Nuevo día. Nuevas cosas y nuevas aventuras. Estaba parada frente al espejo acomodando mi cabello, las ondas eran suaves, mis dedos no se enredaban y eso me indicó que estaba lista para salir. María estaba abajo, cocinando, había olvidado avisarle que ayer no estaría. Por consecuencia vino y tuvo que irse al notar mi ausencia. Mis inseguridades se estaban esfumando, me sentía más confiada, después de la fiesta de ayer, de lo que sucedió y como acabaron las cosas, no tenía más cabeza para pensar que en Clara. Cuando Alexander se quedó quieto, parado en su lugar. Le susurré al oído a mi amiga que me retiraría, ella tomó mi brazo, sollozó y salió corriendo hasta el estacionamiento. Desde ayer no hemos hablado. No sé que sucedió con el bebé, con Alexander y sus manos temblorosas. Ambos debían tener miedo, me imagino a el chico metido debajo de la mesa intentando pensar cuál fue la causa del aborto, porque ella no había hablado con él. Porque todo se dió de esta forma.
Introduje una fresa a mi boca, analizando la situación. Estar parada frente a un grupo de cocineros, expertos en especies, condimento y verduras fue aterrador. Mi madre hubiera ido a animarme, y estoy segura que mis mejillas se hubieran incendiado. Sonreí ante el recuerdo de la mujer que me dió la vida, aquella mujer que murió y no tuvo la esperanza de volver a verme. Ni yo a ella. Al final de todo solo nos queda el recuerdo. Un recuerdo que poco a poco va borrando cada facción, cada sonido y cada rastro. ¿Así funciona? ¿Funciona de esta forma la vida? Un camino lleno de piedras, que debes aprender a sobrellevar, un mundo lleno de estereotipos. "Hay una vida por delante" Desperdiciarla no parece una opción, sin embargo, en el peor de los casos suele serla.
Moví mis pies hacía delante y agarré al gato Louis, a veces venía a visitarme. Era un pequeño peludo blanco. Noté que era callejero por lo sucio que estaba, no obstante, un día decidí criarlo como si fuera mío. Ambos nos llevamos bien, María hace la comida y yo se la sirvo, limpio sus cosas y me encargo de su aseo personal. Comprarle ropa y accesorios es mi parte favorita del asunto.
—Nos vemos más tarde Stella. Recuerda calentar la comida de Louis—Se quitó el delantal, amarró su cabello y camino hasta la puerta. Debía grabar en mi mente las indicaciones que me dejaba, solía olvidarlas con frecuencia, mi mente no era muy audaz.
—Bueno pequeño Louis creo que nos hemos quedado solos—argumenté acariciando su pelaje, sus ojos amarillos me encantaban, el ronroneaba con felicidad y se agachaba para que le mostrará aún más afecto, parecía una costumbre. Consentía más al gato que a Clara.
Tomé el atún y lo calenté, coloqué aliños, lo pase por un pizca de aceite y se lo serví. Irme hacía el local fue lo que hice después, había salido hasta el estacionamiento llena de productos nuevos. Quería que Thomas aprendiera nuevas técnicas, que expandiera su conocimiento. Y si yo podía ayudarlo, entonces no dudaría en hacerlo. Confiaba en su potencial. Cuando era pequeña mi padre me decía que hacer lo que desees está bien, pero siempre debemos tener un «motivo» algo que nos impulse, una razón real y no algo falso, poco creíble e irrazonable.
—¡Thomas! Llegué.
—Stel—salió sonriendo. Tenía una camisa negra, el cabello alborotado y unos jeans. Su cara estaba llena de harina, sus manos igual. El simplemente hizo un desastre en la cocina—Ha ocurrido un pequeño accidente, Alfred está ayudándome.
—¿Que preparan?—pregunté entrando después de él.
—Nuestro Jefe—apuntó—Ha querido hacer unas donas. Pero tiró la harina al suelo, luego intento recogerla y acabo así. Lleno de harina, sin preparar donas y sin una pizca de limpieza.
