.
—Lo sé y te lo agradezco porque ya me quería ir.
—¿Entonces? cuéntame qué se traen. ¿Qué le debes a Joaquín?
—Pues es que me ayudó con algo que de verdad necesitaba mucho y a cambio le cubriré el turno de la tarde en la semana que viene.
—Cuéntame más.
—Pues es que el apartamento de arriba, lo va a rentar.
—¿No era una bodega?
—Eso mismo pensé yo. Pero pues no, y necesita habitarlo o se va a pudrir y llenar de moho si nadie le mete vida ahí dentro. Ahora Joaquín es mi casero y yo su inquilina.
―¿En serio, Chaparra? ―Ella asiente con una enorme sonrisa dibujada en su cara―. Genial, hay que festejar. ¿Comemos en mi casa?
―¿Qué me vas a invitar?
―Lo que la reina quiera.
―Esas son palabras mayores, Abel. ¡KFC!
―Hmm, sabía que ibas a pedir eso.
―Me conoces.
―Mejor que nadie y mejor que a nadie.
Nos dirigimos al restaurante que no queda muy lejos de donde andamos, y salimos de ahí con una cubeta tamaño familiar como a ella le gusta, y nos dirigimos a mi casa.
En el callejón nos topamos con Luis.
―Heit, ¿me das? ―pregunta con media sonrisa y Natalia le acerca la bolsa abriéndola un poco, él saca una pierna de pollo y le da un mordisco.
―Voy a estar con Abel en su casa ―informa mi Chaparra y él asiente despreocupado―. ¿Ya llegaron mis papás?
―No, pero a lo mejor más al rato llegan. Igual yo les aviso, nada más no llegues tarde ―le indica su hermano. Ella asiente y continuamos.
Ya en la casa, Natalia coloca la cubeta de pollo sobre la mesita de centro en la sala y yo voy a la cocina seguido de ella. Pongo sobre una encimera un bote de helado que saco del congelador y me acerco a la alacena, ella abre el refrigerador y saca una botella de refresco.
―¿Película o videojuego? —pregunto en cuanto ella sirve los vasos.
―Película.
―Comedia, entonces ―aclaro.
Ambos nos sentamos en el piso, y comemos mientras reímos a carcajadas con la película.
[…]
La tarde se nos va rápido, ni siquiera la sentí. Pero es que cuando estoy con ella, el tiempo pasa volando.
―Abel, tengo que decirte algo ―anuncia al tiempo que nos sentamos afuera de su casa.
No tengo idea de lo que pasa, pero siento que no me va a gustar lo que sea que me tiene que decir.
―¿Qué es?
―No quiero que, después de habértelo dicho, vayas y lo cuentes.
―Ya, Chaparra. Deja de darle vueltas. Tiene que ver con ese tipo, ¿verdad?
Ella niega con la cabeza.
―Es que, no quiero que le comentes a mis hermanos sobre el apartamento con Joaquín. Mira, realmente ya no soporto más vivir aquí. Quiero independizarme y para eso pues… tengo que planearlo bien y sin que se enteren.
―¿Pero por qué? O sea, está bien. No diré nada, pero explícame.
―Pues si yo les comento antes de tiempo, van a hacer lo posible por que no lo haga. Tu sabes que parte de mi sueldo es para pagar la universidad de Iván y algunos servicios de la casa. Si ellos se enteran de que me voy a ir, no me van a dejar y yo realmente quiero esto.
―De acuerdo. Si eso quieres, no hay problema. No diré nada. Pero Me vas a dejar visitarte.
―Mi rey vas a tener hasta llave de mi apartamento.
―Uff mi reina, eso es un nivel superior. Un privilegio que no cualquiera.
―Para que no digas que no te quiero.
―No lo vuelvo a decir. Pero sí me gustaría saber algo, Chaparra.
―Dime ―pregunta recargándose en la pared y la sigo―. Si yo te hubiera dicho lo que siento desde hace mucho, ¿me hubieras hecho caso?, ¿me hubieras dado al menos la oportunidad?
—Puede ser, la verdad es que no lo sé, Abel. Siempre mantuve la esperanza de que volvería a ver a Edgar, pero no estaba segura de si se presentaría la oportunidad de hablar sobre sentimientos.
—Ese día que nos besamos, ¿te gustó? ―pregunto viendo que, a la casa del tipo ese, llega Ricardo y a los pocos segundos se asoma mirando a nuestra dirección, pero Natalia no le presta atención.
—Me gustó, no te lo niego. Pero no sentí otra cosa más que las hormonas alborotándose. Me dejaste confundida.
—Entonces no estaba tan equivocado ―aseguro regodeándome en mi razón.
—¿En qué?
—Pues en eso. Te hice sentir algo, Chaparra. No lo mismo que yo siento, tal vez, pero provoqué algo en ti. Y si te dejé confundida, es porque no solo se te alborotaron las hormonas.
—Lo que es normal, ¿no? O sea, si me besas a mi o a cualquier chava de esa forma, pues es obvio que... —hace una pausa sonrojándose, y desviando la mirada hacia donde están ese par.
—¿Que es obvio, Chaparra? ―cuestiono queriendo captar nuevamente toda su atención. Su cara demuestra una mueca de decepción y regresa la mirada a mí.
—Pues ya sabes, Abel. Mira ya somos adultos, un beso de esa forma te excita.
—Entonces te excitaste —afirmo acariciando su mejilla.
Ella me mira, y me gusta cuando logro que se pierda en mi mirada.
—Sí, Abel. Me excité, y por eso lo detuve —dice tajante, quitando con delicadeza mi mano de su rostro. La pongo nerviosa, se le nota—. No quiero hacer algo de lo que después me arrepienta.
—Te aseguro que no te arrepentirías, Chaparra. Pero bueno, eso no lo vamos a saber porque tú ya elegiste, ¿cierto? No necesitas decirme porque supongo saberlo, y no hay problema. Aun así, no quiero que mis sentimientos interfieran en nuestra amistad, lo que tu decidas, aunque no me guste, lo voy a respetar y te voy a apoyar. Pero no me prohíbas demostrarte lo que siento.
—Gracias, Abel. Pero en algo te equivocas. Yo no he elegido a nadie.
―¿Ah no?
―Pues no, porque esto no se trata de elegir a nadie. Solamente estoy un poco confundida.
―Eso ya me lo dejaste claro. Mira, Chaparra, solamente te pido una cosa.
―¿Qué es?
―Que no cambies conmigo solamente por saber lo que siento. Sigue siendo la misma conmigo, porque independientemente de mis sentimientos, en verdad complementas mi vida. Tu eres todo en una.
―¿Todo en una?
―Casi todo ―corrijo.
―No entiendo.
―Eres mi amiga, mi confidente, mi cómplice… el amor de mi vida, pero solamente falta que aceptes ser mi novia ―Ella pone una cara de no empieces e inmediatamente la hago sentir mejor―. Pero no te preocupes. Sabes que la paciencia es mi virtud, y yo voy a esperar a que tu decidas lo que quieres hacer, ¿de acuerdo?
―De acuerdo ―Ella sonríe y me da un beso en la mejilla para después abrazarme. Después de eso, veo que el par que se encontraba enfrente, cambian del lado opuesto en dirección al museo.