Liora
Lo que hizo Ronan… o mejor dicho, Barack, al acercarse a mi cuello fue intenso.
No fue un simple gesto.
Fue insistente.
Respiraba mi aroma una y otra vez, como si intentara entenderlo, como si hubiera algo en mí que no lograba descifrar y eso lo inquietara.
Y eso… me afectó más de lo que debería.
Llevo casi una hora sentada aquí comiendo pastel.
Y, sinceramente, lo agradezco.
Sin eso, no creo que hubiera aguantado tanto tiempo sola en este lugar.
El bosque nunca está en silencio.
Siempre hay algo.
Ramas que crujen.
Hojas que se mueven.
Respiraciones que no son mías.
Intento identificar cada sonido, mantenerme alerta, pero sin Selena… todo se siente incompleto. Como si me faltara una parte vital.
Puedo percibir a otros cambiaformas.
Lejanos.
Difusos.
Pero ninguno se acerca.
Ronan cumplió su palabra.
Los mantuvo lejos.
El fuego crepita a mi lado, proyectando sombras que se mueven sobre los árboles.
Si no fuera por las antorchas… no lo habría visto.
A Barack.
Su pelaje n***o se funde con la noche.
Apenas un movimiento.
Y luego ya no está.
Parpadeo.
Y ahora es Ronan.
De pie frente a mí.
Desnudo.
Sin esfuerzo.
Sin vergüenza.
Mi mirada baja sin permiso.
Recorre su pecho… su abdomen… se detiene demasiado tiempo donde no debería.
El calor me golpea de inmediato.
Siento mis mejillas arder.
Y él lo nota.
Claro que lo nota.
Una risa baja escapa de él mientras se pone unos pantalones cortos, lentos, sin prisa… como si disfrutara cada segundo de mi reacción.
Empieza a acercarse.
Despacio.
Seguro.
Como si supiera que no voy a moverme.
Y no lo hago.
No puedo.
Se sienta frente a mí sobre las pieles y suelta una carcajada.
—¿Dónde demonios metiste un pastel entero en una hora?
Sonrío, todavía nerviosa, y le ofrezco el último bocado.
Se inclina.
Lo toma directamente del tenedor.
Y deja escapar un sonido bajo, satisfecho, que me atraviesa de una forma que no entiendo… pero siento.
—Buen pastel, lobita.
Dejo el plato a un lado.
Y entonces llega el problema.
No sé dónde mirar.
Sus ojos me atraen.
Su boca me distrae.
Su cuerpo… me desarma.
Estoy completamente consciente de él.
De cada centímetro.
Y eso me pone peor.
—¿Tuviste miedo aquí sola?
Asiento.
—Sí.
Lo tuve.
Pero no tanto como pensaba.
El miedo siempre está ahí, constante, como un ruido de fondo… pero con él cerca se vuelve más débil.
Menos importante.
Se acerca más.
Mis manos, que estaban abrazando mis rodillas, son liberadas por las suyas.
Una de ellas la deja sobre mi muslo.
El contacto es firme… cálido.
La otra la levanta.
Y besa la parte interna de mi muñeca.
Mi cuerpo reacciona al instante.
Un calor profundo, inesperado, se extiende desde ese punto hacia todo lo demás.
No entiendo cómo algo tan pequeño puede hacerme sentir así.
Pero lo hace.
—¿Quieres que cambie ese miedo por otra primera vez, lobita? —su voz es más baja ahora—. ¿Que la oscuridad deje de ser algo que temes… y se convierta en algo que recuerdes por lo que te hizo sentir bien?
Trago saliva.
Mi corazón late más rápido.
Pero no me aparto.
No quiero.
—Sí.
Se mueve frente a mí, quedando de rodillas.
Se inclina.
Mis ojos bajan a sus labios.
Estoy segura de que va a besarme.
Pero no lo hace.
Sus manos se posan en mis hombros.
Firmes.
Seguras.
Y me guía hacia atrás lentamente hasta que mi espalda toca las pieles.
El contraste de texturas me sacude.
Suave debajo.
Calor delante.
Él encima de mí, sin tocarme completamente… pero lo suficientemente cerca como para sentirlo.
—Ya te di ese primer beso… —dice en voz baja—. Pero hay más cosas que aún no conoces.
Mis dedos se hunden en las pieles.
Estoy nerviosa.
Pero no quiero detener esto.
—Nadie te ha tocado con cuidado… ¿verdad?
Niego.
—No.
Algo cambia en su expresión.
Se vuelve más serio.
Más enfocado.
—Entonces vamos despacio.
Y lo hace.
Lento.
Controlado.
Sus dedos recorren mi brazo, desde el hombro hasta la muñeca, igual que antes… pero esta vez no es solo un gesto.
Es intención.
Sube de nuevo.
Pasa por mi costado.
Apenas tocando.
Provocando.
Mi respiración se vuelve irregular.
Su mano en mi muslo no se mueve rápido.
No invade.
Solo está ahí.
Recordándome su presencia.
Haciéndome consciente.
Sus labios rozan mi cuello.
No besa.
No del todo.
Solo deja que su respiración caliente toque mi piel.
Y eso… es peor.
Un suspiro se escapa de mí.
No puedo evitarlo.
—Eso es… —murmura—. No luches contra esto.
Pero no estoy luchando.
Estoy cediendo.
Su mano se desliza ligeramente, con cuidado, dándome tiempo para reaccionar… para detenerlo si quiero.
No lo hago.
Mi cuerpo responde antes que mi mente.
Todo en mí está despierto.
Cada terminación.
Cada sensación.
Cada pequeño roce se amplifica.
—Mírame, Liora.
Lo hago.
Y cuando lo hago… todo se intensifica.
Porque en sus ojos no hay prisa.
No hay presión.
Solo una certeza peligrosa.
Que quiero esto.
Su frente se apoya contra la mía.
Su respiración se mezcla con la mía.
—Tú decides hasta dónde.
Y por primera vez…
no tengo miedo.
Cierro la distancia.
Lo beso.
Y esta vez…
no hay duda.