El corte de luz en el Garage B dejó una sensación extraña: no solo se apagaron las luces, también pareció caer un telón que alguien colocó con prisa. El pitido en los oídos duró unos segundos, como el aplauso seco de un teatro malo. Valentina caminó entre cajas hasta la mesa donde aún parpadeaban un par de pantallas; la imagen del `rm -rf` seguía en la memoria del móvil como si fuese una amenaza con regalito de despedida. —Bien —dijo, sin levantar la voz—. Si van a borrar la verdad, que sepan que también borran el confort de la impunidad. Lucía negó con la cabeza y sacó una linterna mientras Rojas pedía, por radio, refuerzos y que alguien, a toda costa, mantuviera las pruebas físicas bajo custodia. Diego y Héctor, con las manos en los teclados, hicieron lo que hacen los hombres que aman

