31 de enero de 1942. La ciudad estaba en silencio. A lo lejos, la poca gente que aún vivía caminaba en busca del alimento diario. Anastasia no quería levantarse del lecho, los huesos le dolían, y la piel le ardía. Anastasia estaba segura de que tenía fiebre. Sin embargo, haciendo acopio de todas las fuerzas, se levantó del colchón para ir a buscar comida. En cuanto se levantó, buscó entre sus cosas un pequeño espejo y se observó el rostro. Anastasia se miró la cara y se vio hinchada y azulada. Se veía terrible con los ojos caídos, los parpados embolsados y la piel descolorida. Anastasia dejó de lado el espejo y miró de reojo a Tatiana. Hacerlo le suponía un suplicio, pues su hermana empeoraba cada día. No había ningún tipo de mejoría. —Tatiana —llamó débilmente. Tatiana abrió los ojos

