Osos Polares

2555 Palabras
POV Edgar —¿Te sientes listo? ―pregunta Javier del otro lado de la línea. Me llamó después de dejar a Natalia. —Supongo. De cualquier forma, tengo que hacerlo. —Pues sí. Da la mejor impresión, cabrón. Me platicas en la noche. —Ok, cuenta con ello. Cuídate ―Cuelgo, y suspiro antes de entrar. En la recepción está la misma chica que mencionó Nat. —Buenos días señorita, busco a la licenciada Martínez. —¿La licenciada Dulce? —pregunta con un tono coqueto. Lo que sea que le pasó por la cabeza a Nat, puede que tenga razón. No por nada preguntó. —Sí, Dulce Martínez. Me observa un momento, después me sonríe, y para no ser grosero le respondo de la misma forma; bueno, un poco desesperado porque parece estarme escaneando. Espero que diga algo, pero solo se levanta. —¿Cómo te llamas? —Edgar Solís. —¿Y tienes cita con ella? Trato de ser paciente, así que abro la carpeta y le muestro el folleto que traigo en la mano. —No me dijeron que tenía que hacer cita, solo que viniera a buscarla —respondo confundido. Arquea una ceja pensativa tras tomar de mi mano el folleto. Juro que me está colmando la puta paciencia que me queda, y es muy poca. —¿Puedo verla o regreso otro día? Igual aquí viene el número, llamo más tarde. —No, espérate. Ven —dice caminando fuera del cubículo, y la sigo—. ¿Vas a trabajar aquí? —No precisamente, pero algo hay de eso. Es servicio social —explico, aunque no debería. Trato de no verle el trasero, pero soy hombre y esta chava es consciente de que está buena, si no fuera así, no movería el culo con exageración. —Oh ya. Entonces, vamos a ser compañeros de cualquier manera —anuncia girándose hacía mi para regresarme el folleto. Sonríe con satisfacción al sorprenderme mirándole lo que no quería. Me encojo de hombros, y la sigo hasta al fondo de la biblioteca. Veo solo a dos personas sentadas con libros. La chica toca a una puerta que ya está abierta, supongo que nada más para anunciarse. ―Lic. la buscan —avisa. —Gracias, Silvia —Escucho una voz que proviene de adentro, y Silvia asiente en señal de que pase. Ella se va, y entro a la oficina. —Buenos días —saludo. Estrecho mi mano con la suya, y enseguida me sonríe recargando sus brazos sobre el escritorio. —Buenos días. Siéntate por favor. ¿En qué te puedo ayudar? —pregunta acomodándose los lentes. Debe tener algunos cuarenta años más o menos; y habla con una tranquilidad, sin prisas, que hasta me dan ganas de terminar las frases por ella. —Me llamo Edgar Solís —respondo casi en automático entregándole el folleto. Lo mira un momento, y lo deja sobre el escritorio. —Edgar, ¿Ya has ido a otro lugar? —No, es el primero. ―¿Y tienes otro sitio en mente? ―Niego con la cabeza sin decir nada―. Ah, muy bien, Edgar. Entonces, ¿hace cuánto saliste, hijo? —El viernes. —Tienes poco y no lo pensaste mucho. ¿Estás seguro de que quieres hacer el servicio aquí? —Sí. —¿Por qué? —Es un lugar tranquilo. Pienso que necesito estar en un lugar así, relajado. Me hace sentir cómodo, y me deja concentrarme mejor en cualquier cosa. ―Ya. Entonces, ¿qué aspiraciones tienes ahora que saliste? ―Superación. No puedo enmendar mis errores. Lo hecho no se puede deshacer, pero aprendí de eso, y haré lo que esté a mi alcance para no caer en lo mismo. ―Me parece muy bien. La vida que llevamos es una escuela, hijo. Una escuela en la que no puedes recursar. Si haces las cosas bien, la vida misma te recompensa por ese esfuerzo, pero si las haces mal, no hay marcha atrás. Cada acción tiene su consecuencia, misma que debemos afrontar ¿y qué nos queda entonces? El aprendizaje, la experiencia. Nada que no me hayan dicho antes. Nada que no sepa ya. Todo ese sermón me lo dio la psicóloga del reclusorio antes de salir. ¿Les darán el mismo curso? —Bueno ―continua―, mira Edgar, no me gusta juzgar a las personas por su apariencia. Pero se te ve reformado. Aun así, yo no tengo la última palabra. Tiene que evaluarte primero un psicólogo, y darte una orden para que puedas empezar. Saliste en viernes, y pues se atravesó fin de semana. Las personas del ayuntamiento no laboramos los fines, así que no me habían avisado de tu posible visita. Sin embargo, me da mucho gusto que nos hayas elegido. Para ser honesta me pone feliz, ¿sabes? A muchas personas no les gusta leer, y que haya más de una aquí adentro, es siempre un avance. Entonces, lo importante, es fomentar el gusto por la