—¡No jodas! ¿En serio? —Sí, en serio. —¡Vaya! Un beso —repitió —. ¿Y…? —frunce el ceño— ¿Por eso la estás ignorando? No digo nada. Rob se deja caer en la silla frente a mí. —No… no, Samuel. No me digas que la besaste y luego desapareciste. Eso sí sería increíblemente idiota. Te va a odiar. —Probablemente ya lo hace —digo en voz baja—. Y… está bien. Es mejor así. —No —responde él rotundamente—. No está bien. ¡¿Cómo va a estar bien?! ¿Y si ella sí siente algo por ti? Tal vez le acabas de romper el corazón, si te respondió el beso. —Lo hizo. —Carajo… te va a matar —se dejó caer en el sofá —. Creéme, esa mujer es capaz de hacerlo. —Entonces prefiero que lo haga, que me odie y que quiera matarme, es mejor así —digo firme, apretando los puños—. Rob, por favor. Ya sabes cómo es. Soy

