Capitulo 6: El error fatal

1008 Palabras
El sol comenzaba a caer en el horizonte, tiñendo el cielo de un tono cálido y rojizo. Ana estaba en casa, el tiempo se había dilatado durante toda la tarde. Había tomado la decisión de no pensar en lo que había hecho, de no dejar que la culpa la ahogara por completo. Tomás había salido temprano en la mañana para un viaje de negocios, algo que ella había considerado una suerte. Necesitaba este momento, necesitaba a Javier cerca, aunque no estuviera completamente segura de lo que estaba haciendo. Javier había llegado hacía unos minutos, con su habitual sonrisa en los labios y esa chispa en los ojos que la hacía sentir tan viva, tan deseada. Él la miraba como si todo lo que fuera importante en el mundo estuviera allí, frente a él, en esa casa que compartía con Tomás pero que ahora parecía ser solo suya, por un instante, solo suya. —¿Estás segura de que Tomás no está en casa? —preguntó Javier, mientras cerraba la puerta detrás de él, con un aire de cautela que parecía innecesario. Ana asintió, aunque una parte de ella sabía que estaba jugando con fuego. Pero en ese momento, la pasión, la urgencia de su amor por Javier la nublaba por completo. La casa vacía, el silencio que la rodeaba, todo parecía el escenario perfecto para lo que ambos deseaban, lo que ella deseaba. Las horas pasaron entre risas, miradas intensas y susurros que llenaban el aire. La atracción era innegable, eléctrica, y cuando sus labios se encontraron, todo lo demás dejó de existir. No pensaban en las consecuencias, no pensaban en lo que Tomás, su marido, pudiera pensar si alguna vez lo descubría. Solo había deseo. Y en ese momento, Ana necesitaba olvidar la culpa que pesaba sobre su pecho, las preguntas que la atormentaban. Necesitaba sentir, necesitaba que su cuerpo reaccionara como lo hacía en esos momentos. Se entregaron al momento, a la necesidad, a la pasión que no podía ser reprimida. Pero en lo más profundo de su mente, Ana no podía dejar de preguntarse si esto realmente era lo que quería. ¿Qué quedaría después de esto? La idea de volver a la rutina de su vida con Tomás la aterraba, pero al mismo tiempo, la relación con Javier no era algo sencillo. Era un amor prohibido, un fuego que ardía de una manera que no sabía si podría controlar. Justo cuando sus cuerpos se encontraron en un suspiro de culminación, un sonido hizo que el mundo de Ana se detuviera. Un ruido sordo, la puerta principal abriéndose. El corazón de Ana se detuvo en su pecho, un frío repentino la envolvió. Fue un segundo, una fracción de tiempo que parecía eterno, pero en ese instante, comprendió lo que había hecho. Tomás había regresado antes de lo previsto. El aire se volvió denso, pesado, como si el oxígeno mismo se hubiera escapado de la habitación. Ana se levantó rápidamente, su corazón latiendo con fuerza, y vio cómo Javier, con una expresión de sorpresa y miedo, también se apartaba, rápidamente vistiéndose. Pero no había forma de escapar de lo que ya estaba ocurriendo. Tomás estaba ahí, parado en el umbral de la puerta, su mirada fijada en ellos, una mezcla de incredulidad y furia. —¿Qué… qué está pasando aquí? —la voz de Tomás era un susurro bajo, pero cargado de dolor y desconfianza. Su rostro, por lo general tranquilo, se había transformado en una máscara de enojo y desconcierto. Ana no pudo responder, su garganta estaba cerrada, los ojos llenos de lágrimas que no se atrevían a caer. ¿Qué podía decir? La verdad, la cruda verdad estaba ahí, frente a ella, expuesta. No había excusas, no había palabras que pudieran borrar lo que había hecho. Javier no se movió. Sabía que las palabras no importarían ahora. La tensión en la habitación era insoportable, y cuando por fin Tomás se acercó, su mirada fue tan fría como el hielo. —¿Cómo pudiste, Ana? —preguntó, y su voz, aunque calmada, temblaba con un dolor tan profundo que hizo que Ana sintiera un nudo en el estómago. —¿Cuánto tiempo… cuánto tiempo ha estado pasando esto? Ana no pudo responder. Sus palabras se perdían en su mente, atadas por el miedo, por la culpa. Tomás la miraba como si ya no pudiera reconocerla. Esa mujer que había sido su esposa durante tantos años, la mujer con la que había planeado una vida, ya no era la misma. —Es… no es lo que parece, Tomás —intentó decir, pero las palabras se ahogaron en su garganta. —No, no lo es. —La voz de Tomás se quebró finalmente, y por un instante, Ana vio la angustia en sus ojos, algo que nunca antes había visto. —¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste… traicionarme de esta manera? El dolor en sus palabras era evidente, pero también lo era la rabia que comenzaba a aflorar. Tomás dio un paso atrás, alejándose de ella. La distancia entre ellos parecía insalvable. Ana miró a Javier, que estaba de pie, inmóvil, sin saber si debía intervenir o irse. Sus ojos se cruzaron en silencio, pero en ese silencio, todo ya estaba dicho. Lo que había comenzado como un deseo ardiente había desencadenado una tormenta que ahora parecía imposible de detener. Tomás miró a Javier con desprecio, su rostro enrojecido por la ira. Finalmente, se volvió hacia Ana, y con una calma aterradora, dijo: —Sal de mi casa. Ambos. Ana sintió el peso de sus palabras como un golpe. Sin pensarlo, sin atreverse a mirar a Javier una vez más, salió de la habitación. Tomás la observó irse, la culpabilidad la devoraba, pero ella sabía que ya no había marcha atrás. Había cruzado una línea que no podía deshacer. Afuera, en el silencio de la noche, Ana miró hacia el vacío, incapaz de encontrar respuestas. La tormenta ya estaba aquí. El precio de sus decisiones era más alto de lo que jamás había imaginado.
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