Capítulo 10 POV Isabella

992 Palabras
Han pasado dos semanas desde que crucé las puertas de esta casa, dos semanas desde que me convertí en la esposa de Daniel. El título aún me pesa, como si no me perteneciera, como si alguien lo hubiera impuesto sobre mis hombros sin darme la oportunidad de huir. Desde entonces, cada amanecer ha sido igual: despierto gritando, con el cuerpo temblando y la garganta desgarrada. Y siempre es él… o más bien, una de sus múltiples versiones, quien acude primero. Aquella otra cara de Daniel —la que aparece cuando mi miedo me devora— es la única que logra calmarme. Me cubre con su voz suave, me protege sin exigirme nada, como si supiera exactamente lo que necesito. Pero cuando la tormenta pasa, cuando mis gritos se apagan, regresa el verdadero Daniel. Y entonces, cualquier roce, cualquier palabra suya, se vuelve insoportable porque sé que desea compartir más que un abrazo conmigo. Hoy me repetía una y otra vez que debía encontrar la manera de superar mi miedo. “Tarde o temprano él lo exigirá”, pensé, caminando por el pasillo. Fue entonces cuando, por casualidad, lo vi. Daniel estaba en el baño, con el torso desnudo, masturbándose sin pudor. Ni siquiera parecía importarle que lo descubriera y tan pronto lo vi me quedé petrificada, el corazón desbocado, intentando retroceder antes de que notara mi presencia. Pero levantó la mirada y me vio. Su expresión cambió de inmediato. La tensión desapareció de su rostro y apareció una sonrisa descarada. Otra vez no era el. —Vaya, Isabella… —dijo con un tono relajado, casi juguetón—. ¿No quieres echarme una mano? El aire me faltó. Sentí que la sangre me abandonaba y lo único que pude hacer fue huir. Corrí sin mirar atrás, bajando las escaleras hasta llegar a la entrada principal. Y allí, como si el destino quisiera rescatarme, Mía apareció. —¡Isabella! —exclamó con entusiasmo, abriendo los brazos hacia mí—. ¡Al fin nos vemos de nuevo! —Mía… —murmuré, con un hilo de voz. Mis ojos se llenaron de lágrimas sin que pudiera controlarlo. Ella me sostuvo por los hombros, examinándome con detenimiento. —¿Cómo estás? ¿Daniel te ha estado tratando bien? Dime la verdad Abrí la boca para responder, pero un escalofrío recorrió mi espalda. Daniel estaba detrás de mí, me había alcanzado. —No tendría por qué tratarla mal —dijo él con tono firme, casi ofendido—. Es mi esposa, por Dios santo, Mía. Mía le sonrió, aunque en sus ojos noté algo extraño, como si quisiera decir más de lo que dejaba escapar. Aun así, lo abrazó con fuerza. —Te extrañé, hermano. —Y yo a ti, pequeña —contestó Daniel, estrechándola entre sus brazos. Yo observaba la escena en silencio, deseando que el abrazo terminara para poder quedarme a solas con ella. Cuando se separaron, Mía volvió a mirarme con calidez. —Isabella, de verdad quiero saber… ¿cómo te has sentido? Me obligué a mantener la voz firme. —Daniel me trata muy bien… —dije, desviando la mirada—. Pero… aún nos estamos adaptando. Mía pareció aliviada. —Eso es bueno. Adaptarse lleva tiempo, pero lo lograrán. Antes de que pudiera responderle, la madre de Daniel y Mía apareció en el pasillo, con el rostro iluminado de felicidad. —¡Qué hermoso es verlos juntos y que todas las chicas estamos finalmente reunidas! —exclamó Anna—. Esta tarde los hombres saldrán por asuntos importantes. ¿Qué les parece si aprovechamos y vamos a un spa? Solo nosotras. —¡Sí! —respondió Mía de inmediato, entusiasmada. Yo asentí en silencio, aunque por dentro una punzada de frustración me atravesaba. Aquello me alejaría de la posibilidad de hablar a solas con Mía, de preguntarle la verdad que tanto necesitaba. ¿Qué pasa realmente con Daniel? Fue entonces cuando una nueva voz se sumó a la conversación. —Anna, no olvides que tienes el evento en Milán esta tarde. Volteamos al mismo tiempo y vimos a Matteo, el tío de Daniel y Mía, parado con su porte impecable. Su mirada se posó en mí apenas un instante antes de fijarse en Anna aquien extrañamente siempre parecía observar como si fuera el centro del universo. —Oh, Matteo… —dijo Anna con un deje de fastidio, aunque sin perder la sonrisa—. Tienes razón. Quién me manda a tener mi estudio tan lejos. No podre ir al Spa pero… — hizo una pausa antes de continuar — Mia e Isabella definitivamente tienen que ir. —¿Tiene un estudio? ¿De que es?—pregunté sorprendida. Anna rió suavemente. —Sí, querida. Soy dueña de la marca de ropa Lignée d’Or. Mía intervino entonces, con el orgullo brillando en su voz. —Mi madre es una excelente diseñadora. —Es maravilloso—dije, tratando de sonar casual, aunque no podía evitar la curiosidad. —Por supuesto —respondió Anna con naturalidad, mientras acariciaba el brazo de su hija. Miré a Mía, que sonreía con los ojos encendidos de admiración, y una chispa de esperanza volvió a encenderse en mí. Porque con la madre de ellos lejos sí tendría un momento para estar a solas con Mía. Me sentía contenta cuando de repente no pude evitar notar cómo Matteo observaba a Mía, con un cariño casi paternal, aunque en su gesto había algo más: el brillo de quien la consideraba la niña de sus ojos. Era curioso que un hombre tan apuesto como él jamás se hubiera casado y se hubiera confirmado con ayudar en la crianza de sus sobrinos, pero aparté ese pensamiento de inmediato. No debía importarme. Finalmente, todos pasamos a la sala. Anna daba instrucciones al personal de servicio, Daniel conversaba con Matteo y Mía permanecía a mi lado, como si también quisiera resguardarme. Yo, mientras tanto, me repetía en silencio: Hoy finalmente, sabre la verdad.
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