Los primeros cinco días del novenario transcurrieron en completa calma. Los rezos me dotaban de esperanza, me reconfortaban. Doña Teresa y don Álvaro asistieron al segundo de ellos. Se disculparon por no haber estado en el entierro, pero se acababan de enterar. Admiré que no les importara en absoluto los señalamientos que causaba que siguieran frecuentando a la exmujer de uno de sus hijos. Su compañía jamás la olvidé. Ansiaba más ver a mis hijos, contarles lo que pasó, abrazarlos, consentirlos, escucharlos. Mis hermanos se quedaron a dormir en la casa de mis padres, las esposas e hijos fueron bien recibidos en casa de mi tía Antonia, y yo elegí quedarme con Isabel. Esteban usó la casa que fue de Rogelio. Lucas y yo lo llevamos en el carro el primer día. Demoró en abrir la puerta con la

