A pesar de la intensa revelación de Mía, me vi obligada a terminar la tarde en el spa. Era la primera vez tenía la oportunidad de algo así: arreglarme las uñas, hidratarme el cabello, dejar que otra persona me maquillara. Todo lo que antes me parecía imposible, hoy era un respiro.
Cuando terminé, me quedé frente al espejo. Por un instante no reconocí a la mujer reflejada. La inseguridad que me había acompañado durante años —alimentada por las palabras de Leonardo diciéndome que era fea— se desvanecía frente a mis propios ojos.
—No puedo creerlo… —murmuré, tocando con la yema de los dedos mis mejillas maquilladas.
—Te ves preciosa —dijo Mía desde la camilla contigua, sonriéndome como quien comparte un secreto—. Así es como siempre debiste verte, Isa.
Su voz me hizo sonreír. Era mi cuñada, sí, pero también la única amiga verdadera que tenía.
Más tarde, mientras nos envolvían las toallas tibias en los hombros y las asistentes nos dejaban una vez más solas con la música del spa, Mía suspiró.
—Necesito contarte algo —me dijo en voz baja.
Asentí, sin saber qué esperaba escuchar esta vez.
—Cuando fui a Cancún con mis hermanos menores y mi tío Matteo… —vaciló, miró alrededor y bajó más la voz— me escapé una noche.
—¿Cómo que te escapaste? —pregunté, sin poder ocultar la sorpresa.
Mía se llevó una mano al rostro, ruborizada.
—Terminé acostándome con dos rusos esa noche. Nadie de mi familia lo sabe ni lo puede saber. De por si crearon un escándalo porque tardé en regresar, pero yo… yo no podía más.
Me quedé muda, escuchando atónita.
—Mis padres me han preparado toda la vida para ser la esposa de un hombre leal a mi apellido—continuó—. Desde lo del secuestro, siempre he estado vigilada. Esa fue mi única oportunidad para escapar. Pero ahora… —se mordió el labio inferior— muy pronto tendré que casarme con quien mi padre elija. Y no puedo dejar de pensar en ellos quisiera verlos otra vez. Quisiera que ambos fueran míos.
La confesión me golpeó. No era tan intensa como la confirmación de que Daniel tenía distintas personalidades, pero aun así me hizo entender que, si alguien descubría el secreto de Mía, nada terminaría bien.
Pasamos el resto de la tarde en una especie de tregua femenina. Entre confidencias, risas y alguna lágrima, se nos escaparon las horas.
Cuando regresamos a casa, todavía nadie había vuelto. Aprovechamos para seguir hablando pero conforme pasaron las horas y la servidumbre me indico que Daniel me esperaba en nuestra habitación, Mía me abrazó con fuerza, consciente de lo que yo estaba viviendo con su hermano.
—Suerte, Isa —me susurró Mía, antes de separarse—. De verdad espero que todo salga bien esta noche.
Yo solo asentí, aunque por dentro estaba aterrada. Había permitido que Mía nos sacara del spa sin escolta, desobedeciendo la orden de Daniel.
Cuando entré en la recámara, él estaba allí, de pie, observándome. Su mirada era como acero templado.
—¿Sabes lo que hiciste? —preguntó con voz grave.
Intenté tranquilizarlo.
—No pasó nada, Daniel. Solo… Mía no quiso esperar a la escolta.
—No es eso —respondió, acercándose. Sus ojos se suavizaron un instante—. Me preocupa que estés sin protección.
Ese tono íntimo, casi cariñoso, me confundió. Pero al mismo tiempo despertó en mí los recuerdos de las palizas de Leonardo cada vez que lo desobedecía.
—Isabella… —dijo Daniel, deteniéndose frente a mí—, ¿por qué estás así?
Me sentí arrinconada. No pude sostener más la verdad.
—Porque tengo miedo de ti —confesé al fin.
Él me tomó por la cintura y, con fuerza contenida, me sentó en su regazo.
—Yo no soy Leonardo. No voy a hacerte lo que él te hacía —me aseguró, sus dedos firmes pero no crueles.
Yo bajé la mirada.
—No puedo evitar sentir pavor. Mis recuerdos siguen ahí. Quizá sería mejor si… si te divorciaras de mí.
La palabra quedó suspendida en el aire como un disparo. Vi cómo se tensaban sus músculos antes de que golpeara la pared con el puño. Me encogí, pensando que había cambiado de personalidad otra vez. Pero no. Era Daniel, el mismo, aunque furioso.
—¿Quieres divorciarte? —su voz fue un gruñido—. Eso nunca, Isabella. Si hay algo que debes tener claro es que tú y yo no nos vamos a separar nunca.
Se inclinó, sus ojos fijos en los míos, más oscuros que nunca.
—Eres mía.
Me quedé sin aire. Era la primera vez que su “eres mía” sonaba a promesa y amenaza a la vez. El miedo me caló hasta los huesos. Huir no serviría de nada, ya lo había aprendido con Leonardo.
Retrocedí hasta la cama, resignada, pero Daniel —fuera de sí— me sujetó de la cintura y comenzó a despojarme del vestido. Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.
—Por favor, no… —supliqué entre sollozos—. Me prometiste que serías paciente conmigo.
Pero parecía no escucharme. Desesperada, golpeé su pecho con ambas manos.
—¡Detente, Daniel! ¡Te lo ruego!
Por un momento su mirada era la de un extraño. Sin embargo, repentinamente se detuvo. Su respiración era agitada, y me dijo con voz ronca:
—Solo tienes que ordenármelo, no supliques.
Atónita, lo miré a los ojos.
—¿Qué…?
Él bajó la cabeza, dolido.
—Enloquecí cuando hablaste del divorcio. Eso… eso me destruye más que cualquier cosa.
No obstante, sus manos volvieron a recorrerme, y el terror me atenazó otra vez. Cuando me quitó el brasier y apresó con sus labios uno de mis pezones, grité con toda mi fuerza:
—¡Detente!
Ese grito lo atravesó como un rayo. Se apartó de inmediato, jadeando. Caminó hasta el armario, y yo, temblando, lo observé sacar una bata mía. Me la colocó con cuidado, sorprendiendo a mi corazón deshecho.
Sin decir más, me cargó y me llevó de regreso a la cama. Me acurrucó contra su pecho como si no confiara en sí mismo.
—Lo siento Isabella —murmuró contra mi cabello—. Pero si vuelves a hablar de divorcio, me convertirás en un demonio. Yo no soy como Leonardo, y jamás lo seré, pero, tampoco te dejare ir jamás.
Yo no pude responder. La desconfianza seguía clavada en mí, aunque el agotamiento me vencía. Cerré los ojos, dejándome caer rendida contra su pecho.
Antes de que el sueño me atrapara, escuché su voz rota susurrar:
—Te he amado desde siempre.
Y así, con el miedo aún anclado en mi pecho y sus brazos rodeándome como una prisión dulce y cruel, me quedé dormida.