Desperté sobresaltada. El lado de la cama estaba vacío, frío, como si Daniel se hubiese ido hacia horas. El silencio me resultó extraño; me levanté de golpe y recorrí la recámara con la mirada, pero no había rastro suyo.
—¿Daniel? —llamé en voz baja, como temiendo que mi propia voz rompiera algo sagrado.
No respondió. Abrí la puerta y avancé por el pasillo hasta asomarme al ventanal principal. Mi corazón dio un vuelco: Daniel estaba afuera, de pie, rodeado de la servidumbre que subía apresuradamente varias maletas a uno de sus vehículos.
Intenté acercarme, pero él giró la cabeza y me vio. Sus ojos me atravesaron con un brillo extraño.
—Regresa a la recámara, Isabella —ordenó, con un tono que no admitía réplica.
Obedecí en silencio. Una vez de regreso, lo único que se me ocurrió fue darme un baño para despejar mi mente del recuerdo de la noche anterior. Sin embargo, cuando abrí el clóset, el aire se me heló en el pecho: la mayor parte de mi ropa había desaparecido. Solo un vestido colgaba allí, solitario, y en los cajones apenas quedaba la ropa interior justa para un día.
Me llevé una mano a la boca, sin entender nada. En ese instante, Daniel irrumpió en la recámara.
—Vas a regresar a casa de tu madre —dijo con calma desconcertante.
Lo miré boquiabierta.
—¿Qué…? ¿Por qué?
Él me mostró más maletas.
—Necesitas tiempo para pensar las cosas. Te doy esa oportunidad.
Quise creerle, pero mi instinto gritaba que algo andaba mal. Sus gestos, su mirada… era Daniel y al mismo tiempo no lo era. ¿Qué personalidad era esta?
—¿Qué paso? —pregunte con voz quebrada—. No lo entiendo.
Sus labios esbozaron una sonrisa leve, como si adivinara lo que pasaba por mi mente. Como si supera que yo ya sabía que no era realmente Daniel.
—La situación es clara. Regresarás con tu familia por un tiempo. Después, volverás con nosotros para siempre. Ninguno de nosotros toleramos tener a una esposa que no nos quiera y que nos niegue su cercanía.
El alma se me encogió. Tenía enfrente a alguien que no era Daniel, pero que me ofrecía la libertad que tanto había anhelado… aunque fuese temporal.
—Quiero escuchar eso de su propia boca —susurré—. Necesito estar segura de que Daniel no irá tras de mí después.
Rió suavemente y se acercó. Tomó mi rostro entre sus manos con una ternura desconcertante. Cuando posó sus labios sobre los míos, me sorprendí al no sentir miedo. El beso fue breve, casi casto, pero suficiente para estremecerme.
—Aunque te vayas, seguirás siendo nuestra esposa —dijo al separarse—. Te protegeremos. Pero si otro hombre intenta tocarte, lo mataremos.
Horas después, salimos juntos de la mansión de los D’Avalo. El trayecto hasta la casa de mi madre fue silencioso. Cuando llegamos, noté que estaba rodeada de escoltas.
—Listo, llegamos. Tu madre ha sido informada —avisó él.
Yo guardé silencio, igual que durante todo el camino. No lo miraba.
—Bien, vamos —dijo al disponerse a bajar.
No me moví. Él regresó al asiento, cerró la puerta y me observó fijamente.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—No puedo —admití, apenas en un hilo de voz.
Una chispa oscura cruzó sus ojos.
—¿Tienes miedo de tu madre? ¿Piensas que seria capaz de lastimarte?
Negué con la cabeza.
—No es eso.
—Entonces dime, ¿qué sucede? Querías irte, abandonarnos… divorciarte.
Las lágrimas brotaron sin control.
—No puedo dejar a Daniel solo con ustedes. No sé de qué serían capaces.
—¿Te preocupas por él? ¿Piensas que podemos dañarlo?
Guarde silencio antes de decir.
—Creo que le tortura escuchar sus voces.
Él soltó una carcajada, inclinándose hacia mí.
—Si decides quedarte, Isabella, será como nuestra mujer. En todos los sentidos… incluida la intimidad.
Me temblaron los labios. Pero lo que más me impactó fue lo siguiente:
—Yo también estoy enamorado de ti —confesó—. Solo quiero protegerte… y hacerte feliz. Pero no a la fuerza. Nunca a la fuerza.
El recuerdo de Leonardo golpeándome, humillándome, cruzó mi mente. En contraste, Daniel y sus otras personalidades nunca me habían levantado. Por extraño que resultara, con ellos no me faltaba cariño, y no existían las palizas.
Me miró con intensidad.
—Quiero una respuesta definitiva: ¿te quedas como nuestra esposa o te vas con tu familia?
Tragué saliva.
—Me quedo… pero con una condición: que ninguno de ustedes me golpee.
Su expresión se suavizó.
—Ninguno lo hará jamás. Pero quiero que recuerdes algo: deseamos que te entregues a nosotros. Queremos recorrer tu cuerpo desnudo, besarlo, adorarlo, unirnos a ti.
Sentí las mejillas arder.
—No sé satisfacer a un hombre —confesé entre sollozos—. Con Leonardo… nunca fue amor. Solo me forzaba.
Quien tenía enfrente apretó la mandíbula, visiblemente afectado.
—No soporto pensar en lo que sufriste con él. Isabella, sé que Daniel tiene que ser el primero con quien estes pero te aseguro que cualquiera de los tres podemos enseñarte lo que es el verdadero placer.
El camino de regreso a la mansión se cubrió de un silencio espeso. Antes de entrar, reuní valor y lo miré fijamente.
—¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre?
Él se inclinó, me envolvió entre sus brazos y susurró muy suavemente en mi oído:
—Enzo.