Capítulo 19 POV Isabella

1105 Palabras
Nunca imaginé ser yo quien marcara el ritmo de un encuentro que en el pasado me atemorizó. Pero aquí estoy… frente a él… con el corazón golpeando contra mi pecho como un tambor de guerra, con la certeza ardiente de que esta vez no sigo, guío. La lencería se adhiere a mi piel como si hubiera sido creada para este instante. Cada encaje acaricia mis curvas como dedos invisibles, recordándome que tengo poder… que mi cuerpo no es súplica, sino promesa. Promesa de fuego, de control, de una mujer que ya no teme ser mirada. Siento el peso de su atención recorriéndome, lento, como si en cada centímetro encontrado reconociera una parte de mí que antes yo misma había olvidado. Y por primera vez… no tiemblo por miedo, tiemblo por el vértigo delicioso de saber que esta vez, todo sucede a mi manera. Cuando avanzo un paso hacia la cama, su mirada me envuelve. Daniel me recorre con los ojos con una lentitud que enciende cada rincón de mí, como si con solo observarme me convirtiera en un templo al que no se atreve a entrar de golpe… porque quiere saborear cada segundo antes de perder la cordura. Está allí, recostado, el torso parcialmente incorporado, los músculos tensos bajo la piel, expectante… casi depredador. Esa calma peligrosa que lo rodea no engaña: es un hombre acostumbrado a tenerlo todo bajo control. Todo… menos a mí. No dice nada. Y ese silencio suyo, tan lleno de intensidad, pesa más que cualquier palabra. —No apartes la vista —susurro, sorprendida por la firmeza de mi voz. —Ni aunque quisiera —responde con esa voz baja, rasgada, que me roza la piel como fuego. Subo a la cama despacio, sintiendo la tensión fluir entre nosotros como electricidad. Me acomodo a horcajadas sobre él, con la respiración suspendida, y siento cómo su pecho sube y baja con un control fingido que apenas logra sostener. Sus manos suben a mi cintura con una firmeza que no pide permiso, reclama, sin arrebatarme la libertad. Es como si me dijera “eres mía”… pero también “haz conmigo lo que quieras”. Y eso… eso me hace temblar. Daniel no necesita forzar nada. Sabe exactamente cuánta fuerza usar para que no olvide ni por un segundo quién es él. Su mirada me atraviesa, intensa, fija, tan suya que me desnuda el alma. No hay apuro. No hay miedo. Solo deseo. Sus manos se aferran con firmeza a mis caderas cuando me deslizo sobre él. Lo siento tensarse bajo mí, duro, caliente, y mi cuerpo responde como si lo conociera desde siempre, como si hubiese estado esperándolo. Su respiración se vuelve irregular; la mía también, desbordada, temblorosa, llena de algo que no sé si es vértigo o deseo. Antes de que pueda pensar, sus dedos se deslizan por mis muslos, subiendo con una lentitud que enciende cada fibra de mi piel. La tensión se vuelve insoportable… hasta que, con un tirón firme y decidido, me arranca las bragas, como si no soportara ni un segundo más entre nosotros. El sonido suave de la tela cediendo se mezcla con nuestras respiraciones agitadas, y el mundo se reduce a eso: a su necesidad de tenerme y a la mía de no detenerlo. Cuando una punzada aguda me cruza al unirnos por primera vez, él lo percibe al instante. Sus dedos aprietan un poco más, como si quisiera sostenerme, protegerme y reclamarme todo a la vez. —Mírame —ordena, con voz grave, profunda, cargada de posesión y de una ternura que apenas se atreve a mostrarse. Sus ojos se clavan en los míos como anclas, intensos, tan cerca que siento su respiración rozar mi rostro. En ese instante no existe nada más. No hay ruido. No hay mundo. Solo él… y yo. —Isabella… —susurra, apenas respirando—. ¿Te duele? El temblor en mi cuerpo no nace del miedo, sino de la fuerza de lo que estamos creando aquí. Lo miro, sonrío suave, aunque las mejillas me arden. —Ahora eres mío —digo sin responder a su pregunta, en un hilo de voz cargado de algo más que deseo. Sus pupilas se dilatan de golpe, como si acabara de atarse a mis palabras. Se inclina apenas, con esa fuerza silenciosa que nunca desaparece. —Siempre lo seré —responde. Y su voz me atraviesa como una caricia que quema. Entonces el dolor se disuelve, rendido ante el calor que él me entrega sin reservas. Sus manos, grandes, fuertes, me guían sin robarme el control, marcando un ritmo que no es suyo ni mío: es nuestro. Cada respiración se vuelve un choque suave, cada movimiento una confesión muda. Sus dedos ascienden por mi espalda como si ya conocieran el camino, lentos, seguros, hasta que un suave clic rompe el silencio. Mi brasier cede, y el encaje se desliza como un susurro hasta desaparecer. Mis pechos se presionan contra su piel ardiente, y el contraste de calor me arranca un jadeo que no intento contener. Daniel cierra los ojos un segundo, como si el contacto lo marcara desde adentro, y al abrirlos de nuevo hay una devoción primitiva, un hambre contenida que me roba el aire. Sus manos me sujetan con más firmeza, sus caderas responden a las mías con un ritmo que ya no es duda, sino fuego. La fricción se vuelve un lenguaje propio, uno que no necesita palabras. Siento cómo me busca, cómo se aferra, cómo se vuelve adicto a mi piel, como si no existiera nada más que este instante. Cada respiración suya contra mi cuello es un anzuelo; cada beso, una marca invisible que me estremece. De pronto, su boca desciende por mi piel con una calma peligrosa, como si disfrutara cada segundo de mi temblor contenido. Cuando atrapa uno de mis pezones con los labios, un gemido suave se me escapa sin poder evitarlo. El calor húmedo de su boca me sacude entera; la lengua juega lenta, precisa, como si supiera exactamente dónde dejarme sin aliento. Sus manos me sujetan firmes, anclándome a su cuerpo, guiándome sin arrebatarme el control. Él domina, sí… pero me entrega el centro de la tormenta. Nos movemos juntos, en un vaivén que arde y a la vez calma, que me ata y me libera al mismo tiempo. Su mirada no se aparta. No me da tregua. Y yo… tampoco quiero escapar. En cada beso robado, en cada respiración compartida, hay una verdad silenciosa, ardiente, que no necesita ser dicha. Ya no hay un tú y un yo. Solo nosotros. Fuego y piel. Dominio y libertad. Pertenencia.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR