Los meses en la mansión D´Avalo transcurrieron con una calma que jamás había conocido. Daniel parecía estable, sin rastros de aquellas personalidades que me aterraban pero me fascinaba a la vez, y entre nosotros empezó a crecer algo diferente… algo íntimo.
La primera vez que lo sorprendí con un beso fue casi un impulso. Me incliné hacia él en medio de una conversación trivial, apenas un roce, pero suficiente para que sus ojos se abrieran como si no pudiera creerlo.
—¿Isabella? —susurró, sus labios aún rozando los míos.
Mi corazón latía como un tambor, pero levanté el mentón fingiendo seguridad.
—No quiero seguir huyendo de ti —murmuré—. Quiero intentarlo… contigo.
Vi cómo sus ojos se suavizaban, cómo una calidez distinta me rodeaba. Esa noche no pasó de un beso, pero en los días siguientes llegaron otros: más largos, más profundos, con una pasión contenida que me estremecía. Había momentos en los que su respiración y la mía se confundían, y yo sentía que mi cuerpo respondía, que mi miedo cedía poco a poco.
—Estás avanzando, Isabella —me dijo una tarde, acariciándome la mejilla con una sonrisa leve—. No tienes idea de lo feliz que me hace.
Pero no siempre era sencillo. Había noches en que, cuando sus manos recorrían mi piel, el pánico regresaba y me ahogaba. Daniel lo notó y, en lugar de enfadarse, me llevó con la psicóloga de confianza de su madre.
La primera vez que me senté en ese sillón, mis manos sudaban.
—No sé si pueda hablar de esto —confesé, bajando la mirada.
La doctora me observó con calma, sus ojos serenos.
—Aquí no tienes que tener miedo, Isabella. Nadie te va a juzgar. Este espacio es tuyo, para sanar.
Sus palabras me golpearon. Poco a poco, sesión tras sesión, solté los recuerdos que había guardado como cadenas: la forma en que Leonardo me forzaba, el dolor físico que me dejaba, la vergüenza y el miedo incrustados en mi piel.
Una tarde, cuando rompí en llanto, la doctora se inclinó hacia mí y dijo con voz firme pero compasiva:
—Tu cuerpo no es un campo de batalla. Es tuyo. Y merece ser amado, no violentado. Mereces placer, ternura… mereces volver a confiar.
Aquella frase me persiguió durante días. Cada vez que estaba con Daniel, me repetía esas palabras. Y él parecía comprenderlo, porque jamás me exigía nada. Me esperaba afuera de la consulta, paciente, como si lo único que le importara fuera verme salir con una sonrisa.
Una noche, después de una de esas sesiones, me armé de valor durante la cena. Mis manos temblaban sobre el mantel.
—Al principio… no podía dejar de compararte con Leonardo —murmuré, mi voz casi quebrada—. Cuando te veía, solo recordaba la forma en que me forzaba… y el dolor que me dejaba por semanas. Eso me aterraba.
Daniel dejó el tenedor y se inclinó hacia mí. Me tomó la mano, cálida y firme.
—No quiero que vuelvas a sentirte así conmigo —me dijo con una seriedad que me hizo estremecer—. No tengas prisa. Vamos a dar pasos pequeños, los que tú decidas, hasta que estés lista.
Un nudo me cerró la garganta. Por primera vez me permití creer que podía haber un futuro diferente, que mi pasado no me condenaba. Todo lo que construimos esos meses era frágil, pero real. Y me conmovía que él estuviera dispuesto a esperar el tiempo que fuera necesario.
Pero entonces, el mundo volvió a derrumbarse.
El primer disparo retumbó como un trueno. Después, las ráfagas. El sonido seco de las balas me heló la sangre. Daniel me miró y vi cómo la oscuridad, dormida hasta ese momento, despertaba en sus ojos.
—¡Al suelo! —gritó, empujándome bajo la mesa.
Los estruendos me aturdían; astillas de madera saltaban, platos se rompían, la gente gritaba. Sentí el olor acre de la pólvora mezclado con el miedo. Mi respiración era un hilo quebrado.
De pronto, unas manos me arrastraron fuera.
—¡No, suéltame! —grité, pataleando.
Un hombre que no conocía intentaba llevarme, su fuerza me arrancaba el aire. Antes de que pudiera reaccionar, una bala le atravesó la cabeza. Su cuerpo cayó pesadamente sobre mí, y el grito se me quebró en la garganta.
—¡Rápido, ven para acá! —la voz de Daniel me sacó del estupor.
Gateé de vuelta bajo la mesa, con el corazón a punto de estallar. El enfrentamiento duró apenas unos minutos más, aunque parecieron horas. Cuando todo se calmó, me lancé a sus brazos, sin importarme quién era en ese instante.
—¿Enzo? —pregunté, con la voz quebrada.
Me estrechó contra su cuerpo, protegiéndome con su propia fuerza.
—Paolo —susurró contra mi oído. Su tercera personalidad. Otra parte de él.
—¿Estás bien? —pregunté, con lágrimas en los ojos.
—¿Estás tú bien? —me devolvió la pregunta, con una intensidad que me heló y me reconfortó al mismo tiempo.
Miré alrededor: cuerpos heridos, gente aún escondida, miedo flotando en el aire. Entonces vi la sangre en su camisa. Señalé con un dedo tembloroso.
—Sangre…
Mis fuerzas me abandonaron. El mundo empezó a dar vueltas. Antes de caer, él me sostuvo fuerte.
—Es tuya, cuore mio —escuché, su voz quebrada por la furia—. Malditos hijos de perra… te hirieron.
Y entonces la oscuridad me envolvió.