El trayecto hasta el Spa Fonte di Vita fue un suplicio. Intenté hablar con Mia varias veces, pero conducía con tal exceso de velocidad que apenas podía respirar. Cada curva me hacía aferrarme al asiento, temiendo que en cualquier momento perderíamos la vida.
Cuando por fin llegamos, me quedé inmóvil frente a la entrada, incapaz de contener el asombro.
—Nunca había entrado a un lugar como este… —confesé en voz alta, casi avergonzada de mi propia ignorancia.
Mia rió con ligereza.
—Pues hoy será tu primera vez, cuñada. Prepárate, lo mereces.
Para mí, aquello era un mundo ajeno. Mi familia nunca tuvo los medios, y Leonardo siempre me prohibió cualquier procedimiento de belleza. Estar en este Spa tan elegante se sentía como irrumpir en un territorio prohibido.
Nos recibió Bianca Ferretti, una antigua compañera de la secundaria, aparentemente la dueña. Era Alta, elegante, con esa presencia que hace que una habitación se incline a su paso. Al ver a Mia, abrió los brazos y la saludó con afecto, besándola en ambas mejillas al estilo italiano. Yo las observaba, sintiendo que compartían un código al que yo no pertenecía. Cuando Bianca se volvió hacia mí, su sonrisa se endureció, forzada.
—Isabella, que sorpresa cuanto tiempo… bienvenida al Fonte di Vita.
No necesitaba leer mentes si estaba siendo amable : lo hacía por Mia, no por mí.
—Dime, Bianca —dijo Mia con esa seguridad que siempre la acompaña—, ¿qué puedes hacer por nosotras hoy? Sé que no tenemos cita, pero me encantaría que mi cuñada y yo pudiéramos recibir un tratamiento. Ya sabes… la vida familiar siempre es un caos.
Noté el destello en los ojos de Bianca cuando me miró.
—¿Tu cuñada? ¿Qué Isabella no estaba casada con Leonardo ? —pregunto, con un dejo de incredulidad.
Tragué saliva cuando vi cómo palidecía. No era solo sorpresa; era envidia cuidadosamente disfrazada.
—Ya sabes como son las cosas — dijo Mía como si el que yo hubiera enviudado y me hubiera vuelto a casar casi de inmediato fuera normal — La vida sigue para lo vivos. Isabella ahora es la esposa de mi hermano Daniel.
—No sabía —dijo con fingida naturalidad—. ¿Y por qué no hubo fiesta de bodas?
Mia contestó sin dudar:
—Ya sabes cómo es mi hermano, es igual que mi papá. Cuando algo se le mete en la cabeza, simplemente hace lo que desea.
Percibí una sombra oscura en Bianca, un rastro que me recordó la fama peligrosa de mi esposo.
—Oye Mía ¿Y Daniel sabe que están aquí? —preguntó con cautela—. No quiero imaginar lo que pasaría si descubre que su esposa está sin permiso en mi spa.
Antes de que pudiera responder, Mia apretó mi mano.
—Isabella está bajo mi responsabilidad. Soy la hermana de Daniel, y él no aparecerá a hacer una escena. Te lo prometo.
Yo quise creerle, pero el nudo en mi estómago no se deshizo. Bianca se alejó para hacer los arreglos y, entonces, mi celular vibró en mi bolso. Era Daniel.
El corazón me martillaba. Contesté con voz insegura:
—¿Daniel?
—Ya me di cuenta de que Mia y tu salieron sin protección —su voz era grave, autoritaria—. No saldrán de ese spa hasta que lleguen nuestros hombres para escoltarlas hasta la casa.
Me quedé helada. ¿Cómo lo sabía? El se fue mucho antes que nosotros, no nos vio salir.
—¿De verdad piensas que las mujeres D’Avalo pueden moverse sin ser vigiladas? —prosiguió, como si hubiera leído mi mente—. Siempre hay ojos cuidando lo que es nuestro. Y escucha bien: si alguien se atreviera a tocarte, no solo lo mataría, pasaría años torturándolo.
Temblaba. El móvil ardía en mi mano. Antes de que pudiera responder, Mia me lo arrebató.
—¡Basta, Daniel! —lo reprendió, su voz rota de rabia—. No seas tan aprensivo, no estamos en peligro.
No pude oír su respuesta, pero vi el cambio en el rostro de Mia. Sus labios temblaban, sus ojos se llenaban de lágrimas, hasta que escupió con voz quebrada:
—Claro que no me gusta estar entre la basura… maldito mal nacido.
Y colgó. Yo me quedé paralizada, incapaz de entender qué acababa de ocurrir.
En ese instante Bianca regresó, sonriendo con una cortesía hueca mientras Mía intentaba disimular que todo estaba bien.
—Todo está listo. Cancelé algunas citas, pero nada es más importante que atender a nuestras clientas estrella.
La falsedad era evidente, pero también el miedo. Nadie quería arriesgarse a desairar a la familia D’Avalo.
Entramos en la cabina para los masajes. Yo solo quería hablar con Mia a solas, arrancarle respuestas, pero me obligué nuevamente a esperar. El masaje comenzó, y por un instante logré relajarme. Sin embargo, hacia el final, un sonido me atravesó: sollozos ahogados. Eran de Mia.
Las masajistas se tensaron, incómodas, hasta que ambas se disculparon y nos dejaron solas. Yo me incorporé enseguida, preocupada.
—¿Te hicieron daño? ¿Te masajearon muy fuerte? —pregunté, con el corazón en la garganta.
—No… —Mia negó entre lágrimas.
Me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos, y me limité a consolarla, sin pedir explicaciones. A veces el silencio es la única forma de cuidado.
Al cabo de unos minutos, entre sollozos, Mia murmuró:
—Es un imbécil, ¿sabes? Lo amo porque es mi hermano, pero sus malditas personalidades pueden ser un verdadero desastre.
El aire se me fue de los pulmones. Casi una confirmación de lo que ya temía.
—Nos secuestraron de pequeños… —su voz se quebró—. Todo por un estúpido cachorro que yo quería ir a ver. A Daniel lo mantuvieron en un tanque de aislamiento sensorial; lo sacaban unas pocas horas al día para comer y… para lo básico. Y yo… yo terminé siendo arrojada entre la basura con una herida que casi me cuesta la vida.
Me cubrí la boca, horrorizada. No encontraba palabras.
—Eso destrozó a Daniel, lo cambio—continuó Mia, más calmada—. Afectó a toda la familia. Por eso todos los hombres son tan controladores y por eso mi madre es tan permisiva. Tenle paciencia, Isabella el te ama de verdad. Dios sabe que yo también intento tenérsela aunque cuando esta descontrolado puede decir cosas muy hirientes.
Me quedé en silencio, abrazándola, sintiendo que aquella revelación me había arrancado el suelo bajo los pies. Cargaba con mis propios traumas, me sentía tan descosida y, lo más aterrador, ¿cómo podía manejar el pasado de alguien tan roto?