Capítulo 7 POV Isabella

1060 Palabras
Desde que abrí los ojos, sentí un nudo en la garganta. La habitación seguía sumida en penumbras, y antes de que Daniel despertara me apresuré a refugiarme en el baño. Otro ataque de ansiedad me había sorprendido, tan opresivo que apenas podía respirar. Me repetía una y otra vez que me había salvado de compartir intimidad con él, pero la sensación de peligro seguía pegada a mi piel como un sudor frío imposible de borrar. Cuando regresé, Daniel ya estaba despierto. Su respiración era agitada, irregular, y la violencia contenida en cada gesto me heló la sangre. Por un instante lo sentí extraño, ajeno, como si fuese un hombre distinto al que había abofeteado sin pensarlo el día anterior. Ese recuerdo me atravesó como un rayo. Nunca tuve el valor de alzarle la mano a Leonardo. Con él, hasta un suspiro mal colocado era suficiente para ganarme una noche de castigo. Pero con Daniel había sido distinto. No hubo represalias, no hubo castigo. Solo silencio. Solo esa mirada que a veces parecía pertenecer a alguien más, como si en su interior convivieran dos hombres en guerra constante con él. Me acerqué despacio, cubriéndome con la bata como si fuera un escudo. —¿Estás bien? —pregunté en voz baja, con más cautela que verdadero interés. Él giró apenas el rostro hacia mí, y su respuesta fue inesperada: —¿Estás tú bien? No contestó sobre sí mismo. Fue como si su propio estado no importara, como si lo único que quisiera confirmar era el mío. Sin embargo, esa preocupación se deshizo en un segundo: sus ojos se nublaron, y volvió a perderse en un punto fijo, atrapado en la nada. La desconfianza me desgarró el pecho. Desde que me confesó que había sido él quien provocó la muerte de Leonardo, cada palabra suya se convirtió en un arma de doble filo. No sabía si acercarme o huir. Y, aun así, me sorprendí a mí misma repitiendo la pregunta, con un hilo de voz apenas audible, cargado de miedo: —¿Daniel… estás bien? No sabía si temía más por él o de él. Sea como sea volví a sentir ese cambio en su personalidad cuando le pregunte: —¿Deberíamos desayunar algo, no crees? — dije suavizando mi voz. —Comer te hará sentir mejor. En el desayuno, la madre de Daniel parecía sacada de un retrato cálido y normal a pesar de que ser la esposa del jefe de la mafia en Italia. Me sonreía con dulzura. —Querida, ojalá esta noche podamos cenar todos juntos —dijo Ana con entusiasmo—. Alessandro, Matteo y Luca tuvieron que salir temprano, pero volverán antes del anochecer. Todos estamos tan felices por su reciente matrimonio. Sentí la mirada de ambos sobre mí, pero no levanté la cabeza. Bajé los ojos hacia el plato, fingiendo interés en la comida que apenas había tocado. Mis manos temblaban alrededor de la taza de café, y aunque la conversación era ligera, mi silencio pesaba más que cualquier palabra. Años de obediencia bajo Leonardo habían dejado huellas imborrables; mi silencio era ahora una coraza que me protegía de todo, incluso de mí misma. Cuando por fin terminó el desayuno, Daniel me apartó con suavidad. Su voz, sorprendentemente calma, me envolvió como si quisiera derribar mis defensas. —Quiero hablar contigo —dijo, y su tono era más suave que nunca. —Quiero ser más comprensivo contigo, Isabella. Lo intentaré… pero no olvides que somos marido y mujer. Espero que lo entiendas. Tragué saliva, y el aire se volvió tan espeso que me costaba respirar. Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Daniel se inclinó y rozó mis labios con los suyos. No hubo fuerza, no hubo brutalidad, pero el deseo era tan evidente que me petrificó. Cerré los ojos con fuerza, como si al hacerlo pudiera desaparecer. Rogué en silencio que todo terminara rápido. Pero no se apartó. Sus manos se posaron en mi rostro con una suavidad desconcertante, explorando cada contorno con cuidado. Y, de pronto, se detuvo. Sentí su mirada fija en mí, como si buscara una respuesta que yo no podía darle. No era rechazo lo que vi en sus ojos, tampoco disgusto. Era… comprensión. —Isabella —susurró, apartándose apenas—. No es que no lo desees ¿verdad?… es que no sabes lo que significa ser deseada en la intimidad. No sabes cuanto deseo que estemos juntos y que muy pronto tengamos un bebe. Mi corazón se quebró en mil pedazos. El nombre de Leonardo irrumpió en mi mente como un veneno que me corroía por dentro. Recordé sus manos duras, las humillaciones, cada noche marcada por la violencia. Y me derrumbé. Rompí en lágrimas, incapaz de detener el sollozo que brotaba de lo más hondo de mí. Daniel se tensó. Me rodeó con los brazos, torpe, como si no supiera consolarme. Pero yo me aferré a mí misma, encogida, prisionera de mi propio cuerpo. El pensamiento me atravesó como un cuchillo: Leonardo jamás me había tomado de frente. Nunca me permitió siquiera la posibilidad de un hijo. Daniel, en cambio, me deseaba por completo. Me quería como esposa, como mujer… como madre de sus hijos. Y esa certeza me aterraba más que cualquier golpe. Él insistió con paciencia, sus palabras suaves, sus caricias contenidas. Pero yo mantuve las piernas cerradas, el cuerpo rígido como una piedra. No podía. No quería. Finalmente, Daniel se apartó. Respiraba con dificultad, y aunque la frustración ardía en sus ojos, su voz se mantuvo firme: —No te voy a forzar. Te lo juro. Retrocedió, y por un instante creí que todo acabaría ahí. Pero de pronto su cuerpo se tensó, y la calma se quebró en mil pedazos. Giró hacia la pared y descargó su furia contra ella. Su puño golpeó una y otra vez, hasta que la piel se abrió y la sangre comenzó a manchar el yeso. Me quedé paralizada, con el corazón martillando en mis oídos. Ese hombre que juraba protegerme era el mismo que estallaba en furia como un animal herido. ¿Quién era realmente Daniel D’Avola? ¿El esposo paciente que prometía no dañarme, o el ser violento que sangraba contra la pared? No encontré respuesta. Solo el eco de mis propios sollozos y el miedo que, como un fantasma, parecía decidido a no abandonarme jamás.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR