Primera advertencia

2672 Palabras
POV Natalia Al llegar a la casa, veo a Luis desayunando con el celular en la mano, pero lo deja en cuanto me ve. —¿Dormiste bien? —cuestiona. —Supongo —contesto encogiéndome de hombros, y subo por las escaleras. Entro a mi habitación buscando ropa en el armario para después meterme al baño. Me comienzo a desvestir, e Iván abre la puerta de golpe, por lo que me apresuro a cubrirme con la toalla que está colgada. —Que sea la última vez que duermes fuera de la casa —advierte acercándose a mí. Evito mirarlo, pero eso no es algo que a él le importe; mientras me infunda miedo, le vale. Toca mi mentón y con un movimiento brusco, voltea mi cara hacía el, pero sigo sin hacer contacto visual. Desliza su dedo pulgar hacia mis labios, y acaricia presionando un poco la herida abierta. Me aguanto el dolor viendo de soslayo que sonríe; parece que disfruta ver lo que me hizo. Se acerca más a mí tomando un mechón de mi cabello, y lo olfatea. —Hueles como una cualquiera —susurra—. Sabes lo que te espera si me entero que no dormiste con tu amigo, ¿verdad? ¿Cómo sabe él, a que huele una cualquiera? —Salte, por favor —suplico empujándolo. Pero él estira de la toalla al tiempo que retrocede con mi empuje, dejándome en ropa interior. Me mira de arriba a abajo con diversión provocando que me avergüence; no me gusta. Intento quitársela, pero la pasa sobre su hombro caminando hasta acorralarme contra la pared. ―Salte, Iván ―insisto. —¿Qué si no quiero? —interroga desafiante. Quiere intimidarme, lo sé, y lo está logrando. —¿Por qué me odias tanto? ―Me atrevo a cuestionar un tanto resignada. Y soy consciente que, si mi pregunta le molesta puede llegar a matarme. Pero no me importa si lo hace porque terminaría con todos mis problemas para ser sincera. Sé que la puerta fácil no es la mejor solución, pero en ocasiones así, siento que la necesito. —¿Tú crees que te odio? —pregunta con diversión. Me sorprendo porque se empieza a reír; no a carcajadas, pero le causa gracia. —Iván, ¿otra vez, cabrón? —pregunta Luis con hastío desde el umbral de la puerta. Voltea a verlo, y me avienta la toalla. —Estás advertida —dice encaminándose a la puerta sin mirarme más. Luis no me mira como Iván, pero si frunce el ceño con tristeza cuando alcanza a ver uno de los moretones en mi abdomen. Niega con la cabeza, y sale cerrando para regresarme un poco de mi privacidad, esa que Iván interrumpe cada que se le pega la gana. De nada sirve colocar seguro en las puertas si Iván tiene llaves de toda la casa. Si a él se le pega la gana, va a abrirlas porque quiere y puede, así de simple. Es algo que mis padres siempre le han permitido y no me sorprende que, si un día dijera lo que él me hace, le darían la razón argumentando que si lo hace es porque algo hice mal y me lo merezco. Me doy prisa en bañarme y cepillarme los dientes. Después de vestirme, bajo a la cocina buscando alguna fruta en el refrigerador. Encuentro una manzana, y me la llevo a la boca dándole un mordisco. Salgo de la casa sintiendo un gran, pero gran alivio. Y en serio que sí, porque desde que bajé, Iván no me quitó la mirada de encima. Es tan chocante, tan pesada, tan… no sé, simplemente no me gusta esa manera de verme. Como dicen por ahí: Si las miradas mataran... ya estaría bien podrida tres metros bajo tierra, o quien sabe, puede que ni siquiera eso tenga después