"¡Cafecito!", dijo el dueño del restaurante y esa sola palabra bastó para traernos de los horizontes más lejanos. "No, gracias", respondió Melina poniendo de manifiesto su necesidad y su apuro en volver al cementerio. "La cuenta por favor", le pedí al petizo que se tragó su propio gesto y se quedó con las ganas de que probáramos su exquisito café, El manto interminable de color n***o se alejó definitivamente del cielo y le dejó su lugar al gris pesado con el que había amanecido la mañana. Esta vez dejé el auto cerca de la parcela de mis padres. Melina bajó y en un par de pasos ya se encontraba en la misma posición en la que la había descubierto más temprano. Yo me tomé mi tiempo para cerrar las puertas y cruzar ese pequeño tramo con toda la calma del mundo. - ¿Café?, ofertó Me

