--Oh señor D’angelo perdón por entra así creí que no habia nadie. – de inmediato Ámbar se alejo pero sin darle la cara al hombre que había entrado. Se acomodo el saco y se cubrió la boca, sus labios estaban hinchados –De verdad no quise interrumpir. – la voz era inconfundible. Reconocería esa tonalidad aunque pasarán mil años, en otro momento hubiera sido vergonzoso por quién era el ahora, desearía enfrentarlo y demostrar que ya no le importaba, pero después de todo era una mujer descuente. Con más inquietud se mantuvo dándole la espalda. Si seguí así no la reconocería. No tenía ganas de hablar con el en toda su vida. --Señor Grassi,-- ojalá tuviera una escopeta ahora aquí mismo -- y si no hubiera nadie cómo piensa que puede entrar aquí --Pensé en esperarlo dentro – observo con cierta

