El Garage B olía a neumático viejo y a historias mal guardadas. Las lámparas fluorescentes hacían más daño que las linternas: devolvían colores tristes y sombras repentinas. Valentina bajó del coche con la facilidad de quien ha decidido que, si algo va a explotar, al menos lo hará con ella presente. Lucía llevaba la tablet con la lista de sobres; Rojas, el dedal de autoridad; y al fondo, como señal de que las cosas iban en serio, dos furgonetas policiales bloqueaban la entrada. —Si esto resulta ser un picnic —murmuró Valentina mientras abría la cremallera del abrigo—, me quejaré del catering. Y exigiré indemnización emocional. Lucía le lanzó una mirada cómplice y luego se metió en el depósito con pasos medidos. Lo primero que encontraron fue la lona: la furgoneta cubierta, el logo parcia