de mi muerte. Me odia tanto, que convencería a mis papás de aventarme en una fosa común. Al pasar por la casa de Edgar me lo encuentro cerrando la puerta. ―¡Hola! ―saludo contenta por verlo. —Ah, Natalia. ¿Vienes de tu casa? ―pregunta mirando hacia donde vivo y lo inicito a caminar conmigo. ―Sí, ¿por qué? ―Anoche te vi con Abel. ―Te dije que se quedaría conmigo. ―¿O tú con él? ―Al final así fue. En su casa no había nadie y tenemos más libertad de hacer más cosas sin que nos manden a callar. ―¿Más cosas como cuáles? ―Cosas que siempre hacemos cuando nos quedamos en su casa o en la mía. Jugar videojuegos, ver películas o series, platicar… ―Podías hacer eso conmigo también. ―Sí, podía. ―¿Por qué no lo hicimos entonces? ―Porque no me gusta que decidan por mi lo que tengo qué hacer. Así sea por mi bien. En verdad te lo agradezco, pero se cuidarme sola. —¿Te hizo algo? —pregunta mirando una vez más hacía atrás. —No. Camina y deja de voltear, o va a sospechar que ya sabes. Debe estar en la ventana como señora chismosa. —Nat, ellos en algún momento van a enterarse, pero en fin… ¿Has pensado en irte a vivir sola? —Sí. Muchas veces. Tengo unos ahorros para eso justamente. Aunque para ser sincera, me da un poco de miedo. Estoy como debatiéndome con esa decisión, porque siento que no tengo suficiente aún. También admito que contigo aquí, pues la pienso para irme porque te tengo cerquita. —Nada de eso. Si tienes modo de salirte de ahí, ya lo hubieras hecho desde hace tiempo. Pasa de mí, porque vernos no será un problema. —Supongo —digo desanimada. O sea, si yo me voy lo veré menos, eso creo. Nada va a ser igual. Aquí al menos si tengo ganas de verlo, con problemas y todo, pero solo es cuestión de salir de casa cruzar la calle y ya. ―¿A dónde vas? ―A ver lo del servicio social ―anuncia mostrándome un folleto en su mano―. Es en la biblioteca que está en la alameda. ―Ah, me queda de paso. Continuamos caminando en silencio, hasta que mi celular suena. —¿Bueno? —contesto cortando esa tensión que sin querer se formó. —Buenos días, Chaparrita —saluda Abel al otro lado de la línea arrancándome una sonrisa. —Holi ―respondo con ese tono de una niña mimada; siempre le respondo así. —¿Paso por ti? —Voy a mitad de camino —miento. —¿En serio? Puedo alcanzarte. —Ehm, no. Mejor te veo más tarde. —Está bien. Aunque ya no me dijiste nada. Te quedaste dormida. ―¿Nada sobre qué? ―Pues eso quiero saber. Dijiste que cuando termináramos la pizza. ―Aaaaah, sí ―Recuerdo que compré en línea un par de pijamas de cerdito tipo botarga, y que las usaremos en la siguiente pijamada―. Pero pues no se terminó. ¿Te la desayunaste? ―No, está aun en el refrigerador. ―Ah, bueno. Al rato que te vea me recuerdas y te muestro qué es. ―De acuerdo. Oye, Chaparra. ―Dime. ―Te quiero —Escucharlo me hace sentir bonito. Volteo a ver a Edgar sintiendo que lo traiciono por sentirme así, pero tiene su mirada fijamente de frente. El recuerdo de que me bateó mejor que un profesional en Baseball, me hace regresar la mirada al frente. «¿Qué carajo es lo que quieres Natalia?» Me pregunto, y ojalá tuviera la respuesta. ―Yo también —le respondo casi sin querer, porque sí lo quiero, pero como amigo; eso quiero creer… Eso me obligo a creer. ―¿Me quieres? ―Está sonriendo, lo sé. Su voz cambia a un tono más meloso. ―Ya sabes cómo, Abel. No te hagas tonto ―digo sonriendo. —Sí ya sé. Oye, este