Capitulo 4: La verdad que acecha

1035 Palabras
Las semanas pasaron rápidamente, y con cada día que pasaba, la conexión entre Ana y Javier se volvía más profunda, más difícil de ocultar. Cada encuentro, cada mirada furtiva, parecía fortalecer lo que estaban construyendo en secreto. El amor que compartían era silencioso, casi clandestino, pero su intensidad aumentaba cada vez que se veían, y Ana no podía evitar sentirse atrapada en un torbellino de emociones. Javier se había convertido en una presencia indispensable en su vida, un refugio que no podía rechazar, aunque el precio que estaba pagando era cada vez más alto. Pero fuera de esa burbuja privada que habían creado, las cosas comenzaban a desmoronarse. Ana empezó a notar las pequeñas, pero inquietantes, señales de que algo no iba bien con Tomás. Aunque él nunca había sido de mostrar demasiadas emociones, últimamente había algo en su mirada que la hacía sentirse incómoda. No era solo su silencio, ni su actitud distante, sino una sensación palpable en el aire, como si algo en su relación estuviera cambiando. Una noche, mientras cenaban, Tomás la observó durante un largo momento, como si estuviera evaluando algo en ella. Ana intentó mantener una actitud normal, pero se sintió vulnerable bajo su mirada. Había estado evitando el contacto físico con él, el abrazo casual al final del día, las conversaciones profundas que antes compartían. Todo aquello se había vuelto distante, como si hubiera una barrera invisible entre ellos. Sin embargo, lo que más la atormentaba no era lo que ella sabía que estaba haciendo, sino la forma en que Tomás la miraba, como si estuviera comenzando a intuir algo. —Ana, ¿estás bien? —preguntó Tomás, su voz teñida de una preocupación que, aunque genuina, le resultaba extraña. Su tono era más suave de lo habitual, como si estuviera buscando algo en ella que se le escapaba. Ana levantó la mirada y se encontró con sus ojos, profundos y serios. Sintió que una presión invisible comenzaba a apoderarse de su pecho, pero intentó ocultarlo detrás de una sonrisa forzada. —Sí, claro. Solo estoy un poco cansada, nada más —respondió, evitando la mirada que parecía penetrarla. Tomás asintió, aunque no pareció convencido. Volvió a centrarse en su comida, pero Ana pudo sentir su mirada aún en ella, como si estuviera esperando algo, una respuesta que ella no podía dar. El ambiente entre ellos se había vuelto incómodo, aunque nadie lo dijera en voz alta. Los días siguientes, Tomás comenzó a comportarse de manera diferente, como si estuviera observando más de cerca cada uno de los movimientos de Ana. Empezó a preguntarle con más frecuencia sobre su día, sobre sus actividades, sobre las personas con las que se encontraba, como si estuviera buscando algo, como si ya sospechara que algo no estaba bien. Cada vez que Ana se encontraba con Javier, sentía un nudo en el estómago, como si la culpa la envolviera. Sabía que estaba viviendo una mentira, pero el amor y la pasión que sentía por Javier hacían que fuera más difícil alejarse de él. Una tarde, mientras Ana organizaba su agenda en la oficina, Laura la llamó para hablar sobre el próximo evento corporativo. Durante la conversación, Ana notó que Javier la miraba desde la otra punta de la sala. Ella lo ignoró al principio, centrada en la llamada, pero al final, no pudo evitar levantarse y caminar hacia él. Aunque estaba rodeada de compañeros, la tensión entre ellos era tan evidente que parecía que todo a su alrededor desaparecía. —¿Todo bien? —preguntó Javier, acercándose con una sonrisa que, aunque disimulada, le transmitió un mensaje claro: él también lo sentía. El deseo, la necesidad, el vacío que los unía. Ana se mordió el labio, sintiendo la emoción de su cercanía. Pero esa cercanía también le recordaba lo que estaba perdiendo en casa. Las palabras de Tomás, su mirada preocupada, el silencio que lo invadía… Todo empezaba a acumularse en su pecho, como un peso que no podía ignorar. —Todo bien, solo… —Ana titubeó—, solo necesito un poco de espacio, Javier. No puedo seguir con esto si… si no soy capaz de manejarlo. Javier la miró con intensidad, pero no dijo nada. Parecía entenderla, pero también parecía estar al borde de un precipicio, a punto de caer con ella en una relación que ambos sabían que no podían mantener en secreto por mucho más tiempo. —Lo sé, Ana. Pero no podemos seguir pretendiendo que esto no significa nada —respondió él, su voz suave pero firme—. No podemos seguir así. Ana cerró los ojos por un momento, tratando de encontrar una respuesta que no viniera acompañada de culpabilidad. Pero no la tenía. En ese instante, la distancia entre lo que sentía por Tomás y lo que sentía por Javier se volvió insostenible. No podía continuar viviendo en dos mundos, pero tampoco sabía cómo abandonar el que la mantenía a salvo, aunque fuera solo en apariencia. Esa misma noche, cuando llegó a casa, Tomás estaba sentado en el sillón, mirando el televisor sin interés. La casa, que solía ser su refugio, ahora le parecía un lugar lejano. Ana se acercó y, sin pensarlo, lo miró fijamente. —Tomás, tenemos que hablar —dijo, su voz temblando ligeramente. Sabía que el momento había llegado, que no podía seguir ocultando lo que estaba sucediendo. Su corazón latía con fuerza mientras esperaba su reacción. Él levantó la mirada, y en sus ojos vio algo que no podía identificar. Preocupación, duda, miedo. Y, en medio de todo eso, algo más: una sospecha creciente. —¿Sobre qué? —preguntó él, sin dejar de mirarla, como si ya supiera lo que venía. Ana respiró hondo. No sabía si estaba lista para la confrontación, pero también sabía que no podía seguir viviendo en la mentira. La verdad, aunque dolorosa, tenía que salir a la luz. —Sobre nosotros, Tomás. Sobre lo que está pasando —respondió finalmente, su voz firme aunque temblorosa. Tomás se quedó en silencio, y en su mirada se reflejaba una mezcla de desilusión y miedo. Ana podía sentir cómo todo su mundo se desmoronaba, pero sabía que ya no había vuelta atrás. La verdad, finalmente, comenzaba a acecharla.
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