—Thomas es más torpe que yo—solté una carcajada
—Ni de coña, nadie se compará contigo
—Puede ser. Mueve el culo, limpiemos esto para comenzar a preparar donas.
—¿Reales?
—Reales—afirmamos Alfred y yo al unisonó.
Tratar de acomodar todo fue un proceso. Primero fui a buscar lo que usaríamos para limpiar. Todos colaboramos y al acabar, nos sentamos en el suelo con las piernas estiradas. Ninguno decía nada. Tenía ganas de hablar con Alfred sobre lo que había escuchado. Era muy torpe, no era mala persona ¿Por qué pensar que le haría daño a Thomas? Mi mente era tan pequeña como para haber imaginado algo así. Tal vez ni siquiera era eso, tal vez solo estaba tan sumergida en mis ansias de crecer que no pensé en nada más.
Miré mis zapatos deportivos, levanté mi cabeza y miré al frente. El estaba ahí, recargado de la pared.
—Alfred ¿Te caigo mal?
—No—respondió con los ojos cerrados. Mi jefe me observo sabiendo a dónde iba está conversación—¿Por qué preguntas?
—Oí su conversación—susurré—Es decir, no quise hacerlo. Solo buscaba a Thomas y de pronto tu no querías que fuera con el, me sentí mal—admití.
—Tenía miedo—su cabeza bajo con cuidado, parpadeó, sonrió y se acercó a mí—Eres como una niña pequeña Stella. He tardado en comprenderlo. Aunque tú cuerpo está de infarto, cualquiera quisiera follar contigo. Estás buena ¿No es así Thomas?
Se encogió de hombros.
—Lo mensa opaca su cuerpo
—Oh, gracias—reí—Son unos tontos.
—Lo sabemos
Pasar tiempo con ellos me gustaba, había disuelto mi duda, comprendí que el temor de un amigo siempre va a estar presente. Mordí mi labio inferior y miré el techo. Cuando estaba en el instituto, pensaban que si besaba a un chico quedaría embarazada. Era algo cómico, siempre andaba huyendo de aquellas personas hormonales que querían besar mis labios, un día, desprevenida un chico me besó, me quedé quita sin saber que hacer, quería golpearlo, huir y llamar a mamá, sin embargo, lo único que hice fue llorar. Los profesores no entendían, a pesar de mi explicación me decían que todo lo que decía no tenía sentido. Que era imposible. Y joder cuánta razón tenía, pero era pequeña, estaba asustada y lloraba a mares. Tuvieron que llamar a mis padres. Cuando llegaron, me acerqué a ellos con una paleta que tenía en la mano y les susurré «Estoy embarazada, ese niño me ha besado».
Las risas no faltaron, las mejillas se me incendiaron y no volví a poner trabas. Mis padres me explicaron con esa edad, que para tener un bebé se debían hacer cosas más complicadas. Thomas se levantó y abrió el local. Las personas no tardaron en entrar. Salí vestida de mesera y empecé a entregar los pedidos. Una chica de cabellera roja no había dejado de mirarme, me acerqué a ella con un jugo y lo puse en la mesa con brusquedad.
—Los he visto en la televisión—Hablo tímida—Aunque no ganarán pienso que llegaron muy lejos.
Abrí mi boca para responder algo pero la cerré. Pensé que ella me estaba juzgando, cuando yo era la que confundió la situación. Le sonreí con nervios.
—Muchas Gracias, nos gustaría ganar algún concurso.
—De seguro que sí. Thomas es muy talentoso y atractivo—murmuró.
—Lo es—aseguré—Volveré a trabajar.
Había terminado la jornada del día, estaba sentada en la cocina, tenía las manos llenas de agua, con un pañuelo a mi lado y dos chicos sin ánimos de hablar. Había sidó un día duro, las personas se acercaban a comprar, mirar y felicitarnos por la competencia. A la final, había servido de algo ir. Teníamos más clientes, más mercancía, más ventas y mejores resultados en los rankings semanales.
Alfred se levantó, rascó su mejilla derecha y suspiró.
—Debo ir a casa ¿Nos vemos mañana?
Asentimos.
