Capítulo 15 POV Isabella

1140 Palabras
La primera sensación fue la opresión. El aire era pesado, como si me envolviera en un manto que no me dejaba escapar. Intenté abrir los ojos, pero los párpados me pesaban como plomo. Un susurro de dolor me atravesó el pecho al recordar algo, un eco de caos que aún no podía asimilar. Cuando por fin logré obligar a mis ojos a abrirse, la claridad blanca me cegó. El olor a antiséptico, el pitido constante de una máquina a la que estaba conectada y las sábanas ásperas bajo mis dedos me hicieron darme cuenta que estaba en un hospital. Quise incorporarme, pero el cuerpo me traicionó. Apenas un leve movimiento y una punzada en el costado me devolvió a la realidad. El miedo me golpeó de pronto. El ataque. El restaurante. La sangre. Daniel… —¿Dónde está Daniel? —murmuré entre dientes, mi voz quebrada por la angustia. La puerta se abrió y, en lugar de él, la silueta de una mujer llenó la habitación. Anna. La madre de Daniel. —Shh, tranquila, querida —me dijo con un tono suave, como si hablara con su propia hija. Se acercó a la cama y me tomó la mano—. Él está bien. —¿De verdad? —logré preguntar, mi garganta cerrándose de pánico. Anna sonrió con una ternura cargada de tristeza. —Sí, está bien. Solo… ha tenido que ocuparse de un asunto en admisiones. Vendrá pronto, te lo prometo. El alivio fue tan intenso que me desbordó en un suspiro tembloroso. Anna lo notó; la luz que apareció en sus ojos me dijo que había visto más allá de mis palabras: mis sentimientos por su hijo ya no eran un secreto. —Lo quieres, ¿verdad? As logrado desarrollar sentimiento por el —preguntó con dulzura. Me sonrojé, incapaz de negarlo. —Sí. —Me alegra tanto escuchar eso… —su voz vibró de emoción—. Él te ama profundamente. No se había separado de ti en ningún momento desde que llegaste. Solo que tuvo que bajar a admisiones. —Lo entiendo —respondí, y por primera vez esas palabras fueron tan sinceras que hasta yo misma me sorprendí. Había desarrollado sentimientos por Daniel después de todos estos meses. En ese instante entraron el médico y dos enfermeras. Revisaron mis vendajes y el doctor habló con calma: —La herida de bala fue menor. No hay órganos comprometidos. Necesitará reposo, pero en unos días podrá volver a casa. Anna exhaló con un suspiro de alivio. —¡Gracias a Dios! —dijo, y su sonrisa iluminó la habitación—. Mi hijo será el más feliz cuando escuche eso. Ha estado muy preocupado. El equipo médico se retiró, dejándonos de nuevo a solas. Anna tomó el peine que descansaba en la mesita y, sin pedir permiso, comenzó a desenredar mi cabello con una delicadeza que me desarmó. El gesto maternal me recordó a algo perdido, a alguien. —Ella vino a verte —susurró Anna, como si hubiera leído mis pensamientos—. Te ama… a su manera. —¿Y mis hermanos? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Me vieron así? —No, cariño. Son pequeños aún. Cuando tu madre vino, ellos se quedaron con Leo y Dante. —Los extraño —confesé sin pensar. Anna me miró con comprensión. —Sé que soy demasiado permisiva con mis hijos, pero si en algún momento quieres que hable con Daniel para que puedas estar más cerca de tu madre y tus hermanos, lo haré. Sacudí la cabeza con fuerza. —No… quiero mantenerlos alejados de este mundo, al menos el mayor tiempo posible. Ella sonrió, entendiendo mi angustia mientras que en ese instante, la puerta volvió a abrirse. Daniel entró de golpe, y antes de que pudiera decir nada, me envolvió en un abrazo desesperado. —Cuore mio… —susurró, su voz cargada de emoción haciéndome saber que no era Daniel sino Paolo entonces antes de que pudiera decir algo sentí el cambio sutil, el temblor en su respiración. —Amore mio… —continuó y supe que ahora era Enzo su calor aún más intenso. Y finalmente, Daniel. Sus labios se posaron en los míos con una mezcla de furia y alivio, un beso que me dejó sin aliento. —Vita mia —dijo al separarse, sus ojos clavados en los míos—. Nadie podrá separarnos jamás. —El médico dijo que pronto podré volver a casa —respondí, queriendo calmarlo a los tres que sin lugar a duda se peleaban entre sí para ver quien se quedaría en “a cargo”. Finalmente, Daniel gano y me acarició el rostro, como si no pudiera creer que yo estaba realmente bien. —Entonces esperaré ese día con ansias junto a ti en este hospital. Anna nos rodeó a ambos en un abrazo inesperado. —Soy tan feliz de verlos así… —dijo con lágrimas en los ojos. Cuando nos separamos, la pregunta escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla: —Daniel, ¿Quién nos atacó en el restaurante? Daniel endureció la mirada. —No te preocupes por eso. Muy pronto lo resolveré. Ahora solo quiero saber el día exacto en que podrás volver conmigo a casa. Anna, aunque parecía querer insistir, se contuvo. Daniel salió de la habitación con paso firme y Anna y yo nos quedamos solas de nuevo. Me tomó la mano con afecto. —Eres tan valiente… y tan comprensiva con mi hijo. Gracias por eso. La miré sorprendida. Ella parecía reconocer sin palabras y con naturalidad el secreto más guardado de Daniel lo que hizo que me atreviera a decir. —Es imposible no sentir algo por los tres —confesé en un susurro. —¿Los tres? —preguntó, confundida. —Daniel, Enzo y Paolo —dije con sencillez. Entonces noté su expresión y añadí con cautela—. Ya lo sabía, ¿verdad? Enzo y Paolo. ¿Los conoce cierto? ¿Ha hablado con ambos…? Anna bajó la mirada, llevándose la mano al rostro. —Creí que eran muchas más… toda la familia siempre ha pensado que tiene un montón de voces distintas. No sabía sus nombres… ni que eran solo dos. Mi pecho se encogió al verla llorar. ¿Había cometido un error al hablar? La puerta volvió a abrirse. Daniel entró de nuevo, observándonos con desconcierto. —¿Qué pasa aquí? —preguntó, su mirada saltando de mí a su madre. Anna lo abrazó con fuerza, sollozando. —Oh, hijo… no sabes lo feliz que estoy de que te casaras con Isabella. Cuídala mucho, es una gran mujer. Yo, atrapada entre la verdad revelada y la ternura de su madre por finalmente conocer los nombres de las dos personalidades de Daniel, no pude hacer nada más que guardar silencio.
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