El sol entra por la ventana demasiado temprano, o quizá soy yo la que amaneció demasiado cansada. Siento cada músculo tibio, flojo, satisfecho… Samuel está acostado a mi lado, medio incorporado, apoyado en las almohadas como si llevara rato despierto. Creo que apenas estoy recordando o más bien, sintiendo todo lo que pasó anoche. Me arde la piel en el mejor de los sentidos. Él me mira apenas, con esa sonrisa tranquila que descubrí que tiene cuando está realmente feliz. —Buenos días —murmura, rozando mis labios con los suyos. —Mmm… no sé si buenos —respondo con voz ronca—. Me hiciste trabajar toda la noche. Se ríe bajo, ese sonido profundo que me derrite. —No te escuché quejarte. —No tuve tiempo. Estabas muy ocupado. Me rodea con sus brazos y me acomodo sobre su pecho. Huele delicios