—Nos hemos quedado solos.
—En definitiva.
—¿Cuál es tu sueño Stella?
—Quiero aprender a cocinar comida italiana. Quiero ser experta en eso.
—Me parece que es un sueño reciente ¿O me equivoco?
—Se hizo mi sueño desde que te conocí—confesé
—Yo quiero ser el mejor respostero. Ser un empresario famoso, tener mis propias sucursales. Quiero brillar y que todos me respeten.
—Algún día va a suceder.
—¿Eso crees?
—Eso creo—respondí segura.
Levanté mi cuerpo, me despedí de Thomas y partí hacía casa. Eran las ocho de la noche, mis amigos no habían mandando mensaje, ninguno me había actualizado de la situación. Sin embargo, cuando caminaba, miré a Alexander, con un suéter n***o, los lentes abajo, y una mirada triste. Me costaba verle así, era mi amigo, siempre lo había sidó a pesar de todo. Mis pasos se hicieron rápidos, intenté alcanzarlo y tomé su hombro con seguridad.
Su cuerpo se tensó, sus manos se pusieron sobre la mía y bajó la oscura noche se aferró a mí. Con fuerza, liberando todo lo que llevaba adentro.
—Perdí un hijo Stel, perdí un pequeño niño que pudo amar tanto el anime como yo.
—Alex, no sabemos lo que sucedió—susurré—Tu bebé quizás no debía nacer aún.
—¿Y si ella decidió matarlo?
—Abortarlo—corregí—Las decisiones de Carla son fuertes, pero dudo que fuera algo consentido.
—No ha contestado mis llamadas—se alejó—No quiere verme, hablar ni discutir.
—Iré a su casa, mañana te llamaré ¿Vale?
—¿Me dirás toda la verdad?
—Lo haré.
Asintió metiendo sus manos en los bolsillos de la chaqueta. Divagué por las calles de Milán, intentando asimilar todo lo que ocurría, quería meterme en un curso, enamorarme tanto de la cocina como Thomas lo hizo. La independencia se convirtió en una meta, tomaría las riendas de mi vida y no las soltaría. Estaba dispuesta a valerme por mi misma y el primer pasó era despedir a María. Concentrarme en aprender, equivocarme y dar pasos firmes sin mirar atrás. Llegué a casa, le di de comer a Louis y me acosté en la cama. Mis ojos no tardaron en recibir el sueño. Y así me quedé completamente perdida en las nubes de mi pequeña cabeza.
Al día siguiente. Un fuerte dolor de cabeza me invadió, me levanté sin ganas de nada. Miré a mí al rededor, el gato Louis estaba sentado a mi lado, viendo mis movimientos. Cerré los ojos y me acerqué a la cocina. María estaba ahí, con una sonrisa y sus manos metidas en la exquisita comida que tanto amaba probar. No quería despedirla, pero todo era dar un paso.
—Sra. María—comencé—Debemos hablar.
—¿Hice algo mal?—preguntó de pronto.
Negué repetidamente y me levanté de mi asiento.
—Lamento decirle que a partir de ahora ya no trabaja más para mí.
Silencio. Ella se quedó quieta en su lugar, se quitó el delantal y me miró con lastima, decepción, dolor.
—No ha sidó su culpa—me apresuré a decir—Solo quiero aprender a realizar las cosas por mi misma. Lamento esto—murmuré dolida—Puedo buscarle trabajo en otro sitio.
—No se preocupe señorita Stel, entiendo a lo que se refiere. Terminó sus papás fritas y me marchó.
—Vale—asentí—¿Puedo ayudarle?
No dijo nada, sin embargo, me dió un espacio y me mostró como se hacía. La manera correcta de cortar las papas, la forma en la que se fríe y todo lo que debía saber. Mi madre siempre cocinaba para papá, estaba pendiente de lo que él disfrutaba, incluso más de lo que debería. La Señora María, fue mi Nana desde su muerte, por las noches solía tener pesadillas, me costaba creer que nunca volvería a verlos. Y más después de llorar cada noche, esperando volver a escuchar sus voces.