MELINA (Parte 3)

1216 Palabras
Cuando arribé a PM 48 comencé a moderar mi andar para no pasarme. Ingresé en la fila de los veinte y pude observar a una persona muy cerca de la parcela de mis padres. "Justo tiene un familiar cerca de los míos", me dije en voz baja imaginando que en semejante inmensidad podrían llegar a escucharse hasta los latidos de un corazón. A estas alturas ya nada oprimía mi pecho. La imagen de aquella persona visitando a sus familiares me despertó una tranquilidad a pesar de seguir renegando por no poder estar solo. A tan solo unos metros agudicé bien la vista y pude observar que era una mujer. Cuando me acerqué un tramo más caí en la cuenta de que esta mujer estaba sentada junto a la tumba de mis padres sobre el césped húmedo, con sus piernas entrecruzadas y observando la nada mientras brotaban gotas de lluvia de su cabello largo.       "No te voy a permitir que me hables de esa manera y menos aún que me responsabilices por no haber estado acá". Todavia me resuenan esas palabras. A veces me persiguen, aunque desde hace un tiempo va han empezado a esfumarse de mi mente, casi al punto de desaparecer. Después de cenar, todavia viviendo en la casa de mi madre, ella se levantó como queriendo escapar de algo y se metió en la cama en un silencio sospechose. Más tarde, desde su lugar, me llamó con la voz temblorosa: "Hijo = grité con un susurro potente y lastimero. Acudi de inmediato ha llamado y me hizo detener en la puerta de su habitación poniendo un límite decisivo con la palma de su mano, bien estirada, dejando en evidencia la idea de no permitirme entrar. "¿Podrás hacerme un té de vuyitos? me pidió con una suavidad amorosa que disentia con aquella imagen férrea de no aprobar mi ingreso a su dormitorio. Yo sabía cuál era ese té que necesitaba y ella me lo solicitaba porque conocia mi forma de prepararlo. Una vez listo se lo llevé a su habitación pero mamá ya estaba profundamente dormida, por lo que no tuve más opción que entrar para ubicárselo sobre la mesita de noche. "¿Viejita? " le murmuré suavemente para que el susto no la desencaje y fuera a aventarme el desayunador. Ella parecia estar volando en un sueño reparador pero doloso. La ayudé a incorporarse y me quedé junto a ella bajo un silencio notorio, como si estuviera bebiendo la infusión todavía metida en las lagunas de su sueño. Lo bebia con sus ojos cerrados y de vez en cuando los abria dando la impresión de tenerlos ausentes de vida, vidriosos e inmóviles, teñidos de una opacidad triste y abismalmente desenfocados. El último sorbo le atravesó la garganta como una barra de hielo y la depositó bajo los acolchados como si ese trago hubiese tenido una pócima relajante, que hasta le quitó la posibilidad de decirme buenas noches hijo. El grueso colchón se movió como una gelatina cuando me levanté para apagarle el velador, pero su movimiento no alcanzó para que ella se percatara de nada: continuó dormida como si la muerte se le hubiera metido en los huesos. Estiré bien las sábanas y las frazadas, y con su remoloneo pareció agradecer. Apagué el velador y me llevé las cosas antes de irme a trabajar. Cerré la puerta de su dormitorio y allí se quedó dormida con una mueca de felicidad, con un gesto más tranquilizador que aquel con el que se había acostado luego de la cena. A dos cuadras de distancia pude observar una ambulancia detenida en la puerta misma de la casa de mamá, alumbrada por sus luces rojas y potentes, y con los vecinos susurrando estupideces todavía en sus saltos de cama. Eran las siete de la mañana. Dejé mi coche en una posición poco ortodoxa y entré desesperado a la casa luego de sortear las preguntas indiscretas de las viejas a esa hora de la mañana. Un grupo de cuatro paramédicos estaba reanimando a mi madre mientras Estela, mi hermana, permanecía en un rincón comiéndose los padrastros. Sin imaginar otra opción interrumpi el trabajo de los profesionales para presentarme y embeberme en la situación de mamá. Recién ahí Estela pareció notar mi presencia y su cara de perro (casi emulando a la de mi padre) me golpeó entre medio de los ojos como un anuncio de lo que vendría. -Buenos días dije en un tono generalizado. Todos me devolvieron el saludo al unisono pero uno de ellos, un hombre cano y de piel muy colorada, alto y desgarbado, se presentó como el médico principal. -¿Usted es? -, preguntó como desorientado. -Yo soy el hijo de la señora, ¿qué está sucediendo doctor? - pregunté mientras estrechaba mi mano con la de él. -Bien - abrió carraspera de por medio: - "Le comentaba a su hermana que la señora ha tenido un episodio esperado de acuerdo a su afección. Pero si no les molesta - continuó - ¿podríamos hablarlo en un ambiente más tranquilo-"? De inmediato nos dirigimos hacia la cocina dejando a los restantes médicos a cargo de mi madre, mientras ella dormía igual que como yo la había dejado antes de irme a trabajar. Estela no podía disimular su malestar y yo notaba que no estaba ligado a la condición de mi madre, sino que tenía una estrechez segura para conmigo, hacia mi persona. -Este es un típico cuadro de hipertensión portal =, abrió el doctor ya sentados cómodamente en la cocina. Prosiguió: -"El primer síntoma que apareció fue la ascitis y ahora estos repetidos episodios de hemorragias que se desprenden de sus várices esofágicas. Y va a ir agravándose conforme pase el tiempo. No deberíamos descartar hemorragias digestivas, trastornos severos en su metabolismo, acidez estomacal, dificultades respiratorias, entre otros tantos factores. Casualmente estas hemorragias que está padeciendo son producto de sus várices a nivel de esófago, y se expone a verdaderos riesgos de infecciones con mayor acentuación en una peritonitis bacteriana - Por primera vez desde que había llegado del trabajo las miradas entre mi hermana y yo se cruzaron bajo un dejo de desesperación y de desorientación, lejos de aquella reciente cara de perro con la que me estaba sometiendo vaya a saber por qué razón. El médico esperaba una reacción, al menos una palabra. Esa era su postura. -iQue debemos hacer doctor? ¿Cuáles son los pasos a seguir? T, pregunté sin quitarle los ojos de encima a Estela, como buscando en ella apoyo a mi inquietud. -Ya deberían internarla. Esta mujer no puede estar un segundo más sin tratamiento constante -, dijo con una firmeza categórica. Los médicos restantes aparecieron en la cocina con sus maletines y sus elementos en clara señal de haber puesto su parte: "Está un poco mejor dijo una de las asistentes y continuó: "Está sedada y difícilmente tenga una recaída similar en las próximas horas. De todos modos deberían procurar una internación de manera urgente-". Estela acompañó a los doctores hasta la salida y amablemente los despidió. Tuve la intención de llegarme hasta la habitación de mi madre para cerciorarme de que todo estuviera en orden pero la voz agria y desacompasada de Estela me detuvo como un puño: - "Un segundo Guillermo-
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