Capítulo 2

1013 Palabras
Agradecí infinitamente a mi tía, por estar ahí para ella, por buscar siempre la manera de hacerla sentir incluida y querida. Su compañía fue un alivio que Ale necesitaba y que yo nunca dejaré de valorar. Lara siempre encontraba la manera de visitarnos en vacaciones o en cualquier oportunidad que tenía. Se convirtió en un apoyo fundamental para ambos, su risa le daba a Ale la confianza de sentir a alguien cercano. Y cómo olvidar a Josh. Él tampoco la dejó sola; incluso llegó a visitarnos en varias ocasiones. Yo estaba profundamente agradecido con los dos, porque de alguna manera, al tenerlos cerca, Ale podía sentir que todavía conservaba un pedacito de lo que alguna vez fue su hogar. Yo quería darle el mundo de ser posible. No había un solo día en el que no pensara en convertirla en mi esposa, en verla caminar hacia mí vestida de blanco, en sellar nuestro amor sin cadenas del pasado. Pero debía ser paciente, esperar un tiempo prudente, dejar que las aguas turbulentas se calmaran un poco antes de intentar hablar con Vanessa sobre el divorcio. No fue fácil, lo admito. Cada vez que la veía sonreír, cada vez que me abrazaba o me decía con sus locuras que era feliz conmigo, sentía la necesidad de hacerlo todo ya. Pero la vida me había enseñado que hay batallas que necesitan estrategia y no solo corazón. Lo que más me angustiaba era el tiempo… Porque lo último que quería era que Ale pensara que mis promesas se quedarían solo en palabras. Ella había renunciado a demasiadas cosas por estar conmigo, y yo solo quería demostrarle que nunca, jamás, la haría sentir que había tomado la decisión equivocada. … Recuerdo como si fuera ayer nuestra primera Navidad en Valencia. Decidí que no solo sería especial por ser la primera lejos de todo lo que ella conocía, sino porque quería regalarle un pedacito de hogar. Lo que Ale no sabía era que había invitado a Josh y a Lara. Cuando los vio aparecer en la playa una hermosa sonrisa se dibujó en sus labios y el azul de sus ojos se veía tan hermoso, que opacó la belleza del mismo mar. Fue un momento demasiado emotivo, uno de esos que se quedan grabados para siempre. Aquella noche terminó en locura. Josh, que se había adueñado de la barra improvisada en la arena, preparaba tragos para todos. Ale aseguró una y otra vez que se detendría en la primera copa. Pero la conocía… tres eran suficientes para perder la lucidez. Y así fue: después de la tercera, empezó a reír, bailar y llorar. A la mañana siguiente, salió de la habitación con la cabeza entre las manos. Yo estaba en la cocina, sin camisa, preparando el desayuno. Josh, se paseaba por la sala con el torso desnudo, mientras miraba su móvil. Ella levantó la vista, y lo primero que encontró fue a él. Vi el pánico en sus ojos, como si por un instante no recordara nada de lo que había pasado. Lo más seguro no recordaba. —Turquesa, buenos días —la saludó Josh con una sonrisa descarada. Ale abrió los ojos de golpe y me buscó con la mirada. Yo no pude contener la risa mientras le ponía una taza de café sobre la mesa. Ella soltó un suspiro largo, se llevó la mano al pecho y, como cada vez que juraba lo mismo, murmuró con solemnidad: —No vuelvo a tomar, lo juro. —Fingiremos creerte —respondimos al unísono. Más de esos momentos fueron los que empezamos a construir en nuestro nuevo mundo. … La etapa en que el amor de tu vida te cocine, así no sepa hacerlo recomiendo no saltársela. Todavía sonrío como idiota cuando recuerdo el día que celebró mi cumpleaños. Mi segundo cumpleaños viviendo juntos. Lo planificó todo con tanta ilusión, que hasta se atrevió a cocinar. Sí, a cocinar, como si eso fuera una de sus habilidades naturales. Spoiler: no lo es. La mesa estaba preciosa, llena de velas, flores y platos que, a simple vista, parecían sacados de un restaurante cinco estrellas. Pero apenas probé el primer bocado, entendí que hay etapas en la vida que no deben saltarse, y una de ellas podría ser morir intoxicado por una comida de tu guapa y sexy esposa. —¿Y? —me preguntó con una sonrisa. Tragué con esfuerzo, como si fuera cemento en vez de comida. No quería herirla, pero tampoco podía mentir. Me tomé un segundo, saboreando ese... desastre, y sonreí lo más naturalmente que pude. —Mi Sirena, ¿y hacer manualidades no te gusta? —Alan… —curvó su labio inferior en señal de puchero. —¿Sabes qué pienso? —le dije, inclinándome hacia ella, con ese tono bajo que siempre la hacía fruncir los labios como si pudiera leer mis pensamientos— Que podríamos pasar directo al postre… o sea, tú. —Alan —me reprendió, conteniendo una risa nerviosa—. Dime la verdad. ¿Está tan mal? Me recliné en la silla, como si tuviera que hacer un análisis profundo. —Bueno, mi Sirena… el arroz está algo crudo, el pollo está tan seco que podría usarse como yeso para reparar paredes, y no sé qué le pusiste a la salsa, pero juro que jamás había comido algo tan asqueroso. Las clases de mi tía definitivamente no han rendido sus frutos. —¡Oye! —exclamó con ese puchero que le salía perfecto, frunciendo la boca mientras cruzaba los brazos con fingida indignación— Me esmeré. ¡Estuve toda la mañana cocinando! —Y eso se nota —respondí, tomando su mano para besarla suavemente—. Porque aunque la comida no fue tu fuerte, el gesto… el gesto fue perfecto. No cambiaría ese día por nada. Ella fingió seguir molesta, pero no le duró ni dos segundos. Es esa conexión que nos unía incluso cuando todo salía mal. Es algo increíblemente hermoso al saber que estás exactamente donde quieres estar. Y yo, desde hace tiempo, lo estaba: al lado de ella.
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