CAPÍTULO 8 – El beso prohibido

1677 Palabras
El pasillo del ala norte estaba casi vacío. El eco de las risas de las demás chicas se perdía en la distancia mientras Claudia caminaba con el corazón desbocado y los tacones golpeando el suelo como tambores de guerra. Tenía el maquillaje impecable, el uniforme ajustado y la determinación tatuada en la frente: si Melissa quería borrarla, no se lo iba a permitir. Buscaba a Sam. Melissa creía que era suyo pero también era de ella. Lo encontró en el salón de ensayo masculino, recostado contra la barra, el celular en la mano y la camisa entreabierta mostrando la línea marcada de sus abdominales. El sudor le perlaba la frente; había estado entrenando. Cuando la vio entrar, arqueó una ceja, divertido. —Vaya, Claudia. ¿No te echaron del paraíso todavía? Claudia cerró la puerta tras de sí, ignorando el veneno en su voz. Caminó hacia él con paso lento, sensual. —No vine a pelear. Solo… quería hablar. Sam soltó una risa baja. —¿Hablar? Tú y yo nunca hablamos, ¿recuerdas? Eso es cosa de Melissa. Claudia tragó saliva. Cada palabra era un dardo, pero no se detuvo. —Solo quiero entender qué pasa entre tú e Isabella. El rostro de Sam se endureció al instante. Se enderezó, dejando el celular sobre la barra, y en dos zancadas estuvo frente a ella. La agarró del brazo con fuerza y la empujó contra la pared con un golpe seco. El aire le salió de los pulmones. —¿Quién carajo te crees que eres para hacerme preguntas? —su voz era un gruñido bajo, cargado de rabia contenida—. ¿Se te olvidó el lugar que ocupas en mi vida, acaso? Claudia intentó zafarse, pero él le inmovilizó la muñeca contra la pared, acercando su rostro al suyo hasta que pudo sentir su aliento caliente en la piel. —No eres Melissa, ¿me oíste? Nunca lo fuiste. Nunca lo serás. Las palabras fueron como cuchillas, pero algo en el tono oscuro de su voz, en la presión de su cuerpo contra el suyo, hizo que un escalofrío le recorriera la espalda. Y antes de que pudiera responder, sintió sus manos subir por sus muslos, recorriendo la piel por debajo de la falda. —Sam… —susurró, pero la voz se le quebró cuando él atrapó sus labios con los suyos en un beso brutal, hambriento, lleno de rabia y deseo. Claudia cerró los ojos, la espalda ardiendo contra la pared, el cuerpo traicionándola. Su mente gritaba que era peligroso, que era una locura, pero sus manos terminaron enredadas en su nuca, devolviéndole el beso con la misma desesperación. Y entonces, la voz helada que rompió el aire. —¿Pero qué mierda es esto? El tiempo se detuvo. Sam se apartó apenas, lo suficiente para que ambos giraran la cabeza hacia la puerta. Melissa estaba allí. De pie, con la mirada más letal que Claudia había visto en su vida. El silencio duró un segundo eterno antes de que la tormenta se desatara. —¿Me están jodiendo? —Melissa avanzó despacio, cada paso resonando como un disparo. Sus uñas arañaron la puerta al cerrarla de un portazo—. ¿Aquí? ¿En mi cara? Claudia intentó hablar. —Melissa, yo… —¡Cállate! —el grito retumbó contra las paredes, cortando el aire como una cuchilla—. No pronuncies ni una puta palabra. Se giró hacia Sam, los ojos llameando. —¿Tú también, Sam? ¿Después de todo lo que hay entre nosotros? Sam arqueó una ceja, recuperando la calma insolente que lo caracterizaba. —No eres dueña de mí, Melissa. Ni de nadie. —¿Ah, no? —Melissa sonrió, pero la sonrisa era puro veneno—. Pues parece que se te olvidan algunas cosas que tenemos en común. Se volvió hacia Claudia, y el brillo asesino en su mirada le heló la sangre. —Y tú… —dio un paso más cerca, hasta que sus rostros casi se tocaron—. Tú acabas de firmar tu sentencia. La puerta se abrió de golpe. Varios alumnos asomaron la cabeza, alertados por los gritos. Y en cuestión de segundos, el pasillo estaba lleno de murmullos y teléfonos levantados grabando la escena. Melissa no se inmutó. De hecho, sonrió con teatralidad, girándose hacia las cámaras invisibles. —¡Miren todas! —alzó la voz, señalando a Claudia con un dedo acusador—. ¡Aquí está la traidora! La zorra que no solo me robó la confianza… ¡sino que intenta robarme a mi novio! Los murmullos se transformaron en un rugido. Claudia sintió las miradas clavándose como cuchillos, los flashes de los celulares cegándola. Intentó hablar, defenderse, pero la voz se le quebró. Melissa, en cambio, parecía disfrutar cada segundo. —¡Espero que les sirva de lección a todas! Nadie me traiciona y sale caminando como si nada. Nadie. Se giró sobre sus tacones y salió, dejando tras de sí un huracán de caos. Sam recogió su celular con calma y le