El vapor ascendía en espirales, dibujando sombras suaves en el espejo empañado. Había dejado a Daniel a solas en el comedor después de la cena. Él no había dicho nada, pero algo en su mirada me dijo que necesitaba aclarar su mente.
Me quité la ropa sin pensarlo demasiado y me metí bajo el agua. La calidez me envolvió los hombros, pero mi mente no se calmó. No podía dejar de pensar en él… en ellos. Daniel, Enzo, Paolo. Tres nombres, tres sombras del mismo hombre. Tres maneras distintas en las que me habían tocado sin hacerlo del todo, en las que habían abierto algo dentro de mí que ni siquiera sabía que existía.
¿Importaba realmente quién era quién? Tal vez no. Quizá yo estaba igual de rota, igual de fragmentada.
Cerré los ojos, dejando que el agua resbalara por mi cuello, por mis pechos, por la línea de mi vientre. Reviví el momento en que Daniel me había mirado como si estuviera descubriendo la forma del amor por primera vez. Y el modo en que Enzo había susurrado mi nombre como si temiera romperlo. Paolo… él me había hecho sentir realmente especial antes de devorar mi sexo, y esas tres cosas me había parecido el acto más íntimo de todos.
No supe en qué momento sentí su presencia. Tal vez fue el aire, o el cambio en el sonido del agua. Solo lo supe cuando unas manos fuertes se deslizaron desde mis caderas hasta cubrir mi vientre, y su pecho desnudo se pegó a mi espalda.
—¿Daniel? —susurré, sin atreverme a girar.
—No podía quedarme afuera —respondió con voz ronca, casi un suspiro. El agua fría que caía de la regadera lo atravesaba sin que se inmutara, y en ese instante comprendí el contraste que éramos. Él, la dureza de un mundo donde no había espacio para la ternura. Yo, el refugio que no sabía ofrecer.
Sus brazos me envolvieron con una suavidad que me hizo temblar. No de miedo. De reconocimiento.
—Nadie ha recibido esto de mí —dijo contra mi oído, su voz grave, contenida—. Nadie.
El aire se llenó de verdad, de esa que corta más que cualquier mentira. Mi cuerpo se arqueó apenas cuando sus labios rozaron la curva de mi cuello. Podía sentir su respiración caliente, su deseo contenido, la batalla silenciosa que libraba entre el control y la rendición.
—Solo quiero jugar… —murmuró, pero su tono traicionó la tensión que lo consumía.
Yo sabía que no era solo un juego. Lo sentía en su respiración, en la forma en que sus dedos se aferraban a mí como si temiera que desapareciera.
Cuando su erección rozó la parte baja de mi espalda, un gemido ahogado escapó de mis labios. No pude evitarlo. Mi cuerpo lo reconocía como algo inevitable.
Entonces, sonó el teléfono.
Un timbre seco, insistente, que desgarró la atmósfera suspendida entre nosotros.
Daniel se quedó inmóvil. Luego, muy despacio, soltó un suspiro contenido y se apartó. Yo aproveché ese segundo para dar un paso al frente, cerrando el agua, buscando la toalla. No podía mirarlo, no después de haber sentido su deseo.
Me envolví como si la tela pudiera ocultar lo que acababa de pasar y salí antes de que él regresara.
Lo escuché contestar. Su voz era distinta, más fría, más él. Cuando colgó, ya me había vestido.
—Las cosas están yendo demasiado rápido —dijo, quedándose en el umbral del baño, aún húmedo, el cabello pegado al rostro—. No quiero que pierdas el control. No quiero que luego me alejes por eso.
—¿Y qué pasa si ya lo perdí? —pregunté, sosteniendo su mirada.
Sonrió con un gesto que era mitad ternura, mitad derrota.
—Entonces déjame ser el que se pierda contigo… pero no esta noche.
Su autocontrol me dolió más que cualquier rechazo. Así que, antes de que el silencio se volviera insoportable, lo dije.
—Vámonos este fin de semana. Solo tú y yo. Sin ruido, sin teléfonos. Quiero que veas lo lista que estoy para esto.
Me observó en silencio, y durante un instante pensé que rechazaría mi propuesta. Pero entonces asintió.
—La familia tiene una villa cerca de la Toscana —confesó con calma—. Nunca he llevado a nadie allí. Ni siquiera… —hizo una pausa breve, bajando la mirada—. Nunca he tenido algo así, como lo que tenemos nosotros. Siempre fue rápido. Sin emociones.
Sus palabras me estremecieron. Era una confesión más íntima que cualquier caricia.
—Entonces será la primera vez para los dos —dije, sin apartar los ojos de él.
Cuando llego el sábado, me vi a mí misma frente al espejo, supe que algo en mí había cambiado. El vestido rojo que elegí era más ajustado de lo habitual, más atrevido. Mis labios tenían el color del vino que él solía beber. No era vanidad. Era una declaración para provocarlo.
Durante el trayecto hacia la villa, el paisaje italiano se extendía como una pintura viva. Daniel conducía con una mano en el volante y la otra descansando sobre mi muslo, posesivo incluso en los gestos más simples.
—Te ves hermosa —dijo, sin apartar la vista del camino—. Si alguno de esos idiotas en mi cabeza intenta arruinarlo voy a tener que patearme a mis para que no salgan a intentar pasar tiempo contigo.
Reí suavemente. No lo habíamos hablado, pero para él ya era obvio que sabia la verdad así que ya ni siquiera lo mantenía en secreto.
—No necesitas hacerlo. Ya hablé con ellos. Enzo y Paolo son parte de ti, Daniel. Así que no tienes que luchar contra ti mismo.
Él me miró un segundo, sorprendido, y luego soltó una risa baja, genuina.
—Dios… eres perfecta.
La villa nos recibió con su silencio dorado, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Daniel bajó primero, ofreciéndome la mano. Por un momento dudé, no por miedo, sino por la conciencia de lo que significaba dar ese paso.
Dentro, las paredes de piedra y el olor del vino viejo creaban un ambiente íntimo. Él dejó las llaves sobre la mesa y me observó con esa mirada que me desarmaba.
—¿Vas a seguir mirándome así todo el fin de semana? —pregunté, fingiendo seguridad.
—Solo si me dejas descubrir qué hay detrás de esa mirada tuya —respondió, acercándose un poco más.
El aire entre nosotros vibró. Pero esta vez, no retrocedí.
—Tendrás que alcanzarme primero —le dije, girando hacia las escaleras.
Él rió, bajo, oscuro, siguiéndome con pasos lentos.
—Eso, Isabella… no sabes cuánto me gusta cuando me desafías.
Y supe, al verlo allí, al sentir cómo el deseo y la emoción se mezclaban en cada palabra, que ya no era la mujer sumisa que una vez fui.