Abrí los ojos con esa misma molestia atorada en el pecho desde la noche anterior. La forma en que Samuel me vio cuando le dije que mi padre iba a venir a almorzar está tarde, sé que no le agradó nada, está claro que se arrepintió de lo que dijo la otra noche y posiblemente está arrepentido también del beso. —Seguramente para él toda esa noche fue un error —murmuré. Salí de la cama, me estiré un poco y di un respiro. Amanecí con la sensación de que me habían arrugado por dentro. Sigo molesta. No debería, pero lo estoy. Y mientras más pienso en él, peor me pongo. Bajé al comedor con la esperanza de que tal vez el olor del café y la conversación pudieran suavizarme el humor. Pero la mesa estaba impecable, puesta, y solo Edie estaba ahí, colocando panecillos en una canasta. —Buenos días

