Después de salir del hospital, Daniel y yo comenzamos a compartir momentos cada vez más íntimos. Sus episodios de disociación, en los que otras personalidades aparecían, se habían vuelto cada vez menos frecuentes. Sin embargo, en mi interior todavía quedaban dudas, preguntas que no me atrevía a formular en voz alta. No obstante, esa noche, nuestros cuerpos parecían hablar un idioma que no necesitaba traducción.
Nos vimos envueltos en una tormenta de besos y caricias. Daniel me miró con esa intensidad que siempre lograba desarmarme, y con voz ronca, confesó lo que deseaba: “Probarme por primera vez”.
Sentí mi corazón acelerarse y, aunque intenté disimularlo con una sonrisa tímida, no pude evitar rendirme.
—¿Y qué tienes en mente? —le susurré, casi sin aire.
Su sonrisa fue tan genuina que me estremeció. Sus manos comenzaron a despojarme suavemente de la ropa, acariciando cada rincón de mi piel como si quisiera grabarlo en su memoria. Antes de que terminara de desnudarme por completo, lo sorprendí con mi petición:
—Yo también quiero que no tengas nada puesto…
Su impaciencia se encendió de inmediato, y lo vi apresurarse a quitarse la ropa. Lo detuve con dulzura, tomando sus manos entre las mías.
—No, espera… quiero hacerlo yo.
Él asintió, y la emoción brilló en sus ojos de una forma que me robó el aliento. Cuando finalmente ambos estuvimos desnudos, nos quedamos mirándonos en silencio, como si descubriéramos un reflejo distinto de nosotros mismos. Entonces, con el rostro encendido, me atreví a susurrar:
—No sabía que podía ser así…
—¿Así cómo? —preguntó él, con una curiosidad casi traviesa.
—Así… de cómodo estando desnuda frente a ti—confesé, bajando la mirada.
Daniel respondió con una sonrisa pícara y volvió a recorrer mi piel con sus labios.
—Finalmente…
Cada beso era un incendio contenido. Cuando llegó a mis pechos y atrapó suavemente un pezón entre sus labios, un gemido se escapó de mí sin permiso. El calor me recorrió entera, y comprendí que ya no había marcha atrás: mi cuerpo hablaba por mí, húmedo y expectante, diciéndole todo lo que mis palabras no podían.
—Sí… —fue lo único que pude pronunciar antes de que su lengua descendiera lentamente, dejándome un rastro de fuego desde mis pechos hasta el vientre, y de ahí, hasta lo más íntimo de mí.
Me abrió con una suavidad reverente, como si me rindiera culto, y entonces lo sentí: el calor húmedo de su boca envolviéndome, la presión de su lengua moviéndose con un ritmo paciente, pero implacable contra mi clítoris. Mis manos buscaron refugio en sus cabellos, aferrándome a él, temblando entre el deseo y el miedo a perderme del todo en aquella sensación.
—Daniel… —alcancé a decir, mi voz apenas un susurro quebrado.
Él levantó apenas la mirada, sin dejar de adorarme con su lengua, y con una sonrisa que mezclaba ternura y devoción me murmuró entre caricias:
—Quiero que sepas cómo se siente… quiero que vivas lo que pensaste que nunca ibas a tener.
Entonces lo entendí. El placer se volvió oleaje, creciente, imposible de contener. Un estremecimiento me partió en dos, y el orgasmo me alcanzó con la fuerza de algo más grande que mi propio cuerpo. Cerré los ojos y lloré sin lágrimas, jadeando, porque jamás imaginé que podría experimentar algo tan absoluto, tan devastador y a la vez tan transformador.
Me dejé caer contra las sábanas, con el pecho agitado y los latidos de mi corazón desbocados como tambores. Poco a poco, mi respiración comenzó a calmarse… pero él no se detuvo.
Lo sentí volver a mí, su boca reclamándome con una urgencia distinta, como si todo se reiniciara. Esta vez, cada movimiento era más profundo, más voraz. Algo había cambiado en su manera de devorarme: ya no era Daniel, sino una intensidad oscura, peligrosa, que me quemaba desde dentro.
Busqué su mirada, y entonces lo vi. Sus ojos ardían de otro modo, y su sonrisa ya no era la misma. No dejó de saborearme, pero me sostuvo la mirada, consciente de que me había dado cuenta.
—Enzo… —susurré, casi incrédula.
Él sonrió contra mi piel, y con voz grave, cargada de posesión, respondió:
—Te dije que lo dejaríamos ir primero… ahora es mi turno. —Se detuvo un instante, apenas para rozar mis muslos con su aliento—. Y sabes… no solo yo pienso que sabes a miel.
No supe qué decir. Ni siquiera pude pensarlo, porque el placer volvió a envolverme con una fuerza devastadora. Mis manos se aferraron a las sábanas, mi espalda se arqueó y otro orgasmo me arrancó un grito quebrado.
Y así, tal como Enzo lo había asegurado, pronto sentí el cambio. Otro ritmo, otro pulso, otra hambre distinta. Paolo. Su lengua y su boca se unieron a aquella adoración interminable, sumando nuevas sensaciones hasta que ya no fui capaz de distinguir dónde acababa uno y comenzaba el otro.
Cuando los tres terminaron de rendir culto a mi centro, yo estaba completamente vencida. No podía hablar, ni procesar nada de lo que había sucedido. Solo mis lágrimas lograron escapar, deslizándose silenciosas por mis mejillas.
Al verme así, Daniel retomó el control de su cuerpo, alarmado. Se incorporó de inmediato, con los ojos encendidos de preocupación.
—¿Te lastimé? ¿Fue terrible? —su voz se quebró y lo escuché maldecir en italiano con rabia contenida.
Yo no pude articular palabra. Solo negué mientras sonreí, aún extasiada, con el cuerpo rendido y tembloroso.
Él me estrechó contra su pecho, cubriéndome con sus brazos como si quisiera protegerme del mundo. Y antes de que me arropase con la sábana, reuní fuerzas para susurrar, todavía temblando:
—Tampoco pensé que esto pudiera ser así… Re mio.