fin de semana habrá un toquín de la banda, ¿quieres ir? Hace un rato me avisaron los del grupo. —Pues, supongo que sí. ¿A qué hora? —Empieza a las nueve, yo le aviso a tus papás. —Ok. ―Genial, te veo al rato Chaparrita. —Le cuelgo, y veo que Edgar hace una mueca de disgusto. —¿Todo bien? ―pregunta con seriedad. —Sí, era Abel. ―Sí, lo noté. ¿Van a verse? —Sí, quiere que vaya a un toquín el fin de semana. —¿Un toquín? —Sí, ehm… Abel anda en una banda de esas de rockeros, es metal, creo. No estoy segura. Bueno, él toca la batería… toca varios instrumentos, pero en la banda toca la batería. —¿Te gusta todo eso? —Pues, es agradable el ambiente. No estoy dentro de ese género de música, pero lo tolero, es agradable. Las veces que he ido, han sido para ir a apoyar a Abel. —¿Eres su fan? —pregunta esbozando una sonrisa con sarcasmo. Es lo primero que me molesta desde que nos volvimos a ver. No me gusta que Abel reniegue de Edgar, por lo cual, tampoco aceptaré que Edgar haga lo mismo; no en mi presencia. —La verdad, sí —respondo seria con la mirada al frente. No digo nada más, y continuamos caminando. De pronto lo noto como incómodo. Agacha la cabeza, y solo levanta la mirada para ver por donde caminamos. Caigo en cuenta de que la gente nos ve con desdén. Malditos prejuiciosos. Puta sociedad; cada vez se va más a la mierda. Puedo apostar que están pensando que Edgar es el autor de los golpes. No, no apuesto, eso piensan. Estoy segura. Así es la gente, le gusta ver mal primero a las personas sin saber la situación. Nunca me ha importado lo que digan de mí ni lo que piensen, pero en momentos como este me gustaría gritarles que se jodan y se vayan al carajo todos, por metiches. Me atrevo a pasar mi brazo por su cintura. Voltea a verme, y le regalo una sonrisa. Ya con confianza, pasa su brazo por mi hombro y deposita un beso en mi frente. Un gesto bastante tierno que me sube los colores a la cabeza, y alborota las mariposas de mi estómago. Así caminamos hasta la alameda. Durante el camino, me pregunta por algunos locales nuevos que están a nuestro paso, y platicamos sobre cosas sin sentido. Llegamos a la biblioteca, y vemos en la entrada a una chica recargada con los brazos cruzados. Nos mira entrecerrando los ojos. Debe trabajar aquí porque va muy bien vestida. No le quita la mirada a Edgar, y la descarada no disimula. Perra. Me retracto, tiene pinta de todo, menos de trabajadora seria y mucho menos del ayuntamiento. —¿Te acompaño?, quiero saber dónde trabajas —dice Edgar sin soltarme. —Pues no está lejos. Vamos. Caminamos tres calles más, y llegamos a La marioneta, el lugar donde trabajo. Nos detenemos afuera. Joaquín, mi jefe y dueño del lugar, pasa por la puerta mirándonos fugazmente, y después desaparece. —Edgar, esa chica ¿trabajará ahí? —¿La que estaba en la biblioteca? —asiento. Parece que sí le prestó atención. —A lo mejor —dice restándole importancia—. ¿Por qué? ¿Estás celosa? ―pregunta con diversión. ―No, para nada. Solamente era curiosidad. Pues aquí trabajo —informo lo obvio. ―No está lejos, ¿a qué hora sales? ―A las seis. ¿Estás nervioso? ―Un poco. ―Todo va a salir bien —animo. ―Eso espero. ¿Vengo por ti? ―Mejor te veo en el barrio. Ya quedé con Abel ―Se vuelve a poner serio. ―Ehm, sí. Sobre eso. Yo sí me pongo celoso —Sonrío, y le doy un beso en la mejilla. ―Tonto ―susurro. Pero la tonta soy yo, porque