–Despertará, tranquilo –me calmó Ramnusia–. Puedo verlo. Sólo dale tiempo. –Te falta hacer una cosa más, Oniros –dijo la mujer. Oniros miró desconcertado a su madre. –¿Qué? –¿Qué has hecho con este pobre joven? Oniros agachó la cabeza y volvió a acercarse a mí, esta vez casi arrastrándose, pues ya estaba en el suelo, habiendo caído sobre su trasero luego de haber hecho quién sabe qué cosa con Abi. –Quédate quieto –pidió Oniros, posando sus manos, una a cada lado de mi rostro. De sus manos brotó una nube dorada que rodeó mi cabeza y de pronto me sentí mareado. Por un momento no vi nada, todo era oscuridad, y al instante mis ojos se abrieron, desperté dentro del sueño, los baches se llenaron y pude recordar cosas que había olvidado, pero que no sabía que había olvidado. Hermosos momen