lectura. Entonces, yo te evaluaría, je, je. Soy psicóloga, pero no puedo hacerlo, tiene que ser otro colega que ya tiene asignado el ayuntamiento. Entonces, te doy la dirección, y te vas ahorita para allá —Me desespera como habla, repite mucho la palabra “entonces”. Saca un block cuadradito color amarillo, y escribe la dirección. Cuando termina, me la da—. Yo le voy a hablar para decirle que vas en camino y te reciba, así te da la orden de una vez para que me la traigas junto con la papelería que viene en este papelito. Comienza a buscar en un cajón del escritorio, y me entrega el dichoso papelito donde viene un listado de documentos para entregar. —Traigo toda esta documentación en orden. —Ah, perfecto. Cerramos a las cuatro. Si alcanzas a llegar aquí antes de mediodía, estaría perfecto. Igual no tardan y me hablan del CERESO, pero pues ya para que, ¿verdad? Je, je. Entonces, no se te vaya a ocurrir ir a otra institución, aquí te va a gustar. Además, puedes leer los libros que quieras. ¿Te gusta leer? —Sí, leía en la penitenciaría. En ratos, cuando me dejaban. —Ah, perfecto. Entonces, te espero con esa orden, ¿sí? —Asiento, y me levanto. —Está bien. Trataré de llegar antes de mediodía. —Ándale pues, hijo. Ve con cuidado. Me gusta tu actitud —Le agradezco con una sonrisa. Estrecho nuevamente su mano, y me encamino a la salida. Silvia me ve muy sonriente, pero no me detengo. Le digo un: gracias así de pasada, y salgo a prisa. Llego con el psicólogo que se ubica ahí mismo en el área centro, así que no tengo problemas en llegar rápido. Tiene una cita programada, pero me hace una entrevista rápido ya que su paciente se retrasó. Todo normal, me cuestiona en que problema me metí, cómo me trataron en la correccional y en el reclusorio. Hace otras preguntas, como mi edad, estudios, y así como si fuera para un trabajo. Me firma una hoja, y me da una cita para la próxima semana. Salgo de ahí rumbo a la biblioteca, aprovecho para sacar las copias que voy a necesitar. Son las once y media, si me doy prisa, alcanzo a llegar a tiempo. […] Después de que la Licenciada Dulce habla conmigo; otra vez, me presenta con la chica de la recepción y se va dejándome con ella. La Licenciada se despide, pero no me dice qué debo hacer exactamente, así que le pregunto a Silvia. —Es que, en realidad, aquí no hay mucho por hacer —dice masticando una goma de mascar—. Mira, la gente ya casi no usa la biblioteca. De vez en cuando vienen dos que tres niños de la secundaria. Se supone que debemos acomodar los libros que vienen a entregar, o que sacan de las estanterías cuando vienen a investigar algo. Cada semana hago limpieza, pero no tan profunda… qué flojera. Se guarda mucho polvo así que utilizo una aspiradora. La Licenciada casi no pasa tiempo aquí. Viene a ver que todo esté en orden, y a medio día se va. Qué perra, ¿verdad? ―No sé ―respondo sin saber que decirle, la verdad. ―No te cohíbas. La Licenciada es buena onda, pero como es empleada del municipio, hace lo que quiere. ―Tú también, ¿o no? ―¿Yo también qué? No sé si se hace, o si es. ―Trabajas para el municipio. ―Pues sí, pero ella está muy bien parada en el ayuntamiento. Es encargada de la institución, así que hace lo que quiere. Yo sí tengo que quedarme aquí. Si te fijas, no hay más empleados porque no se necesitan si nadie viene por aquí. ―¿Qué haces entonces en todo el día? ―Aburrirme. No leo porque la verdad que puta flojera, me da sueño si abro un libro. —¿Quieres que haga algo ahorita? ―pregunto, nada más para no quedarme aquí escuchando como se queja. —¿Algo como qué? ―pregunta con malicia. —Pues no sé. Esa limpieza que dices de cada semana, ¿ya la hiciste? —Nah —responde despreocupada, recargándose sobre el escritorio con ambos brazos—. La buena ya se fue, y como te dije, nadie viene por aquí. Y si alguien lo hace, es después de la una cuando ya salen los niños de la secundaria. ―En la mañana vi a dos personas. ―Seh. De repente si se dejan venir, pero es raro, eh. —Bueno, pues tu eres la encargada ahora, supongo. ¿Qué puedo hacer? —Nada. Siéntate ahí si quieres ―dice señalando una silla a un lado del cubículo donde está recargada―. Al rato si viene algún niño de la secundaria, acomodamos lo que saque, y si no viene nadie, damos un rondín en las estanterías. A veces dejan libros por ahí desacomodados, pero como nadie se da cuenta, no me molesto en acomodarlos. Digo, para