Se levantó y se fue. Jenna y yo volvimos a la zona de sillas. Suspendimos la conversación bancaria para una actividad mucho más importante, inventarle vidas a la gente. —Mira a ese señor —susurró, señalando a un hombre con bigote excesivamente dramático—. Ese definitivamente llora viendo telenovelas mexicanas. Negué con una sonrisa. —No. Ese señor tiene un criadero secreto de pericos filósofos y les recita poesía al atardecer. Jenna se llevó la mano al pecho. —Eso explica el bigote. Señaló luego a una mujer con lentes gigantes y carpeta de unicornio. —Ella estafa gente, pero solo a los que no reciclan. —Justicia selectiva, me agrada —aprobé. Reímos bajo, recordando cuándo empezamos ese juego. Desde niñas. Como si inventar historias ajenas fuera nuestra manera personal de mantener

