POV SUHELEM
Observo mi móvil como si fuera algún extraterrestre a punto de marcharse de la tierra; Cole no ha vuelto a llamar y tampoco a regresado.
- ¿Por qué no lo llamas tú? – pregunta Artemis al verme tan decaída
- ¿A quién? – pregunto fingiendo ignorancia.
- Deja de hacerte la tonta – Arte deja su limonada sobre la superficie de la mesa de manera ruidosa, su tono anuncia sermón.
- Escucha… - debo ser sincera con alguien en este mundo y ella siempre es discreta, bueno; cuando le conviene – Después de que desapareció durante la luna de miel de Kavin y Mar, estuvo llamándome más de cien veces al día, durante una semana completa.
- ¿Y cuantas de esas veces respondiste? – su mirada es acusadora
- Ninguna – admito
- ¡Ay Suhelem!
- ¡Estoy molesta! – me excuso, cruzándome de brazos – Siempre desaparece. Así, sin más. Y luego regresa muy campante, como si nada. Además… ya no soy su esposa. No tengo porque soportar esto.
- ¿Entonces cuál es el problema? – desvío la mirada. Tragarme lo que siento es fácil cuando nadie pregunta. Pero Arte no va a dejarme salir de esta sin confesar.
- Hace tres semanas que no llama – respondo en voz baja.
- ¿Y? – parece que Artemis quiere sacarme las palabras con cuchara
- Estoy preocupada –confieso, sintiendo la garganta apretada – Y molesta. Hoy es el cumpleaños de Ethan. Ha estado preguntando por su padre y ya no sé qué más decirle – El silencio se instala entre nosotras por un instante. No el incomodo, sino el que pesa.
- ¿Y qué vas a hacer? – pregunta Artemis, más suave esta vez.
- No lo sé. Una parte de mi quiere llamarlo. La otra quiere que se quede lejos para siempre. Y luego está Ethan… él no entiende de orgullo, ni de dolor.
- Él solo quiere a su padre.
Asiento. Muerdo el interior de mi mejilla para no dejar que las lágrimas me traicionen. Porque sí, estoy enojada. Pero más que eso, estoy dolida con él. Cole hace más que empujarme hacia el abismo cada vez que aparece y desaparece como si nuestras vidas fueran un juego.
- A veces me pregunto si alguna vez me eligió de verdad – susurro. Arte me toma de la mano.
- Tal vez esa no es la pregunta – la veo directamente – Tal vez deberías preguntarte si tú todavía quieres elegirlo a él.
- ¿Por qué no dudas de sus sentimientos hacia mí?
- Fuiste tu la que pidió el divorcio – me recuerda sin rodeos
- ¡Pero él los firmó sin oponer mucha resistencia!
- ¿Entonces qué esperabas? ¿Qué se arrastrara? ¿Qué te rogara? – alza una ceja, implacable - ¿Eso no te dice lo que necesitas saber? – suelto mis manos de su agarre, como si su tacto de pronto me quemara.
- No consideré nuestros mundos cuando me casé – es la primera vez que digo lo que he estado pensando durante años y las palabras me saben a veneno – Éramos tan jóvenes cuando nos casamos, y a veces me pregunto… si solo nos guiamos por la pasión.
- Pasión que sigue intacta – me recuerda
- Pero el matrimonio no es solo sexo – respondo, cansada. Arte suspira, como si estuviera debatiendo con una niña que se rehúsa a ver lo obvio.
- Solo diré que… Cole está dispuesto a darte todo lo que le pidas; excepto tu libertad – sé que tiene razón, a él no le importa nada y sabe que siempre estaré a su disposición. Sí quiero que eso cambie, debo ser firme. Tomo de nuevo mi teléfono y al darme cuenta de la hora, me pongo de pie rápidamente.
- Hablamos luego Arte, debo ir por Ethan al colegio – tomo mi bolsa apresuradamente – Nos vemos en la fiesta – digo despidiéndome con un movimiento de mi mano. Corro por los pasillos de la empresa y al girar en una esquina, topo de frente con alguien.
- ¡Ouch! ¿Qué...? – al alzar la vista, veo a Charles - ¿Sue?