que no te aburras. Asiento sin más remedio, y hago lo que me dice. Se supone que el servicio social me hará mejor persona, pero a como lo veo, solo me hará un holgazán más. Silvia me escanea sin disimular. Me sonríe sin dejar de masticar la goma, pensando en sabrá qué carajo. Me rasco en la sien, claramente no tengo idea si quedarme aquí, o echarle un vistazo al lugar; igual y encuentro algo interesante que leer. ―¿Qué hiciste? ―pregunta antes de que le anuncie mis intenciones de ir a ver los libros. —¿Eh? ―El servicio social, ¿qué hiciste? —Pues, me metí con drogas y cosas así. Terminé metido en el reclusorio —respondo tajante, sin mucho ánimo de entrar en detalles. —Hmm, no se te ve —dice analizándome muy bien, lo cual sigue siendo incómodo. —Fue hace cinco años. —Ah, ya. Y la chica que venía contigo, ¿es tu novia? —Es mi amiga. —¿Y tú la madreaste? —pregunta, directamente sin pena. —No ―Se queda pensativa, sin dejar de mirarme—. ¿Me veo como el tipo de hombre que le pega a una mujer? —No. Digo, no lo sé. Dicen que las apariencias engañan. —Supongo. Pero nunca en la vida le pegaría a una mujer, menos a ella. ―Entonces es problemática. ―No. ¿Siempre sacas conclusiones sin saber qué pasó? ―Uy, perdón. Entré a terreno prohibido. ―Algo así. ―No pues sí. Debió ser algo grande para que la dejaran así. ―Sí, y es algo que a nadie le debe interesar más que a ella, ¿no crees? —Supongo. ¿Y la quieres? ―Ruedo los ojos. —¿Qué tipo de pregunta es esa? Si no la quisiera, no fuera mi amiga. —¿Ella te gusta? —¿Por qué tanta pregunta? ―Por nada. Solamente para conocerte. —Pues sí, ella me gusta. Un día de estos la hago mi novia. Entrecierra los ojos y se acomoda como estaba. —Voy a ver que hay —anuncio levantándome, porque si me quedo más tiempo, voy a terminar siguiéndole el juego. —Como quieras, Edgar —responde resentida. Camino por los pasillos mirando los títulos que hay en las estanterías. Creí que encontraría lecturas de otro tipo que no fuera escolar, pero solamente hay enciclopedias, diccionarios, biografías, y cuentos para niños. Lo único que encontré pasable, fueron unas enciclopedias de biología y geografía. También El conde de Montecristo. Después de un rato de ordenar algunos libros que vi desacomodados, escucho un portazo. Camino hacia la entrada, pero antes de que salga del pasillo, se acerca Silvia. —¿Qué fue eso? —Cerré la puerta. Tenemos una hora de comida. Tú sabes si te quedas, o te vas. —¿No hay bronca si me voy? —No. ¿Encontraste que leer? ―pregunta, al ver los libros que traigo bajo el brazo. ―Sí, pero no me los voy a llevar. Nada más cuando esté aquí, sin hacer nada. ―Ya. ¿Entonces?, ¿te vas a ir? Lo pienso un momento, porque podría ir a buscar a Natalia. Pero no sé cómo sea su jefe y no quiero meterla en problemas. ―No, me quedo aquí, igual ya cerraste. ―Como quieras —dice sin cuidado―. Voy al baño. Me hago a un lado para que pase, pero como si no le fuera suficiente todo el espacio que hay en el pasillo, me pega su culo a propósito. El pasillo es angosto, pero no en exageración como para que se me restriegue. Y lo que sea de cada quién, es una chica guapa. Me siento en la recepción a leer sobre el hábitat de los osos polares, y pasado unos minutos se escucha un gemido al fondo de la biblioteca. Resuena el eco, una y otra vez. ¿Qué onda con esa Silvia? ¿Se está pajeando? Niego con la cabeza, y trato de concentrarme en los putos osos polares. […] —¿Cómo te fue, mi amor? —pregunta desde la cocina mi mamá. Dejo la carpeta en el cuarto, y me acerco a ella dándole un beso en la mejilla. Después le ayudo a enjuagar los platos que está lavando. —Bien mamá, está tranquilo. La licenciada es buena onda, me envió con un psicólogo para que me evaluara. Creo que todo salió bien. No me preguntó mucho, solo lo normal. Me firmó y selló la orden. También programó una cita para la próxima semana. —Fue rápido entonces ―dice ella y sonrío. ―Sí, mamá. Y pues no hay mucho que hacer en la biblioteca, así que me puse a leer un rato. La chica que se queda de encargada no hace mucho tampoco. Platicamos un rato, y después anduvimos acomodando algunos libros y ya. Fue todo. ―Para ser el primer día no estuvo mal, ¿vedad? ―Asiento, pero no solo el primer día, presiento que así va a ser todo el rato que esté ahí―. Bueno, siéntate hijo ya te sirvo, debes venir hambriento.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR