La mañana se había estirado con la pereza de quien sabe que esta tarde no habrá descanso. Los relojes de la oficina parecían conspirar entre ellos: todos marcaban minutos, ninguno complacía. Valentina desayunó como si fuera a un duelo —tostada, café n***o, unas ganas de pelear en salsa de ironía— y decidió que la vestimenta hoy cumpliría una función práctica: intimidar con estilo. “Si van a poner trampas, que al menos se avergüencen con buen gusto”, dijo mientras se abrochaba la chaqueta. En la sala forense, la tensión tenía el formato de un plano de cine: cables, pantallas y una cola de gente con cara de haber visto demasiadas veces el mismo mal episodio. Héctor y Diego trabajaban con la ternura de quien intenta que los bits cuenten la verdad antes de que alguien los haga callar. Ana rep

