Dentro del coche, sentí cómo el pánico me iba devorando. No debí corresponderle. Mucho menos delante de todos. Pero él tampoco debió besarme de esa forma tan íntima, tan devastadora. Cuando el auto se detuvo en el garaje, quise correr, huir de su mirada, pero sabía que no tenía a dónde ir.
Daniel bajó primero, y yo me aferré a la débil esperanza de que lo dejara pasar. Que simplemente ignorara lo ocurrido. Pero, en vez de eso, abrió mi puerta y me sacó en brazos. Me debatí en vano, suplicándole que me bajara, que no me tocara. Con Leonardo, esas súplicas nunca sirvieron de nada cuando desidia hacerme suya; pero con Daniel, quizás, solo quizás, podía funcionar.
—¿Alguna vez besaste de esa forma al malnacido de Leonardo y después le suplicaste que no te tocara? —me sacudió con fuerza, su voz grave estremeció mis huesos—. ¡Responde, Isabella! ¿Alguna vez le correspondiste un beso como me lo diste a mí?
Me vi obligada a contestar:
—No… nunca.
Él apretó la mandíbula.
—¿Y por qué diablos quieres que te suelte ahora? Eres mi esposa, te deseo, debería ser natural. ¿Quieres que te trate como Leonardo te trataba? ¿Es eso? Tal vez lo que te existe es que te maltraten. Te gustaba… ¿no es cierto? Quién sabe, tal vez si hago lo mismo termines abriéndome las piernas.
Sus palabras me partieron en dos. Me dejó caer en el colchón de la habitación que compartíamos, y al escuchar semejante atrocidad, abrí los ojos con horror. Daniel lo notó y por un instante pareció darse cuenta de que había cruzado un límite.
—Sabes que no voy a forzarte —dijo al fin, con los ojos oscuros—. Porque no estoy ni cerca de ser como ese cobarde.
Mi respiración era un torbellino. No pude escuchar más allá de esa frase que me había calado como veneno: que me había gustado ser maltratada. Aquello encendió una furia que llevaba años dormida.
—¡Cómo puedes decir que me gustaba! —le grité, temblando—. ¡Nunca viste lo que ese desgraciado me hacía! Nadie me ofreció ayuda cuando me obligaba, cuando me forzaba a ser suya. ¿Y ahora vienes tú a decirme que lo disfrutaba? ¡No tenía a nadie que me rescatara!¡Que podía hacer al respecto si era más fuerte que yo!
Las lágrimas comenzaron a rodar, pero mi voz seguía firme.
—Mi madre lo permitió… decía que debía estar agradecida porque mi matrimonio con Leonardo era un “regalo” de tu padre, para compensar la muerte del mío. ¿Dónde iba a huir? Sabía que, si lo intentaba, Leonardo me haría volver… y sería peor. Cada vez que me miraba parecía admirar mi dolor, mis humillaciones. Le gustaba verme hecha pedazos, sangrando. Había días en los que ni siquiera podía sentarme a la mesa de lo adolorida que estaba. ¡Y tu maldita familia! Los odios, porque por su culpa mi padre murió y yo terminé con ese demonio perverso y sádico.
No supe en qué momento me acerqué y lo abofeteé. El golpe le giró el rostro, pero no reaccionó. En sus ojos apareció ese otro Daniel, ese ser desconocido que ya había visto cuando destrozó la pared. Le di otra bofetada, con más rabia, con la necesidad de que me odiara. Yo ya lo odiaba, o al menos quería hacerlo.
Él permaneció inmóvil. Y entonces habló, con una voz que parecía doble, como si no fuera solo Daniel.
—¿Nos perdonas? Se que los D’Avola somos responsables de tu dolor, pero., ¿Podrías perdonarnos? Por todas las veces que tu cuerpo fue abusado y maltratado, te juro que pasaré mi vida compensándotelo. Te compensaré por no haber matado antes a Leonardo… Nadie sabía de nuestro amor por ti. ¿Nos perdonas?
Lo miré confundida. Esa forma de hablar en plural me helaba la sangre porque sabía que no estaba hablando de él y su familia sino de lo que vivía en su interior. Pero en lugar de responder, me lancé a sus brazos. Necesitaba sentirme segura, aunque fuera contradictorio, aunque mi mente me gritara que lo rechazara porque había algo demasiado extraño en todo aquello.
—Sé que no lo entenderás —susurró sobre mi cabello—. El otro día golpeé la pared porque sentía impotencia.
—¿Cómo es eso? —pregunté, alzando el rostro.
Él me sostuvo la mirada, como evaluando si debía confesar más.
—Respóndeme algo, Isabella… ¿te has dado cuenta ya de quién soy realmente?
Titubeé.
—No… pero sé que no eres solo Daniel en este momento.
Una sonrisa torcida curvó sus labios.
—Eres tan inteligente. Pero ignóralo, porque todos somos Daniel.
Mis ojos se abrieron más, mientras un escalofrío me recorría la espalda.
—Prometo que hablaré con ellos —dijo, su voz más grave, más extraña—. No pensé que reaccionarías así. Te deseo tanto que me duele. Nunca sufrí tanto como cuando te casaste con ese desgraciado. ¿Algún día nos aceptarás? Queremos un matrimonio real, sentir el calor de tu piel junto a la nuestra.
Acercó sus labios a mi cuello e inhaló profundamente. Su contacto lo estremeció, lo escuché maldecir en voz baja. Retrocedí, sintiendo el cambio en su cuerpo.
—Tranquila, está todo bien —dijo rápido, como si quisiera calmarme.
—Tú estás… —murmuré, sin poder terminar la frase. Este era realmente Daniel no su otro yo.
—Estoy cansado. Deberíamos descansar, ¿no crees? —cortó, desviando la conversación.
—Daniel… creo que necesitamos hablar —intenté insistir.
Su mirada se endureció de golpe.
—No. No hay nada de qué hablar. ¿Entiendes?
Guardé silencio. No era el momento, pero tarde o temprano necesitaría respuestas.
—Claro… descansemos.
Su expresión se suavizó de nuevo.
—¿Te gustó nuestra tarde juntos?
Lo miré, sin saber qué responder. Pero mis labios pronunciaron lo que sabia el esperaba escuchar:
—Fue magnífica, me encantó.
Daniel sonrió, casi con ternura.
—La próxima vez será aún mejor. Incluso podemos llevar a Mía.
—Sería encantador… —respondí con voz serena, aunque en el fondo supiera que nada volvería a ser igual.