Capítulo 8 POV Isabella

1058 Palabras
El resto del día me quedé a solas con Anna, la madre de Daniel. Porque Daniel termino saliendo apresurado, aparentemente el problema que había sacado a su padre y tíos de la casa se había complicado más de lo que él hubiera imaginado. No le di demasiada importancia… así eran los asuntos de la mafia: un enredo constante del que nunca debía preguntar demasiado. Aproveché el silencio para tantear a Anna, la madre de Daniel. Quería entender mejor a Daniel, esos cambios bruscos de personalidad que me desconcertaban tanto me preocupaban, pero debía ser cuidadosa. —Supongo que… —empecé con voz suave, mientras bebíamos té—, Daniel siempre a sido un hombre de carácter fuerte, ¿no? Ella me miró con serenidad y una sonrisa pequeña. —Siempre ha sido muy decidido. —¿Y alguna vez… fue diferente? —me atreví a preguntar, como si fuera solo curiosidad casual. —Cada etapa de la vida cambia a una persona, querida —respondió, con dulzura, pero firmeza—. Lo importante es que Daniel sabe lo que quiere… y lo protege con uñas y dientes al igual que todos los hombres de la familia D’Avola. Lo entendí de inmediato: Anna no iba a hablar. Era protectora, leal hasta el hueso. No obtendría respuestas por ahí. Al caer la noche decidí darme un baño largo. El agua tibia me relajó mientras pensaba en lo permisiva que era Anna con su hijo, en cómo lo justificaba en todo. Así que si quería entender a Daniel, tendría que esperar para hablar con Mía. Casi a las once, ya con sueño, me armé de valor y lo llamé. No quería cometer un error, no quería enojarlo. —¿Isabella? —su voz sonó algo confundida cuando contestó. —Sí… yo… quería preguntarte si está bien que me duerma antes de que llegues. Hubo un silencio y después una risa baja. —¿En serio me preguntas eso? —su tono fue de incredulidad—. Si estás cansada, duerme. Te prohíbo quedarte despierta en las noches cuando yo no estoy. Tu salud está primero. Me quedé muda. Colgué con el corazón acelerado. Leonardo, mi antiguo tormento, me golpeaba si osaba dormir antes de que él regresara. Y ahora Daniel, heredero de la mafia, me pedía lo contrario. No sabía qué pensar. Caí dormida, pero desperté todavía de madrugada. La habitación seguía en penumbras y Daniel no había vuelto. Revisé mi celular: varias llamadas perdidas de Mía. —¿Qué pasó, Mía? —susurré en voz alta, con el pulso alterado. Estaba por devolverle la llamada cuando lo vi: Daniel, apoyado en el marco de la puerta, observándome en silencio. El sobresalto me arrancó las palabras sin pensarlo. —¿Dónde estuviste? Él arqueó una ceja y caminó hacia mí. —Hubo un problema con Mía —contestó—, pero ya está solucionado. —¿Está bien? —repliqué de inmediato, demasiado rápido. Apenas lo dije, bajé la mirada—. Perdón… no debería preguntar. Daniel soltó una carcajada divertida. —No me gusta cuando te disculpas así. Su mirada cambió de repente, y con ella, la atmósfera. Otra vez esa trinidad: el hombre protector, intenso y peligroso convertido en alguien relajado. —No me gustan las mujeres fáciles —dijo con firmeza—. Prefiero la actitud salvaje que mostraste ayer. Me helé. No sabía cómo reaccionar. —Nunca recibirás violencia de mí —añadió, con un tono que mezclaba dureza y promesa—. Pero espero lo mismo de ti. Eso sí… me gusta tu lado salvaje. Me hace imaginar que en la intimidad podrías ser toda una leona. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. El miedo fue evidente y él lo notó, volviendo a suavizar su voz, como si cambiara de piel frente a mí. Me confundía tanto… era protector, pero también autoritario, dulce y al mismo tiempo inquietante. Se desnudó con naturalidad hasta quedarse en bóxer y se acostó junto a mí. —Tranquila, solo quiero dormir —me aseguró, acariciándome el cabello—. Pero debemos empezar a romper esas barreras que insistes en poner entre nosotros. Mañana iremos a comprar ropa para ti. Y es importante que sepas algo: el color rojo me enloquece. Me quedé mirándolo, incapaz de saber si debía reír o temblar. Esa trinidad en él me perseguía incluso mientras cerraba los ojos para dormir: protector y peligroso, dulce y violento, todo en un mismo cuerpo. A la mañana siguiente, la casa volvió a estar vacía. Misteriosamente, la familia de D’Avola había desaparecido otra vez, como si siempre se esfumaran cuando él me quería para sí. Desayunamos rápido y salimos rumbo a la ciudad. Cumplió su palabra. Entramos en varias tiendas de diseñador y en cada una me llenaba de prendas y accesorios de lujo, como si quisiera vestirme con una nueva identidad. Pero lo que más me sorprendió fue su mano entrelazada con la mía, firme, segura, caminando como si quisiera gritarle al mundo que yo era suya. Las miradas se clavaban en nosotros. Algunas mujeres me observaban con envidia, otras con descarado deseo hacia Daniel. Yo sentía esas miradas como dagas sobre mi piel, recordándome que todos sabían quién era: Daniel D’Avola, heredero de la mafia. Eso me convertía también en el centro de atención, aunque lo único que deseaba era pasar desapercibida. Después de la última compra, me rodeó de repente con sus brazos. No me dio tiempo de pensar. Sus labios cayeron sobre los míos con una pasión que me dejó sin aire. Me quedé inmóvil, sorprendida, pero su boca insistió con una intensidad que derrumbó mi resistencia. Entonces lo sentí… un calor húmedo creciendo en mi interior, un temblor que me recorría entera, como si ese beso hubiera roto una puerta que juré mantener cerrada. Lo correspondí con torpeza al principio, y luego con un fervor que me asustó más que la violencia de su abrazo. Daniel sonrió contra mis labios, eufórico, y su júbilo fue tan grande que casi me levantó en vilo para subirme al auto. Arrancó con violencia, como si la emoción lo gobernara por completo, mientras yo apenas podía procesar lo ocurrido. Mi respiración era errática, mi piel ardía, y en mi mente solo retumbaba una certeza: al responderle, había despertado en mí algo que nunca pensé que existiría. Deseo.
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