dedicó a Claudia una última mirada fría. —Te dije que no eres Melissa. Y ahora… ya no eres nadie. La dejó allí, temblando, rodeada de ojos y risas ahogadas. Claudia sintió que el suelo se abría bajo sus pies. En el extremo del pasillo, Carla observaba. Fingía sorpresa, mano en la boca, como las demás. Pero por dentro… por dentro sonreía con un placer oscuro. Cada movimiento era una nota en la sinfonía que ella misma había compuesto. Y lo mejor estaba por venir. Porque cuando las reinas caen, no lo hacen en silencio. Lo hacen haciendo ruido suficiente para que todo el mundo se entere. La biblioteca estaba casi vacía. El silencio olía a papel viejo y polvo, interrumpido solo por el zumbido tenue del aire acondicionado. Carla —Isabella para todos— estaba sentada en la mesa más alejada, rodeada de apuntes y un libro abierto que fingía leer. En realidad, esperaba esto. Sabía que tarde o temprano él vendría. Y no tardó. Sam apareció en el marco de la puerta, con esa mezcla de arrogancia y cansancio que lo hacía peligroso. Llevaba la chaqueta colgada al hombro y el cabello revuelto, como si acabara de salir de una tormenta. Sus ojos la encontraron enseguida. Carla no levantó la vista hasta que lo tuvo frente a ella. —¿Se te perdió algo? —preguntó sin sonreír, pasando la página del libro con fingida calma. Sam apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose hacia ella. —Sí. Se me perdió la paciencia. Carla alzó una ceja, sin moverse. —Vaya tragedia. Él soltó una risa baja, cargada de tensión. —Vamos, Isabella. Necesito hablar contigo. —¿Sobre qué? ¿Sobre el espectáculo de hace un rato? —Carla cerró el libro despacio y lo miró directo a los ojos—. Porque si es eso, creo que todos lo vimos. Sam apretó la mandíbula, respirando hondo. —No fue lo que parece. —¿Ah, no? —Carla ladeó la cabeza, sus labios curvándose en una sonrisa mínima—. Parecía bastante claro desde aquí. Él chasqueó la lengua, frustrado. —¿Por qué siento que siempre estás juzgándome? Carla se recostó en la silla, cruzando las piernas con elegancia. —Porque alguien tiene que hacerlo. Sam la observó un segundo, como si midiera cada palabra antes de decirla. Finalmente, se inclinó más, su voz bajó hasta convertirse en un susurro. —Me gustas. El aire pareció detenerse. Carla lo miró, sin parpadear, como si la confesión no la sorprendiera. Aunque por dentro… sonrió. —Qué conveniente. —Su tono era suave, pero cada sílaba estaba afilada—. ¿Antes o después de meter la lengua en la boca de Claudia? Sam frunció el ceño, como si la frase le doliera más de lo que admitiría. —No compares. Lo de Claudia no significa nada. Carla soltó una risa leve, cargada de ironía. —¿Y yo sí? Él dio un paso hacia un costado, rodeando la mesa para quedar a su lado. Su sombra la cubrió por completo mientras se inclinaba, dejando que el calor de su cuerpo la envolviera. —Tú… no eres como ellas. Nunca lo fuiste. Carla bajó la mirada un segundo, solo para obligarlo a inclinarse más. Luego lo miró a los ojos, tan cerca que podía sentir el roce de su respiración. —Entonces hazme un favor, Sam. —Lo que quieras —susurró él, la voz ronca, cargada de deseo. Carla sonrió, lenta, calculada. —No me ofrezcas migajas. Sam parpadeó, confundido. —¿Qué? —Eso. —Se levantó despacio, obligándolo a retroceder un paso—. No soy Claudia. No soy una sombra detrás de Melissa. No soy un premio de consolación cuando te cansas de tu reina. Él la siguió con la mirada, atónito por su rechazo. —No es así, Isabella. Carla tomó su bolso, colocándolo sobre el hombro con calma. —Claro que lo es. —Se inclinó apenas hacia él, lo suficiente para que sus labios rozaran su oído cuando susurró—. Y cuando lo entiendas… tal vez ya sea demasiado tarde. Se apartó, dejando el perfume flotando en el aire y a Sam paralizado, la respiración agitada, las manos temblando. Carla salió de la biblioteca sin mirar atrás. Pero en cuanto cruzó la puerta, la sonrisa le iluminó el rostro. Triunfal. Exactamente como había planeado. Porque ahora, Sam no solo la deseaba. Ahora la necesitaba. Y un hombre desesperado es un arma perfecta… si sabes cómo usarla. Mientras caminaba por el pasillo, su celular vibró. Un mensaje de Mauro apareció en la pantalla: “¿Nuevo movimiento?” Carla lo leyó y respondió sin detenerse: “Pronto. Todo a su tiempo.” Luego guardó el teléfono y sonrió para sí misma. El tablero estaba lleno de piezas, y todas creían que jugaban por su cuenta. Pobres. No sabían que la única que movía las fichas era ella. Y la próxima jugada sería la más letal.
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