- Hola – respondo algo aturdida mientras acaricio mi frente – Lo siento.
- Está bien, ¿tienes prisa?
- Sí, debo ir por mi hijo – avanzo unos pasos hacia el ascensor.
- Oh, pero iba a tu oficina para hablar de la colaboración.
- ¿Podemos hacerlo después?
- Es urgente Sue – insiste – Pero si gustas, puedo acompañarte por tu hijo y hablamos de los detalles en el camino. Te prometo no tardar mucho.
- Supongo que es la mejor opción – acepto y ambos ingresamos al ascensor.
El trayecto al colegio es tranquilo. Charles respeta mi silencio, pero en cuanto empezamos a hablar del proyecto, noto algo distinto. No solo conoce los detalles, sino que está verdaderamente interesado. Es eficiente, amable… y no intenta impresionar. Solo quiere que las cosas salgan bien. Cuando llegamos a la entrada del colegio, Ethan ya nos está esperando, con su mochila a medio cerrar y esa energía inagotable que lo define.
- ¡Mamá! —corre hacia mí y me lanza los brazos al cuello—. ¿Dónde estabas? ¡Pensé que te habías olvidado!
- Nunca olvidaría tu cumpleaños, mi amor —le digo, besándole la mejilla. Luego, noto su mirada curiosa sobre Charles.
- ¿Quién es él?
- Él es Charles, un compañero de trabajo —respondo con naturalidad—. Vino a hablar de un proyecto, pero fue amable y quiso acompañarme - Charles se agacha un poco y le tiende la mano.
- Hola, Ethan. Feliz cumpleaños - Ethan sonríe y le estrecha la mano como un adulto.
- Gracias. ¿Sabías que hoy cumplo siete?
- ¿Siete? Eso merece una celebración —dice Charles, levantando una ceja. Ethan mira a ambos con ilusión.
- —¿Podemos ir al parque de diversiones? El que tiene los carritos locos y las montañas rusas… ¡por favor, mamá! - Parpadeo. La petición me toma por sorpresa.
- Ethan, cariño, no estaba en los planes de hoy…
- Podemos mover la reunión —interrumpe Charles con una sonrisa amable—. Es su cumpleaños, después de todo.
- ¿Hablas en serio?
- Completamente. Te prometo que puedo hablar de contratos entre vuelta y vuelta en la rueda de la fortuna - Ethan salta de emoción.
- ¡Sí! ¡Gracias, Charles! - Lo miro con una mezcla de duda y agradecimiento. No es su responsabilidad. No tendría por qué ofrecerse. Pero lo hizo.
Y no por mí.
Lo hizo por Ethan.
- Está bien —cedo, acariciando el cabello de mi hijo—. Pero solo un par de horas, ¿sí? - Ethan grita de alegría y se lanza hacia el auto.
Durante el trayecto, Charles se sienta en el asiento del copiloto, mientras Ethan no para de hablar sobre sus juegos favoritos, el algodón de azúcar, los premios que piensa ganar. Charles lo escucha con atención, responde con chistes simples y cálidos, y en algún momento los dos terminan cantando una canción tonta de dibujos animados a todo pulmón.
Y ahí estoy yo, mirando por el retrovisor, sintiendo algo que no había sentido en mucho tiempo.
Paz.
Ni tensión, ni miedo, ni heridas abiertas. Solo un momento simple y feliz.
Y entonces, mientras Ethan ríe en el asiento trasero, no puedo evitar preguntarme:
¿Y si esta fuera la vida que merecemos?
Al llegar al parque de diversiones, el lugar está lleno de risas, luces parpadeantes, música estridente y el olor a algodón de azúcar en el aire. Ethan corre delante de nosotros, agitando su entrada como si fuera un tesoro.
—¡Vamos, vamos, vamos! ¡Primero los carritos chocones! —grita, girándose para asegurarse de que lo seguimos.
Charles sonríe y acelera el paso.
—Si me gana, va a presumir toda la tarde. No puedo permitirlo —dice, como si de verdad se lo tomara en serio.
