MELINA (Parte 2)

1220 Palabras
Su vida y su muerte me brincaban en ambos hombros. El fenecimiento de mi madre empezó la misma mañana de 1964 cuando abordó aquel tren en su pueblo natal para compartir lo que a la postre se transformaría en una vida de miserias junto a mi padre durante cuarenta y siete años en La Alborada. Salvo por los nacimientos de mi hermana y el mio, la felicidad de mamá fue un paño gris oscuro que fue arrastrándose junto a ella en coincidencia con el correr de los años. La ruta crepitaba bajo las garras de la desolación y a unos mil metros una cortina densa quitaba toda posibilidad de visión. Sin embargo podía divisar a lo lejos el fastuoso parque privado donde mis padres descansaban desde hacía un tiempo ya, llevado por un cosquilleo molesto y encerrado en un aprisionamiento leve en el fondo de mi estómago. El cementerio era realmente enorme. Cerca de veinte hectáreas conglomeraban a cientos de almas, como si se tratase de un nuevo y definitivo asilo para ellos. El verde si imponía por sobre todas las cosas y brindaba un marco de esplendor y sosiego, haciendo la estadía bastante menos destructiva. Las parcelas estaban divididas bajo denominaciones bíblicas. Mis padres descansaban en La Parcela Miqueas, ingresando al predio, unos setecientos metros a la izquierda del mismo. Un empleado joven y muy amable me guió desde su sector de trabajo hacia la parcela. Mi riguroso silencio y mi ansiedad por no levantar polvareda en esta travesía de venir por fin a visitar a mi madre y a mi padre por extensión, me hizo olvidarme de un detalle crucial: Cuando ingresé al parque me solicitaron datos que, por descuido y por pretender pasar desapercibido, no tenía encima. Nada del otro mundo, solamente que debería haber llegado al lugar con algunas referencias básicas para no pasar por un descerebrado que no tenía ni idea a quién va a visitar. La amabilidad del empleado descomprimió la situación y sólo con el nombre de mi madre y algunas referencias adicionales alcanzó para que el muchacho pudiera conducirme hasta donde ella se encontraba junto a mi padre. La Parcela Génesis abría el abanico, seguida de la Éxodo y de la Leviticio, para continuar así hasta llegar casi un kilómetro más adelante a la de mis padres. Intentaba por todos los medios posibles concatenar aquellos recuerdos de dos años atrás can estas realidades, pero nada los conectaba, como si aquellas remembranzas se hubieran disuelto y se hubieran expandido por mi cráneo. Por momentos mis ojos se extasiaron ante tanto colorido, frente a una diversidad de flores majestuosas puestas en recipientes de diferentes tamaños como si se tratase de una decoración programada para algún evento nocturno. En apenas segundos quedé fascinado por tan buena organización y por el tacto puesto día a día en un espacio que aglutinaba muertos, y que en otros tiempos hubiera sido un lugar de tristezas inenarrables, como los viejos cementerios de la ciudad. Árboles de todo tipo y tamaño tendían sus ramas y parecían acudir a una recepción ceremoniosa, plantados casi como una estrategia, como parte de un decorado fabuloso. Y a pesar de que el día no ayudaba para ver la sonrisa oculta del parque, las finas gotas de lluvía y el gris plomizo del cielo pesado dibujaban un panorama digno de cualquier pintor surrealista. Las luces que bordeaban los distintos caminos hacia las parcelas contrastaban en una sugerente armonía con la destemplanza de la mañana, quitándoles esa carga de desánimo lógica a los visitantes. Debía guiarme por el cartel que hacía referencia a la Parcela Jonás. Luego de esa parcela venía inmediatamente la de mis padres como el empleado de la entrada me lo había apuntado. Cada parcela contaba con su cartel de presentación para la denominación del lugar y para una mejor guía del recién llegado, cada uno con un color distintivo y confeccionado con letra gótica. Me dispuse entonces a conducir casi a paso de hombre más por la poca visibilidad que por desorientarme ciertamente. El anuncio, de unos seis o siete metros, se presentó ante mis ojos como un acto de bienvenida, formando una curva en la ochava de la parcela, pintado de un color obispo profundo y con su inscripción "Parcela Miqueas", en un blanco resplandeciente. Estacioné unos metros más adelante. Recordé en ese instante que el empleado me había dado indicaciones precisas de cómo llegar hasta donde estaban mis padres. El me mostró un plano de Miqueas que exhibía cada una de las sub parcelas. Eran cerca de doscientas y la referencia para dar con el lugar preciso era PM 24. También me dijo que ese código estaba clavado al pie de cada sub parcela a modo de cruz así que me resultaría muy fácil encontrarla. Tenía miedo. En realidad no era miedo. O sí. Me quedé con las llaves del auto sosteniéndola con ambas manos y sólo se oía su sonido en aquel silencio de proporciones. Tragué una saliva grande. Un aire fresco y repentino me hizo abrochar mi abrigo. La sensación olía a culpa y a desubicación. No sabía cómo avanzar. Las piernas me pesaban como hacía un par de horas mientras desayunaba en casa. Hice una inspiración larga sin antes percatarme de la posibilidad de la mirada de otros visitantes mofándose en silencio de mi parálisis total. De algún modo tuve la fortuna de que a nadie - todavía - se le había cruzado por la cabeza la loca idea de asistir a un parque privado tan alejado bajo estas condiciones climáticas. Eso me dio alguna tranquilidad. No me hubiera sentido muy cómodo al ver aquel lugar como si fuese un picnic de domingo. Me cercioré - sin querer hacerlo, más por negación a continuar que por precaución - de haber cerrado correctamente el coche. Me acomodé el abrigo una vez más, hice una nueva inspiración (la anterior no me había alcanzado ni para cerrar el auto), y me meti en el fango mismo de la parcela. Apenas puse un pie en el césped verde leí una inscripción que rezaba: PM 16o. Por dentro mismo de la parcela me guié mágicamente y empecé a rumbear hacia la de mis padres, alternando mi mirada entre las referencias y el objetivo final que se hallaba en la otra punta de la parcela. Hice la mueca de volver para meterme de nuevo en el coche y manejar hasta ese lugar con la premisa de no dejarlo tan alejado, pero en la indecisión continué y dije para mis adentros: "Me va o hacer bien caminar". Sabia que no quería mirar. Me hacía el estúpido y el desentendido, el superado y el que me volvía a acomodar el abrigo tantas veces fuese necesario; caminaba oteando la lejanía y maldiciendo el clima de porquería en un idioma mudo e inentendible, mirando de reojo las referencias y haciendo una especie de cuenta regresiva, bajo inmensos deseos de orinar y una avidez extrema y repentina por deponer, que llamaba mi puerta casi con desesperación. PM 70. Deduje que estaba a mitad de camino y, como mis aliados se iban esfumando como cobardes (la estupidez, el desentendimiento, la superación y también la orina y otras menudencias), las hermosas flores puestas en sus recipientes en cada una de las sub parcelas fueron aplacando los pasos de mi llegada.
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