Abel no anda con rodeos, fue muy directo conmigo. Me despido de Edgar entrando al negocio y lo veo irse. —Nataly, ¿qué te pasó? —pregunta Joaquín sin dejar de acomodar unos vasos de vidrio en el estante de la pared. Me pongo el delantal, y me paso al otro lado de la barra para ayudarle. —Un pleito en Tornado el fin de semana —contesto como si fuera algo casual y sin importancia. —¿Y ese muchacho? ―Vuelve a cuestionar juicioso. —Es un amigo —respondo sin ocultar mi sonrisa. —Parece tu novio ―menciona confundido. —Pues no —aclaro—. ¿Por qué lo dices? —Por cómo te trató. Es la primera vez que veo a ese chico ―Me encojo de hombros—. En fin, Nataly, ¿puedes cubrir la siguiente semana en el segundo turno? —¿Qué?, no Joaquín. No puedo, lo sabes. —Solo por la semana que viene. Rafa se enfermó y está incapacitado. Te doy sábado y domingo de descanso, ¿qué dices? —Que me estas dado una oferta muy tentadora —confieso riéndome sin dejar de limpiar. —¿Eso es un sí? —Es un tal vez. —Piénsalo, te conviene. —Lo sé. Y sí, tiene razón, me conviene. Por el sueldo más que nada. —En un rato voy a salir, y necesito que me hagas un enorme favor. —¿Qué es? —Una chica quedó en venir a medio día para ver el apartamento de arriba, ¿se lo puedes mostrar? —Creí que era una bodega. —No, es un apartamento. Voy a rentarlo. La chica es amiga de mi hermano y se lo comentó, así que quiere venir a verlo. —¿Y en cuanto lo estás rentando? —inquiero con curiosidad. —Mil pesos. —¡¿De verdad?! —exclamo sorprendida. —Sí, ¿se te hace mucho? —cuestiona con inquietud. —¡No! Tomando en cuenta que estamos en el centro, está baratísimo. —Ya. Pues no quería que resultara imposible de pagar, así que lo dejé en eso. Después de todo, quiero que esté habitado o se deteriorara con el tiempo. Entonces se me enciende el foco. O sea, es la oportunidad perfecta para mí. —Joaquín, ¿y si me lo rentas a mí? —No sabía que vivías sola. —Pues no vivo sola, pero sería bueno empezar. —Cierto, pero está en trato, Nataly. —Ándale, Joaquín. Mira, así puedo cubrir por las tardes cuando no vaya a la escuela, ¿sí? —Bueno, eso nos conviene a ambos —analiza pensativo. —Ándale, Joaquín —ruego esperando que me diga que sí. Tengo bastante tiempo trabajando con él, y ya debería saber que soy de confianza. Si hay alguien perfecto para ese apartamento, soy yo. —Mira, hagamos esto. Deja que la chica venga y lo vea. Aun no le digo el precio. Le subo un poquito, y te doy chance. —¿En serio? —Sí, Nataly. —¡Gracias! — exclamo, y celebro con un baile chistoso que se me acaba de ocurrir. Joaquín se carcajea, y me alegra que mi día se reencamine a algo mejor. Paso el turno sin anomalías ni acontecimientos importantes, o fuera de lo común. Cuando ya no tengo más que limpiar y llega la hora en que está más tranquilo, empiezo a soñar despierta. La idea de vivir sola, me llena de inquietudes, porque ya es otro modo de vivir. Hay que pagar renta, agua, luz, y solo para empezar porque aparte hay que amueblar. Pero pues lo que gastaría en esos servicios, ya haciendo cuentas, hasta me quedaría un extra; pago más con los servicios en casa de mis papás y la universidad de Iván. ¿Si podría yo sola? Tendría que ser muy valiente y aguantarme dormir en el piso. Pero si dormir en el piso me garantiza noches de sueños tranquilos, creo que sí vale la pena. Sí puedo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR