Capítulo 30 — J.D., la inicial que aprieta

1957 Palabras

El reloj del despacho central parecía quejarse con un tic-tac más sordo que de costumbre. Después de semanas de pistas que se parecían más a cables enredados que a rutas claras, el nombre que había aparecido en la pantalla —J.D.— resonaba ahora como un martillo que golpea el cristal de la calma. No era una inicial cualquiera: era la llave que abría puertas, la etiqueta que algunas manos escondían en los bolsillos y, según las trazas, el usuario que había firmado a las 03:12. Valentina no era de las que se impresionan con letras; su relación con las siglas había comenzado en la universidad y había sido tajante: todas acaban siendo anécdotas si se dejan en manos de los listos. Pero aquella mañana, en la sala forense, la gravedad no dejaba sitio para ironías largas. Aun así, cuando entró se

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