Néstor Tiempo. Creo que le había dado demasiado tiempo; habían pasado un par de semanas y ella no había vuelto. No quería que mi madre sospechara nada, pero me sentía de una forma muy extraña: frustrado, enojado, no lo sé. Pasaba mis días enfocado en el trabajo para no pensar en ella. ¿Por qué se había ido de esa manera? ¿Por qué no había vuelto? ¿Qué mierdas había cambiado? Alguien toca mi hombro y yo lo miro molesto, pero es el comandante, así que solo suspiro y sonrío, aunque mi sonrisa parece más una mueca. —¿Te sucede algo, Néstor? Has estado muy distraído. Creo que te hacen falta vacaciones. Yo asiento pues no le voy a decir a mi comandante que no me quito de la cabeza a una chiquilla. —Sí, usted sabe que con todo lo que pasó con los Betancourt he estado un poco cansado. Él me