—Tú solo intenta no gritar como niño pequeño —le bromeo.
—No prometo nada.
Suben juntos a los carritos. Yo los observo desde el borde, riendo a carcajadas cuando Charles recibe un impacto lateral de Ethan y levanta las manos como si lo hubieran destruido en batalla. Ambos se atacan entre risas, sin filtro, sin tensión. Solo... felicidad.
Después vienen los juegos de destreza, donde Charles le gana un peluche enorme con una precisión ridículamente buena. Ethan salta y se le cuelga del cuello como si ya lo hubiera adoptado oficialmente.
—¿Lo ves, mamá? ¡Te dije que este día iba a ser épico!
Nos sentamos a comer algo en una banca, con el sol comenzando a caer y las luces encendiéndose poco a poco.
—Gracias por esto —le digo a Charles en voz baja mientras Ethan se concentra en su helado—. No tenías por qué quedarte.
—No fue un sacrificio, Sue. Me alegra haber venido.
—Podrías estar en una reunión.
—O peor… atrapado en una videollamada con alguien que no tiene idea de lo que quiere —se ríe—. Esto es mejor.
Lo miro. Es sincero. Natural. No está fingiendo una buena impresión. No está compitiendo por nada.
—Ethan te adora —le digo.
—Él es genial —responde con un brillo en los ojos—. No lo digo por quedar bien. Tiene una energía única. Y tú… —hace una pausa, luego me mira con más seriedad— estás haciendo un gran trabajo con él. Sola.
Bajo la mirada. No sé por qué me dan ganas de llorar cuando alguien me lo dice. Tal vez porque nunca lo escucho. Tal vez porque, a veces, ni yo misma me lo creo.
—Gracias —susurro.
Nos quedamos en silencio unos segundos. Cómodos.
Hasta que Ethan interrumpe, con los ojos brillando de emoción.
—¡Mamá! ¡¿Podemos subir a la rueda de la fortuna?! ¡Los tres juntos!
Abro la boca para negarme… pero Charles ya se está levantando.
—Vamos, comandante. A la cima del mundo —le dice a Ethan, que ríe como si fuera el mejor día de su vida.
Y mientras subimos a la cabina de la rueda gigante, y el mundo comienza a girar lentamente debajo de nosotros, me encuentro preguntándome: ¿Alguna vez hicimos esto con Cole? ¿Siquiera sabe que hoy es el cumpleaños de su hijo? No lo creo, está demasiado ocupado… donde quiera que esté. Trato de no pensar en nada el resto del paseo y cuando llega la hora de volver, Ethan cae rendido en los brazos de Charles de camino a casa. Lo cual no es bueno porque aún le espera su fiesta.
-Yo lo llevo, no hay problema- dice Charles cuando intento quitárselo de los brazos para ingresar a casa. Bajamos del auto y avanzamos hacia la entrada.
-Gracias por todo, eres muy amable con nosotros.
-Te mereces todo en este mundo Sue, no te conformes con lo mínimo - agacho la mirada. Se que se refiere a mi relación con Cole.
-¿Lo mínimo? - ambos nos detenemos al escuchar la voz fría de Cole. Al alzar la vista, lo veo parado en el umbral de la puerta principal. Un escalofrío me recorre el cuerpo, la mirada que tiene... nunca la había visto. Lo veo tensarse y avanza a nosotros de manera amenazante. Mierda.. ¡Lleva un arma en la mano!
-¡Cole!- me interpongo entre él y Charles - Ethan está presente, no hagas una de tus estupideces - la ira que me ha estado comiendo explota en el peor momento. Cole dirige esa mirada hacia mí y por primera vez desde que lo conozco, me da miedo.
-Tengo mis límites Suhelem - susurra, pero logra hacer que tiemble - Toma a mi hijo y entra a la puta casa - obedezco, tomo a Ethan rápidamente.
- Por favor, vete- pido a Charles
-Pero no puedo...
- ¡Largo! - lo apresuro. Él me ve preocupado y luego se marcha.
-Sabes que eso no va a protegerlo de mí ¿verdad? - lo observo un momento y luego salgo casi corriendo en dirección a la casa.